30 Ojos bien cerrados

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KEILAM

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KEILAM

Cuando llego al departamento, encuentro una caja frente a mi puerta. No necesito pensar demasiado para deducir que es otro de los regalos de Dubravko. Solo que, al llevarla a mi habitación y abrirla, me encuentro con un vestido naranja cuya parte trasera incorpora una lámina tornasolada que atrapa la luz con cada movimiento.

Hoy es la noche de la exposición, y me emociona poder llevar un atuendo tan jodidamente espléndido como este.

Tras darme una ducha larga en la que me ocupo de hidratar tanto el cabello como la piel, me deslizo dentro del vestido naranja con el debido cuidado de no forzarlo. Se ajusta al busto más de lo que suelo tolerar, y aun así no puedo ignorar que es de las pocas veces en que mis pechos dibujan un relieve sutil bajo la luz. Después, acomodo las tiras finas que descansan sobre mis hombros y me observo desde diferentes ángulos en el espejo de mi habitación.

Puedo echarle la culpa al vestido o a estas tres semanas durmiendo como el culo, pero lo que tengo en los ojos no lo disimula ni un corrector de ojeras. Pues se ven... más chicos de lo normal, hasta diría que medio deformes. Parpadeo un par de veces, como quien golpea un aparato esperando que funcione.

Bueno, tampoco es que mi cara esté colaborando mucho últimamente.

Me dejo caer en la cama y me abrocho unos zapatos blancos, adornados con gemas tornasoladas y de tacón bajo, lo bastante cómodos como para no darme problemas al probar caminar con ellos. Entonces me asalta la duda de en qué momento se tomó la molestia de averiguar la talla exacta de mi pie. ¿Habrá revisado mis tenis? Pobre infeliz, esas cosas huelen a tumba abierta.

Aún no he visto a Dubravko en persona ni he vuelto a hablar con él desde la noche previa a Nochebuena. Me dijo que ha estado absorbido por la organización de la exposición, de modo que no he insistido en escribirle, pese a la conversación que nos quedó pendiente después de discutir con mi madre.

Doy un paso hacia la cama, donde la enorme caja que contenía el vestido aún está abierta. La levanto y examino los pendientes que reposan en el interior, delicadamente enrollados en un trozo de seda negra. Son largos, delgados y se curvan a lo largo de los cartílagos de mis orejas. Tardo en darme cuenta de que son alas, como las del vestido, transparentes, pero con un reflejo que cambia con la luz.

Me miro de nuevo en el espejo. La imagen ahora cobra un poco más de sentido.

Deambulo un poco por mi habitación, hasta que mis ojos caen sobre la tarjeta que reposa sobre la tapa de la caja. La tomo con dos dedos, estudiándola por tercera vez, aunque ya sé de memoria lo que dice. «Keilam Bowers. Fuiste convocada al Sculptura Vitae». Las letras doradas de mi nombre destacan contra el fondo negro mate. Hay ornamentaciones blancas y doradas en la parte superior e inferior, con un relieve apenas perceptible al tacto. Doy vuelta a la tarjeta y recorro con los dedos los símbolos impresos en el reverso: dos medias lunas y otro símbolo en el centro.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora