Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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Hold Them Down - Jorge Rivera
DUBRAVKO
Ya no existe modo alguno de impedir la compulsión que la atrae hacia esa metamorfosis de la que, con toda probabilidad, Ophelia le habló con insistencia. No hubo engaño en ello. En términos generales, se trata de la vía más elevada hacia lo extraordinario, una forma de explorar las capas más hondas de la conciencia y de tensionar las capacidades cognitivas hasta un umbral que pocos siquiera sospechan.
Se simplifica en cifras para volverlo digerible y se habla de porcentajes como si el misterio pudiera reducirse a una estadística manejable. Incluso el individuo más disciplinado en la cosecha del conocimiento apenas roza una fracción de lo que su estructura neurológica permite. La arquitectura cerebral es desmesurada, y su influencia sobre el resto del organismo no ha sido investigada en toda su extensión. Esa promesa —la de acceder a una utilización más vasta de sí misma— basta para encender cualquier voluntad ambiciosa.
Por ello, y muy a mi pesar, comprendo que ya no lograré disuadirla después de dos días enteros en los que intenté hacerla entrar en razón recurriendo a toda clase de promesas.
Una vez que la idea ha echado raíces, toda advertencia que le dé será interpretada como una limitación y todo límite que le imponga le parecerá una traición. Además, si mi Señor ha reforzado en ella la convicción de que debe continuar, mi oposición no hará más que confirmar su determinación. En consecuencia, no se trata de convencerla, sino de asumir que la decisión ha comenzado a consolidarse en su interior mucho antes de que yo intentara impedirla.
Yo solo pretendía que se convirtiera en un elegido apto para afrontar riesgos futuros o, en su defecto, en un recurso eficaz ante tareas cuya magnitud excede nuestras capacidades como miembros y, en última instancia, como humanos finitos. No hablo de inmortalidad. Keilam no lo es, ni podría serlo sin atravesar la metamorfosis. Sin embargo, los registros que han resistido el tiempo —aquellos en los que puedo confiar sin caer en la mitificación— coinciden en un punto: los elegidos han demostrado una utilidad concreta en la contención de entidades demoníacas y en la interlocución con aquello que no pertenece al ciclo de los vivos.
Esta facultad se entiende como una mediación más precisa con fuerzas que para nosotros resultan difusas o francamente inaccesibles. Ahora bien, todo ello solo es viable una vez que el sigilo de protección ha sido conferido y asimilado. Y como ya he señalado, sin el sigilo su organismo hubiera quedado sometido a una exigencia energética que inevitablemente la conduciría al deterioro. La consumición es una consecuencia fisiológica directa, puesto que las entidades no moderan el desgaste que imponen ni atenúan la carga que transfieren.
Por todo esto es que he evitado describirle con detalle las recompensas de un cuerpo renovado y de una percepción expandida, pues conozco la naturaleza de su ambición y sé hasta dónde podría impulsarla. Aun cuando procuré disuadirla de detalles como estos y me limité a insinuarle lo extraordinario que resultaría su integración como elegida dentro de nuestra élite, llegó hasta aquí y ha alcanzado el punto en el que ya no le basta con lo que le hemos concedido ni con lo que ha comprendido; exige más.