Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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Nosedive - Friday Pilots Club
DUBRAVKO
Camino hacia el edificio en el que resido durante mi estancia en Zagreb. Se encuentra a escasos minutos de la facultad de Bellas Artes, de modo que casi nunca necesito sacar el coche del estacionamiento. Hace meses que no habito el onceavo piso, el que fue mi residencia estable desde que abandoné la casa de mi tía materna.
Al independizarme creí que bastaría con ordenar el espacio para ordenar también mi mente. Sin embargo, con el tiempo comprendí que los espacios no corrigen nada; apenas reflejan lo que uno ya es.
Entro al ascensor, vacío a esta hora.
Marco mi piso y, en el instante en que las puertas se cierran, el teléfono vibra en el bolsillo de mi abrigo.
—¿Qué sucede? —digo al contestar.
—¿Estás ocupado? —pregunta mi Confessor al otro lado de la línea. Su tono, lejos de tranquilizarme, me introduce una inquietud inmediata—. Necesito hablar contigo un momento.
Apoyo la espalda contra la pared del ascensor.
MiConfessores, en esencia, mi asistente y mi confidente. No solo organiza cada asunto pendiente que tenga, sino que anticipa aquello que todavía no he decidido abordar.
Se encarga de la parte más exhaustiva del proceso, revisa informes, contrasta fuentes y se informa con una minuciosidad que yo ya no puedo ejercer en todos los frentes. Mi labor como escultor, aunque me provee nuevas ideas y desafíos creativos, absorbe un tiempo considerable que termina dispersándose entre compromisos públicos, entrevistas banales y preguntas impertinentes sobre mi vida privada, como si su curiosidad por lo ajeno tuviera más relevancia que la obra misma que esté por presentar.
Sin sus indicaciones sobre cómo proceder y sobre el estado real del entorno que nos rodea, mi margen de error sería inaceptable. De hecho, es probable que muchas de mis decisiones resultaran precipitadas o, en el mejor de los casos, deficientemente informadas.
—Es muy tarde —alego, consultando el reloj en mi muñeca, que ya supera la medianoche—. ¿Es justamente necesario hablar ahora? ¿No puedes esperar hasta mañana?
—No. Mañana volverás a estar consumido por el día, lo sé. —Suspira—. Y puesto que tampoco descansas por la noche, no veo razón para seguir aplazándolo. Necesito hacerte unas preguntas, nada más.
Me fijo en el número del piso que parpadea en la pantalla del ascensor. Piso ocho.
—Está bien. Hazlo rápido.
Y, tal como le indico, se aclara la garganta antes de formular la primera pregunta destinada a su registro semanal de los acontecimientos.