07 Más allá de la puerta

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It's A Trip! - Joywave

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It's A Trip! - Joywave

KEILAM

El reloj felino de la pared marca cada segundo con ese tic-tac insistente que no deja de recordarme que la medianoche ya quedó atrás.

Si no puedo dormir, al menos puedo aprovechar el tiempo.

Me desenredo de las mantas y camino desde la sala hacia la cocina entre jadeos de dolor. La espalda me cruje y las piernas me arden por el calambre de haber estado tanto tiempo en la misma posición. Abro la alacena, busco café y cuento las cucharadas con torpeza. La cafetera burbujea y silba. Mientras tanto, la pregunta que me persigue desde hace días vuelve a ocuparme la cabeza:
¿Dubravko Modric sigue siendo el mismo al que creo conocer? Cualquiera sea la respuesta, esta noche necesito saber más.

Con la taza de café caliente entre las manos, vuelvo al sofá y me acomodo frente al portátil. Conecto los audífonos y me los acomodo, barriendo la atrocidad en la se ha vuelto mi cabello enmarañado. Suena It's a Trip! de Joywave.

—Martin Luther King, ven aquí —susurro, viendo hacia mis alrededores en busca del gato—. Ven. Ven.

Nada. Ha de estar en una pelea clandestina del barrio.

Tecleo "Dubravko Modric" y presiono enter. Los resultados llenan la pantalla en un instante: desborda de artículos, biografías, entrevistas y videos. Empiezo por lo básico, una revisión rápida de su salto al estrellato. Sus esculturas más recientes, famosas y aclamadas en círculos selectos, «...han dejado una marca indeleble en el arte contemporáneo». Leo sobre sus premiaciones en Estados Unidos, Croacia, Inglaterra, Italia y España, donde sus obras han sido celebradas desde las polémicas. Sin embargo, cuanto más profundizo, más extraño se vuelve el panorama. Encuentro referencias a sus "esculturas prohibidas", obras que, según se rumorea, jamás han sido mostradas al público.

Me sumerjo en foros y blogs que discuten teorías y especulaciones.

Un escalofrío me recorre los brazos.

Leo testimonios en foros de arte. Discuten sobre él, sobre su trabajo. Algunos dicen que sus esculturas inspiran morbo o desasosiego, y que, quienes las han visto describen una sensación visceral. «Hay algo en ellas que no pertenece a este mundo».

El café me mantiene despierta, pero no puedo evitar sentir una creciente sensación de inquietud.

De pronto me topo con una foto suya a los veinte. A esa edad se veía terrible físicamente. Se me escapa una risa baja al verlo, aunque, siendo honesta, debe parecer que me río como una desquiciada intentando disipar la incomodidad de volver a escabullirme en su vida. La única diferencia es que ya no me pesa tanto hacerlo, porque todo lo que estoy mirando y leyendo está al alcance de cualquiera.

La noche avanza y me sumerjo más profundamente en la vida de este artista. Miro fotos de sus exposiciones, de las celebraciones en su honor, y leo entrevistas donde habla de su visión artística, de su pasión por la escultura, pero siempre evitando mencionar directamente sus esculturas más polémicas. Resulta evidente, visto desde fuera, que se burla de las cámaras. Sabe lo que buscan y juega con sus respuestas, porque siempre desvía la conversación hasta que el tema termina siendo otro.

Encuentro videos de sus participaciones en eventos internacionales. Sus discursos son elocuentes, incluso sarcásticos por momentos, y no puedo evitar sentirme satisfecha al conocer, de manera preliminar, las cosas siniestras que esconde detrás de una imagen tan pulcra. Es como sostener una llave diminuta que abre una puerta invisible para todos los demás y decidir guardarla en el bolsillo, solo porque se siente bien ser la única que sabe que esa puerta existe.

No puedo evitar sentirme molesta conmigo misma por el enorme retroceso que he dado en el trabajo que mi psiquiatra ha venido haciendo conmigo. Sin embargo, esto no es algo que deba contarle. Nadie tiene por qué saberlo. Nadie, excepto tú y yo.

Es que de verdad ya me urgía verlo.

Escuchar su voz.

Recorro videos antiguos solo para oír cómo respira entre frase y frase. No importa que no diga nada relevante. No importa que ya los haya visto mil veces.

Cuando llega cierta hora de la madrugada, dejo de sentir lástima por mí misma y por lo que estoy haciendo, y empiezo a reproducir sus entrevistas desde la cocina mientras me sirvo otra taza de café, fingiendo que hago cualquier otra cosa, fingiendo incluso que intento dormir otra vez. No hay un propósito claro en todo esto, porque ahora puedo verlo en clase, aunque verlo dos veces por semana ya no me alcanza.

Solo está él.

Él es el objetivo.

La claridad del amanecer se intensifica, bañando la sala en un resplandor suave y nacarado.

No he encontrado nada. Quizá...

No he encontrado nada de verdadera importancia, de modo que empiezo a formular preguntas más específicas, confiando en que produzcan respuestas igual de concretas, y termino dirigiéndome a un foro especializado en arte contemporáneo, un espacio frecuentado por conocedores y entusiastas de lo controvertido. Luego de registrarme con mi correo, tecleo con mis dedos inquietos: «¿Alguien tiene información verídica sobre las antiguas esculturas de Dubravko Modric? Se rumorea que han sido ocultadas deliberadamente del público. ¿Por qué? ¿Qué sabe la comunidad sobre esto?».

Presiono publicar.

Con una última mirada al ordenador, cierro la tapa y dejo que mis pensamientos se disuelvan. Me noto incrédula ante la posibilidad de recibir una respuesta a las tres de la madrugada.

El gato de Vesna, de pelaje negro y ojos amarillos fulgurantes, se desliza silenciosamente desde la penumbra y se acomoda bajo mi brazo, buscando compañía.

—¿Hacía frío afuera? —le pregunto a Martin, reprochándole por su actitud de adolescente rebelde—. Ni los hombres son tan manipuladores.

Lo acaricio, y para despejar la mente, enciendo la televisión. La luz azulada llena el salón. De vez en cuando cambio de canal sin prestar demasiada atención, con la esperanza de que la monotonía de la programación matutina termine por adormecerme.

BING.

El sonido de una notificación en mi teléfono me acelera el corazón y lo saco de entre las mantas casi de inmediato para comprobar que se trata de una respuesta en el foro. La mezcla de miedo y excitación me estalla en el pecho y me llena de adrenalina, así que abro el correo al instante para que me redirija a la publicación.

«Algunas puertas no deberían abrirse. La curiosidad ha llevado a muchos por caminos de los que no han regresado. Si deseas pertenecer, debes recordar cuál es tu lugar en esta sociedad. No sigas preguntando».

El miedo me golpea en el estómago, y el gato, sensible a mi inquietud, se acurruca más cerca, ronroneando con fuerza. Mi respiración se vuelve superficial y el aire de la habitación se siente denso. ¿Qué he hecho? ¿En qué mierda me he metido? ¿Mi lugar? ¿Cuál es mi lugar? Miro la pantalla, incapaz de apartar la vista del mensaje anónimo.

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Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora