Donde un príncipe sin corona -Magnus

24 5 0
                                        

Corro hacia el príncipe en los brazos del cíclope cuando siento que una oscuridad nos consume. Lester estaba a la par mía cuando nos arrastró esa corriente tenebrosa. Nos encontramos en una habitación muy rara, donde había una jaula gigante para un pájaro. Luego entendí que era el lugar donde tenían a la arpía Ella encerrada.

Tyson aún tenía al príncipe en sus brazos así que lo colocó en la cama que había en esa habitación. Las paredes estaban decoradas con piedras preciosas, pero nada ostentoso. Todo el lugar era como el príncipe, fino y agradable. En una parte, hay un cuadro con una familia en el que se ve un hombre musculoso y de rostro serio y una mujer con una ropa griega que parece muy ilustre; los acompañan cuatro pequeños, dos niños y dos niñas.

Al costado de este, había otro tapiz del mismo señor con otra mujer, un niño y otras niñas. Noté que habían varios de ese tipo, pues en cada retrato se mostraba al mismo hombre con una mujer diferente y su descendencia. Hasta que encontré uno en el que solo estaba el príncipe. Es extraño. ¿Dónde estaba el señor con su madre? Me quedé viendo tratando de descifrar por qué estaba solo.

—Príncipe —lo llama Tyson—. Despierte, por favor.

—Ondas —dijo la arpía Ella.

—Está hirviendo —comenta Lester.

Sigo viendo el cuadro; por alguna razón, siento que hay un detalle que me estoy perdiendo. Y luego, hago algo por lo que cualquier artista me mataría: Lo toco. En mi mano, se forma la runa de Frey y el cuadro revela a otras dos personas, muy conocidas. Ayla y Lester estaban a la par del príncipe. Siento el calor de la runa en mi mano se desvanece y la imagen se vuelve a esconder.

Esto significa que el príncipe es descendiente de Helios e hijo de Ayla; por eso está aquí. Por eso conoce la mina y el secreto del viaje por la luz. Es la unión de dos familia en guerra. Percy está como loco cuidando a Equus, y solo lo conoció hace poco.¿Qué hará Lester si se entera de esto?

—Magnus —me llama el príncipe, débil. Camino hasta su lado y tomo su mano. Este me sonríe a pesar de sentirse muy mal—. Ya es hora.

—¿Qué va a pasar si lo hago? —pregunto.

—Todo el poder de mi cuerpo se encargará de restaurar este lugar. Me haré uno con el planeta justo como los demás antes que yo.

—Tus padres...

—Cuando llegue el momento —me interrumpe—, diles que pronto llegará aquella que devolverá el honor a la familia y que deben guiarla.

—Lo haré, lo juro.

—Si no duermo pronto, no podrán renacer las estrellas. —Tomo el sonajero antiguo y lo empiezo a sonar—. Dile a Equus que lo siento, que no pude cumplir la promesa.

Mi sonajero era más como un parlante del que unas voces cálidas y armoniosas empezaron a cantar. Lester y Tyson empezaron a llorar, mientras el príncipe dormía con una sonrisa. Ella, por su lado, empezó a cantar también junto a las voces; parecía ser una antigua canción de cuna. El cuerpo del príncipe empezó a convertirse en unas hermosas luces que iluminaron la habitación como un festival de Navidad.

—Buen viaje, amigo —le digo.

Entonces, el castillo empezó a temblar. La habitación se empezó a llenar de grietas por todas partes; se estaba autodestruyendo. Los cuatro empezamos a huir antes que nos cayeran las ruinas encima. Encuentro una luz que proviene de afuera y llamo a los demás para que me sigan y salgamos. Apenas lo logramos cuando todo el lugar se convirtió en polvo, como si nunca hubiera estado ahí.

Más a lo lejos, los demás cíclopes y encapuchados huían de la mina, ya que también se estaba destruyendo. De ese lugar, empezó a salir la pared de ámbar con las hijas de Helios aún encerradas. El ámbar se empezó a derretir y se mezcló con el río que estaba en la mina; ahora el agua se había tornado naranja y las luces que estaban adentro empezaron a viajar mucho más rápido. Los ciclopes y encapuchados parecen ignorar el asunto y continúan su pelea.

—¡Chicos! —Sadie y Carter corren hacia nosotros, hechos polvo, pero sanos—. ¿Qué acaba de ocurrir?

—El príncipe se fusionó con el planeta y está tratando de remediar el caos —explica Lester—. ¿Y los demás?

Voltemos a ver el único edificio que quedaba en pie, el templo del Sol. En su interior, se nota cómo rayos de magia salen disparados. Los demás deben estar ahí.

—Tenemos que ayudarles —dice Sadie.

—Necesitaremos refuerzos —dice Lester—. ¡Encapuchados!

Los encapuchados y los cíclopes dejan de pelear y observan a Lester. Seguro están pensando si él tiene la clave secreta para acabar este desmadre o si también va a explotar en un montón de lucecitas.

—Preferimos el término «Ejército del Caos» —grita uno.

Qué creativos son estos semidioses con los nombres; no quiero saber cómo le pusieron a sus mascotas.

—Yo, el dios Apolo, prometo levantar todos sus cargos si se unen a nosotros contra Alabaster. —Carter hace aparecer un banco de plástico para que Lester se pare y se vea más épico. Bueno, tan épico como un banco de plástico de tan solo cinco metros te pueda hacer ver—. Sé que ninguno de ustedes pudo disfrutar del campamento mestizo por sus err... digo, acciones del pasado. Pero destruir todo, ¿para qué? Alabaster no les va a ofrecer nada más de que sean sus esclavos. Cuando volvamos, reconstruyamos el planeta juntos y crearemos una nueva sociedad donde cualquier semidiós y dios tenga derecho de un lugar en el Campamento Mestizo.

—¿Y la admisión a la universidad de Nueva Roma? —pregunta un semidiós.

—Con una beca completa financiada por mí —confirma Lester—. Verán, técnicamente, yo creé el campamento. Yo fui quien le dio a Quirón su arco y le dije...

—A nadie le importa —grité detrás de un encapuchado.

—¿Nadie sabrá que estuvimos con Cronos y Caos? —preguntan.

—No, nadie lo sabrá —prometió Lester.

Los encapuchados empezaron a festejar y a abrazarse entre ellos. Algunos se quitaron las capuchas y las empezaron a girar. Los cíclopes se aguantaban las ganas de comérselos, pero nada malo pasó. Hasta que Alabaster apareció.

¡Vendidos! —Los encapuchados se pusieron de rodillas; temblaban ante la voz del hijo de la magia—. Ya no los necesito.

Un rayo de magia cayó sobre los encapuchados y los cíclopes, lo que los hizo gritar de dolor. Todas sus voces de agonía me dejaron los oídos sordos y sé que sus caras de pánico me atormentarán de por vida. En cuestión de segundos, ya no había ninguno en pie. Lester se arrodilló en el lugar donde estaban.

—¡MALDITO! —gritó—. ¿Qué quieres de nosotros?

Las puertas del Sol se abrieron de par en par, indicando el deseo de Alabaster de que entremos a su guarida. Aquello solo significaba una cosa: La batalla final estaba a punto de empezar. 

Myth & WarHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora