Ámbar.
El sol a punto de esconderse, abraza la pista privada, ofreciéndonos un lindo y último atardecer en Australia.
«Finalmente...».
Sin dejar de mirar al horizonte, me arreglo las gafas de sol, tomo un poco de aire y me mentalizo, para apreciar el momento, para tratar de despejar mi cabeza de la tensión que no me ha dejado en paz.
Si no pienso en nada más, este precioso atardecer se percibe como una disculpa, junto a un cálido abrazo, por lo mal que la hemos pasado estos últimos meses aquí en Australia.
O así quiero percibirlo yo, pues, aunque gran parte de nuestra estadía vino arraigada a tristeza, infortunio y desasosiego, al final, también conseguimos la recuperación casi entera de Damián, e igualmente fué aquí dónde volví a ser mamá.
Suspiro, saliendo de mi pequeño momento, cuando veo que Damián, a unos metros, termina de hablar con el piloto, y se dirige hacia acá, arrastrando la carriola que le queda pequeñita pese a que está en el nivel más alto.
Sonrío «Se ve tan lindo de papá».
Me arruga la nariz al ver que me pierdo en él, y aunque ha habido tensión entre nosostros en estos últimos días, sonrío burlona por su arrogancia, antes de darme la vuelta para ir por Mía, antes de que se alejé más.
La niña lleva ya un buen rato, persiguiendo a un pobre colibrí que sólo trata de hacer su trabajo en las flores de una gran maceta redonda.
Se queja un poco cuando le digo que ya es hora de irnos, y me señala el animalito con tristeza, así que me detengo un momento con ella, agachándome para mirar mejor, y manteniéndola a mi lado con un brazo alrededor de su cuerpo.
—Despídete, muñeca, ya debemos ir a casa.—relaja los hombros, soltando un suspiro y sin dejar de mirar al animalito que revolotea una flor, asiente.
—En casa no hay de esos; nunca he visto uno.—murmura—¿Ya viste lo lindo que es?—asiento besándole la mejilla.—¿Puedo tener uno?
Río suavemente.
—No es una mascota, las flores lo necesitan.—señalo—Y siento que Bestia se pondría celoso si tienes otra mascota.
—Es cierto.—susurra—El otro día me mordió por acariciar un gato.
Vuelvo a reír.
—Vamos, despídete, prometo que al llegar a casa te llevaré a un lugar dónde puedas ver muchos.—le susurro, y con una pequeña sonrisa, asiente.
—Hasta luego, señora colibrí.—se despide con la mano también, y yo me pongo de pie, luego de darle un besito.—Quería llevárlo a casa.—confiesa tomándome la mano, cuando se la ofrezco para ir hacia el jet—Le iba a comprar muchas flores, y una bonita casa de aves.
—Creo que ya es feliz así.
—Pues sí.—se encoge de hombros, y olvidándose del tema empieza a saltar y a tararear una canción infantil.
Río divertida, poniendo la vista al frente. Al pie de las escalerillas, Damián saca a los bebés de la carriola, y sujetandolos a ambos sin problemas, con un sólo brazo, dobla la carriola después de desmontar las sillas de bebés.
Un sobrecargo se encarga de subir la carriola doblada, y otra más sube las sillas, pues, Damián se queda en su lugar, esperando por nosotras, y al notarlo, Mía ríe y empieza a correr, llevándome de la mano.
—¿Ya subieron a mi Bestia?—le pregunta a su papá, quien asiente.
—Las únicas que se tardan siempre son ustedes.—Recalca el padre, y pongo los ojos en blanco, burlona, y rodeándolo para empezar a subir con la niña.
ESTÁS LEYENDO
Mil razones
De TodoEra imposible escapar de la bestia, era imposible amar a la bestia; todo esto ella lo rectificó. Cayó en sus agarras y amó estar allí, pero las mentiras dañan, hieren y destrozan. Las mentiras y traiciones hicieron de las paredes sólidas de su amor...
