27 Uno no mata por gusto

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taKe - dye

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KEILAM

Me hundo en el agua caliente de la bañera y observo cómo la sangre y el sudor se desprenden de mi piel y se disuelven poco a poco en el agua, enturbiándola hasta volverla opaca. El calor afloja mis músculos, ya rendidos por la mezcla de dolor y placer. De vez en cuando, un pinchazo agudo me recuerda las marcas que dejó en mi piel, sobre todo en mi hombro, donde las heridas laten cada vez que el jabón cae en zona.

Dubravko está a mi derecha, sentado sobre sus talones ya descalzos.

Abre la tapa del shampoo, vierte un poco del líquido en sus manos y luego desliza los dedos por mi cabello, comenzando a masajear mi cuero cabelludo con movimientos lentos. Mi cabello debe de estar asquerosamente sucio por la sangre seca que me salpicó, y ni hablar de los enredos que dejó toda aquella fricción entre sus manos.

—Me duele el culo y las piernas —murmuro, en un tono casi débil—. Apenas puedo quedarme sentada.

Sus dedos se mueven sin prisa y, pese a saber de lo que es capaz, en este momento cada toque suyo es cuidadosamente delicado.

—Me temo que me excedí un poco. Perdóname —contesta en voz baja—. Aunque, si me lo permites... ¿dormirás conmigo esta noche?

—Tal vez.

La razón por la que no le digo que sí no tiene nada que ver con mi orgullo ni con la necesidad de recordarle que lo nuestro es puramente físico. La verdad es mucho menos digna: jamás he dormido con nadie y tampoco me entusiasma la idea. Dormir al lado de alguien me parece una intimidad desproporcionada. Además, existe la posibilidad real de que sea sonámbula, hable dormida o empiece a pelear con enemigos invisibles en mitad de la noche. Y sinceramente, prefiero que Dubravko conserve la ilusión de que soy una persona medianamente decente mientras estoy inconsciente.

El solo hecho de estar sudada y sin una gota de maquillaje ya me resulta agobiante, pero estoy demasiado exhausta como para siquiera intentar disimular las imperfecciones de mis mejillas o mi aspecto casi moribundo.

Soy la primera en defender nuestras raíces cuando escucho esos comentarios estúpidos sobre lo "bonita" que sería la gente si fuera más blanca, o cuando empiezan con el típico "qué pena que sea tan morenita". Sin embargo, las redes sociales me han jodido lo suficiente la cabeza como para que ahora me cueste mirar mi piel, opaca y marrón, sin pensar que quizá sería un pelín más bonita si fuera más pálida.

Me encantaría ser blanca, aunque me dé vergüenza reconocerlo.

—¿Qué te parece, Keilam? —dice Dubravko, y recién entonces me doy cuenta de que lleva un rato hablándome sin que yo haya estado prestando atención.

—¿Eh?

Dubravko se queda mirándome con los ojos entrecerrados y la boca apretada en una expresión curiosamente divertida, como quien acaba de darse cuenta de que lleva un rato hablándole a la nada.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora