Epílogo: Percy Jackson

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Percy y Annabeth terminaron la universidad y justo un año después decidieron tener su boda. Cuando llegó el día, el templo de Juno estaba repleto, incluso había personas esperando afuera a la pareja. Era extraño, ya que Percy juraba que solo invitaron a cien personas.

—¿Por qué hay tanta gente allá afuera? —le pregunta Percy a Grover—. Si acaso les he hablado una vez.

—Verás, todos querían estar en la boda del siglo —explica Grover con nerviosismo—. Y no podía decirle que no a ciertas ninfas, entonces otras se enojaron porque ellas no lo estaban. Y luego varios semidioses se dieron cuenta y ...

—Entiendo, Grover —interrumpe Percy—. Pero nos hubieras avisado.

—Es solo la ceremonia, lo juro.

Nico Di Angelo entró gritando a su micrófono a la sala del novio. El hijo de Hades se propuso como organizador. Desde que Frank le pidió ser uno de los entrenadores en ambos campamentos se había vuelto un déspota, pero las muertes de campistas se habían reducido bastante.

—¡Grover! —gritó Nico—. ¡¿Se puede saber porque hay tanta gente afuera?!

Maestro Nico, ya tenemos los refuerzos que pidió. —Una voz habló desde el walkie-talkie que traía Nico.

—¡Hace media hora lo pedí! —Nico empezó a discutir con sus estudiantes y Grover.

Mientras se hacía el desmadre, Percy se escabulló para ver a sus invitados. En el corredor, tenía la sensación de que alguien lo veía. Estaba en Nueva Roma y había muchos fantasmas por todas partes, pero esto era diferente. Le pareció ver una sombra en el fondo y caminó lentamente hacia ella.

—¿Percy? —Una Estelle de diez años lo encuentra—. ¿Qué haces?

—Deben ser los nervios; estoy viendo cosas —confiesa Percy.

Desde que volvieron del fin del Cosmos, Percy no pudo hablar con nadie sobre el tema de Equus. Le hubiera gustado volverlo a ver aunque sea para charlar un momento. Temía sobre el futuro y que tanto había cambiado. Astrea le dijo que tendría un futuro largo, pero aún así se preguntaba qué tan largo.

—Vamos, Estelle. La ceremonia va a empezar.

Después de que Percy y Annabeth se casaron oficialmente, los seres cercanos fueron al salón de eventos más grande de Nueva Roma. Vio a muchos viejos conocidos reunidos y a Paul bailando con Estelle en el centro de la pista.

El hijo de Poseidón se sentó junto a su esposa, la hija de Atenea, en la mesa principal Todavía estaba asimilando que se había casado con esa persona; esa persona que lo acompañó durante años de aventuras, aquella que conoce tanto sus demonios internos, como sus habilidades. Para Percy, Annabeth era la mujer más perfecta en el mundo; sus propios defectos la volvían más perfecta. No había nadie más que quisiera a su lado por la duración de sus vidas, por más cortas o largas que fueran.

Percy y Annabeth se encontraron con un montón de personas. Primero fueron a saludar a Frank y Hazel; sus amigos ahora eran parte de Senadores de Nueva Roma y estudiantes en la universidad. Se la pasaban ocupados, pero aún así se las arreglaron para planear toda la ceremonia. Hace poco Frank le pidió matrimonio a Hazel; todavía esperarían un tiempo antes de casarse, pero no era tarde para comprometerse.

Después fue con Leo y Piper, quienes habían venido juntos. Leo andaba últimamente desaparecido ya que, según él, tenía que ayudar a unos viejos amigos de la familia. Piper, por su parte, viajaba mucho; pero siempre que podía, volvía al campamento a ver la estatua de los siete.

—¿Cuándo nos vas a decir qué tanto andas haciendo, Leo? —preguntó Hazel.

—Dejen de insistir tanto —comienza Leo—. Estoy haciendo trabajos para un viejo conocido, pero no puedo revelar nada.

—Eso es muy extraño, Leo —critica Piper—. Podría ser peligroso.

—Con muchos picotazos, eso sí —confiesa Leo.

En otra parte de la sala, estaban Nico, Will y Lester. Nico vigilaba a los semidioses encargados de la seguridad de que ningún intruso entrara. Parecía un perro guardián.

—Apolo, digo, Lester —saluda Annabeth—. ¡Qué alegría verlo!

—Ayla quería venir también, pero tiene que reposar —dijo Lester un poco triste—. El embarazo no la tiene muy bien.

—Agradable, quieres decir —refunfuñó Will.

—¡No trates así a Ayla! —le regaña Lester—. Un embarazo divino puede traer complicaciones. Pero pronto llegará el pequeño Helios.

—¿Helios? —pregunta Percy.

—Pensamos que sería un bonito detalle.

—Más bien una buena manipulación de Ayla —dice Will.

Ya casi finalizando la noche, Percy salió por aire. Se encontró en el mismo lugar donde se había encontrado con los chaneques. Ahí, Equus le salvó la vida con su caballo sombra. Aunque, contrario a aquella vez, la luna estaba llena y el paisaje era tranquilo. Percy nota cómo una sombra sale del bosque y camina hacia él.

—Sabía que eras tú —dice Percy con una sonrisa al encontrarlo finalmente—: Erecteo.

Equus estaba enfrente de él después de casi diez años desde que lo vio. No había envejecido ni un día; seguía siendo ese niño de 14 años. Solo que ahora llevaba una máscara de esqueleto en la cabeza en lugar de la de caballo.

—Hola, semidiós —respondió su hijo.

Ambos se abrazaron y lágrimas cayeron de sus ojos.

—¿Por qué no viniste antes? —dice Percy—. Te hubiera escondido o algo.

—Tengo una misión ahora, papá. Una muy grande. —Suspira Equus—. Además, ahora nos vemos mucho más que antes.

Percy entendió lo que se refería y un gran peso se liberó dentro de él.

—Aunque me encantaría venir más, me dijeron que después de esto estarás muy ocupado —confiesa Equus —. Y hay cosas que ni las aguas del tiempo quieren ver del pasado.

Al principio, Percy no entendía mucho a lo que Equus se refería; sería hasta después que Annabeth descubriría que estaba embarazada de su primer hijo. Entonces el hijo de Poseidón solo ríe, sin dejar de llorar, y le retira un mechón de pelo negro a Equus del rostro.

—¿Me juras que estás bien? —le pregunta, queriendo asegurarse.

—Si papá, muy bien. —Equus lo abraza otra vez—. Gracias por todo, sesos de alga.

—Gracias a ti, cara de caballo. 

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