Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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MODRIC
El calor en mi pecho se traslada a mis hombros, me envuelve la nuca y se fija en mis mejillas. No quiero llamarlo vergüenza, pero no se me ocurre otra cosa que me deje tan expuesto.
Abro la boca con mesura, lo justo para respirar sin evidenciar mi repentina agitación, y en el mismo gesto, aprieto los dientes y me obligo a mantener los ojos sobre su rostro. Keilam también respira por la boca, y cada exhalación suya me roza con un calor tan próximo que ya no distingo si proviene de ella o de mí. Tiene los labios entreabiertos, brillosos por la humedad, y su pecho desnudo sube y baja con una cadencia irregular, como si su deseo ya estuviera rebalsándose antes de comenzar a explorar su cuerpo.
No hay nada en su expresión que me pida que me aleje. Al contrario. La forma en que me ve me arrastra otra vez hacia ese lugar oscuro y corrupto donde pierdo toda noción de límite. Me quiere más cerca. Lo leo en el color de sus mejillas, en la tensión de sus muslos y en la forma brutalmente hermosa en que se entrega sin pronunciar ni un «Te amo». Es la criatura más viva que he contemplado jamás.
Ciño los dedos alrededor de sus muñecas, presionando el centro de sus palmas contra el suelo, y el impulso que me empuja a hacerlo no es otra cosa que su presencia aceptándome como parte de ella. Es su voluntad la que se impone, aunque la mía parezca dominar. Keilam suelta un quejido y mi cuerpo se contrae con una culpa súbita. Aflojo apenas la presión en sus muñecas, sabiendo que su cuerpo no resiste lo mismo que el mío. Tengo que demostrarle que no la estoy castigando, aunque mis manos pesen. Me pertenezco, todavía puedo elegir. No estoy fuera de mí.
—¿Estás segura de saber jugarlo tan bien como dices? —le susurro, bajando la voz al nivel exacto en el que mi respiración empieza a delatarme.
—Sí —lo pronuncia con tal claridad que cualquier respuesta me parece un retroceso enorme.
Ella sonríe, claramente satisfecha de haberme dejado sin palabras, y mientras lo hace, se muerde el labio inferior.
—¿Vas a quedarte ahí, mirándome como si no supieras qué hacer conmigo? —agrega—. ¿O piensas hacer algo por tu parte?
Después de varios segundos resistiéndome, mis ojos ceden por sí solos. Los bajo y me detengo en sus pechos, como si recién ahora me permitiera admitir cuánto los deseaba. La calidez de su piel bronceada absorbe la luz, y sus pezones, marrones y tensos por el frío, reclaman mi boca con un ímpetu que me vuelve torpe hasta para respirar. No son simplemente hermosos, sino que trascienden la palabra misma. Maldita sea. No puedo mirarlos sin sentir que fallo a todo lo que alguna vez creí que era respeto, pero es que tampoco puedo mentirme: son divinos, y yo soy un mal hombre por adorarlos así.
Al alzar el rostro, descubro que su atención ya está puesta en mí.
—¿Siempre pone esa cara cuando ve unas tetas, profesor Modric?