22 Adorarte se siente sucio

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Supremacy - Muse

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Supremacy - Muse

KEILAM

Apoyo la espalda contra el pilar del patio y dejo que el sol me caliente la cara. Balanceo el pie, mirando a los alumnos de primer año —de quién sabe qué rama del arte— arrastrarse entre los árboles y juntar hojas secas con unas bolsas negras que no alcanzan ni para empezar.

Pasaron dos semanas desde que estuve en la mansión de los Modric, y desde entonces no dejo de sentir frío. No importa cuánto abrigo use o cuántas mantas me ponga encima, mi cuerpo no entra en calor. Las noches se volvieron espantosas a tal punto de hacerme doler los huesos.

Mis sueños ya no giran solo en torno a mi infancia o a Ophelia, pues a este abanico de horrores se ha sumado una persecución por los pasillos de lo que tal vez sea la mansión Modric. En estos sueños siempre estoy vestida de blanco —como con una bata, o algo parecido— y corro, pero nunca llego a ningún destino, porque algo o alguien termina alcanzándome una y otra vez.

Después de esa noche, Dubravko no volvió a dirigirme la palabra, pero tampoco hace ningún intento por evitarme en la universidad. En realidad, hoy me miró como si nada.

—Hola.

Siento una mano en mi espalda, suave al principio, pero lo bastante firme como para que un destello de dolor me ciegue. El moretón ya no se ve tan mal, pero la zona todavía me duele al tacto.

—¿Te duele? —pregunta Dana—. Lo siento. Creo que tengo la mano algo pesada.

Al verla delante de mí, me relajo un poco, tratando de calmar mi corazón acelerado.

—No te preocupes. —Intento sonreír—. Creo que me golpeé la espalda contra algo. Así que me duele un poco. O puede que sea una contractura —explico, sin entrar en detalles.

Esto es un secreto. Nuestro secreto.

Dana está envuelta en un abrigo cubierto de parches de telas de distintos patrones y colores, creando un mosaico visual. Una enorme bufanda gris le cubre hasta la nariz.

Me parece que a ella le pela totalmente la armonía. Por Dios, es que su ropa es un jodido atentado cromático.

—No respondiste mis últimos mensajes. —Al exhalar, el vapor de su boca sale en forma de humo—. ¿Está todo bien?

Durante los últimos días no he venido a la universidad. Fingí estar enferma y, de paso, evité a toda costa hablar con cualquiera. Mi último contacto humano, aunque fuera virtual, fue cuando le pedí a Dana que cargara todas mis asistencias en el sistema.

—¿Qué me enviaste? —pregunto.

Sigo balanceando mi pie, manteniendo un ritmo relajado.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora