19 Apetito de terror y muerte

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The Crying Room - The Yagas

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The Crying Room - The Yagas

KEILAM

—No me otorgue mayor relevancia —exhala, apartándose de la chimenea—. He estado disperso. Le ofrezco mis disculpas.

Se dirige al otro extremo de la habitación y toma un volumen de la estantería. El paraíso perdido, de John Milton. Lo abre con cuidado y pasa varias páginas hasta que, entre las hojas, asoma un manojo de cartas dobladas y comprimidas contra el papel.

—Cuando regresaba a casa en vacaciones, Ophelia prefería escribirme cartas en lugar de enviarme mensajes. Detestaba la pésima calidad de la cámara de su teléfono cuando intentaba mandarme fotografías de sus dibujos, así que optaba por el papel. No obstante, en una ocasión, al abrir uno de esos sobres, no encontré palabras dirigidas a mí, sino únicamente dibujos y párrafos ininteligibles en cualquier idioma existente.

Se sienta en el borde de la cama y, con un leve movimiento de la mano, me indica que me acerque.

Obedezco. Me acomodo a su lado y, entre ambos, empezamos a abrir los sobres uno por uno, desplegando las hojas sobre el espacio que nos separa hasta cubrirlo por completo con papel, tinta y pliegues.

—¿Logra descifrar algo de lo que está escrito ahí? —me pregunta, señalando el centro de la hoja que sostengo entre las manos.

Los trazos se apiñan en un único sector de la hoja, como si hubieran sido empujados hacia el mismo punto para formar una silueta. A primera vista parece una figura humana, pero está deformada, sin contornos claros ni rasgos definidos, algo que no me pasa desapercibido en lo absoluto, porque mi hermana no dibujaba así. La silueta se construye a partir de un negro compacto de palabras superpuestas que delinean un torso, unos brazos y un rostro apenas trabajado.

Frunzo el ceño mientras sigo las líneas con la vista. Intento separar término de término y distinguirlos entre la saturación de tinta. Reconozco algunas palabras aisladas, "ella", "yo", y una frase que se repite en distintos puntos del dibujo, al menos diez veces. Gracias a una de las zonas más despejadas del dibujo, consigo reconstruir la frase completa.

«Fui vasta, soy inevitable y seré eterna».

—¿Qué pretende decir con todo esto? —murmuro, recorriendo con la vista las mismas palabras una y otra vez—. ¿"Colosal"? ¿"Inevitable"?

Mi garganta se seca, haciéndome tragar saliva con dificultad.

—No es extraño ser acechado por algo que pretende drenarnos la energía; lo verdaderamente raro es tener la capacidad de verlo. —Su dedo traza el contorno de esa enorme mancha negra, siguiendo la forma—. Así que durante años me he preguntado quién, o qué, intentaba drenársela a Ophelia, porque se sometió a distintas limpiezas y jamás apareció indicio alguno de que alguien estuviera verdaderamente a su acecho.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora