Desde la primera vez que se conocieron, Ryujin y Yeji han sido inseparables, pasando la mayor parte del tiempo juntas. Pero justo cuando todo parecía ir perfecto, sus vidas cambiarán cuando Ryujin se vea obligada a mudarse a otro país, donde se dará...
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—Vas a hacer que todo el mundo se entere de lo ridículamente cursi que eres —replicó Yeji, cruzándose de brazos, aunque la sonrisa en su rostro traicionaba cualquier intento de fingir molestia.
—¿Y qué tiene? —se encogió de hombros—. Quiero que todo el mundo sepa lo feliz que estoy contigo.
—Eso no significa que tengas que anunciarlo a los cuatro vientos —trató de sonar más seria, aunque falló miserablemente.
Ryujin rio suavemente, inclinándose para susurrar cerca de su oído:
—Entonces debería dejar de escribirte "te amo" en las servilletas de la cafetería.
Ya se estaba haciendo costumbre ir a esa cafetería de vez en cuando en la noche en sus tiempos libres, y que su novia escribiera mensajes como esos cuando iban.
Se volvió una costumbre desde hace un mes, y aún recuerdan cómo inició. Fue dos días después de que ambas se hubieran peleado con sus familias: Ryujin intentaba que su novia volviera a sonreír, así que no se le ocurrió mejor idea que ir a la cafetería que estaba cerca de su universidad —la misma donde un semestre antes habían discutido porque, según Ryujin, Yeji había ignorado sus mensajes y llamadas, cuando en realidad tenía que realizar un trabajo en equipo y no había revisado su celular—, y cuando esperaban su pedido, como Shin veía a su novia decaída, agarró una servilleta y empezó a ponerle mensajes tiernos en ellos, como los repetitivos "te amo", corazones, y demás.
Aquello pareció funcionar, ya que Yeji sonrió y se le pasó la tristeza. Desde ahí, cada vez que iban, eso era lo que Ryujin hacía. Y se podría decir que ese lugar ya tenía historia para ambas.
—¡Ryuddaeng!
Yeji abrió los ojos con sorpresa, pero antes de que pudiera protestar, Ryujin ya estaba sosteniendo la servilleta del día en sus manos, con el mensaje claramente escrito en tinta negra y adornado con un pequeño corazón al lado.
—Aquí está, Yeddeong —rio, alzando el objeto.
—¡Baja eso, Shin! —exclamó, quitándole la servilleta de un tirón mientras su rostro se teñía de rojo.
—Tarde, amor. Ya lo vieron —se burló, señalando al barista que había esbozado una sonrisa al notar su interacción.
Yeji sacudió la cabeza, murmurando algo sobre lo insostenible que era su novia, pero al final no pudo evitar reír también.
Era un caos, sí, pero uno que no cambiaría por nada.
(...)
—Me alegra que Yeji esté mejor —comentó Yuna, mientras caminaba de la mano con su novia. Recién habían ido a ver a las chicas en el dormitorio de Ryujin, ya era tarde, y por suerte, todo parecía ir mejor. Dejaron que Lia se quedara un rato más con ellas para hacerles compañía.