Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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Before We Drift Away - Nothing But Thieves
MODRIC
—¿Puedo verte? —pregunto otra vez, acercando la mano a la cortina del vestidor. Mis dedos rozan los suyos y ella me los atrapa al instante, cerrándose sobre mi mano con fuerza, como si hubiéramos cerrado un trato—. ¿Es un sí?
Aunque, en rigor, puedo considerarme responsable de su vestuario tras la interminable sucesión de bocetos que condujeron al diseño final —algunos torpes, fruto de mi escasa pericia textil; otros depurados gracias al criterio de mi confessor, cuyo gusto por la moda resulta tan pretencioso como mis propias ideas—, sé con exactitud qué debería aguardarme al otro lado de esa cortina. Y aun así, pese a tener la imagen del vestuario nítidamente formada en mi mente, me resulta imposible aquietarme siquiera un instante.
La sola idea de que sea Keilam quien vista aquello que concebí me colma de ansiedad, pues no solo es mi futura esposa, sino la razón más íntima de mis creaciones.
Camino sin rumbo, con la taza de té enfriándose entre mis dedos sin poder permanecer sentado como la prudencia exigiría. De tanto en tanto me acerco al ventanal y finjo contemplar la ciudad, pero mi atención siempre regresa, dócil y obstinada, al mismo punto del vestidor.
—Señor Modric, por favor —interviene la diseñadora, también responsable del vestido de mariposa que diseñé para Keilam en la exposición anterior—. Le ruego que nos conceda un momento más; aún estamos terminando de ajustar las mangas de la señorita.
—¿Ves? —dice Keilam, divertida—. Te dije que los músculos de mis brazos habían crecido.
Me echo a reír, porque es cierto. Keilam lleva meses entrenando con constancia y, casi sin advertirlo, me arrastró a incorporar más proteína a mi rutina. Al principio sospeché que había una insinuación encubierta, aunque ella se limita a repetir que no estoy flaco hasta los huesos y que el espejo me engaña terriblemente. Yo, en cambio, confío más en el reflejo de los espejos que en su indulgencia, consciente de que su mirada es demasiado benévola con mi físico.
De ahí mi inclinación reciente por trajes que no subrayen mi delgadez y por gabardinas amplias, capaces de prestarme una anchura que no poseo. Y ahora que lo pienso con más detenimiento, me inquieta no haber asistido a la última prueba del diseño que llevaré esta noche al castillo.
—Las dejaré continuar —indico, dando unos pasos hacia atrás—. Aunque, antes... —Me detengo y regreso con una inquietud—. ¿Le resultaría incómodo que fumara aquí, o preferiría que bajara afuera?
Zuleikha, una mujer árabe de ojos felinos y cabello azabache, aparta apenas la cortina y asoma el rostro por una rendija mínima. Aprovecho ese descuido para intentar fisgonear el estado del vestido, pero ella lo nota de inmediato y sin reprocharme nada, corre la tela y la cierra con las manos. Mi diseñadora no disimula lo evidente: estoy comportándome como un necio, aunque tenga la cortesía de no decírmelo en voz alta.