Damián Webster.
Carraspeo intranquilo, no sé que cargo en el estómago desde que me levanté esta mañana, pero hasta siento que me estoy enfermando. Suelto aire, aunque siento que me falta, y no sé porqué demonios me siento tan inquieto, si ya sé que las cosas sí o sí, me saldrán bien.
Doy un trago largo, al coñac que reposa en mis manos, cogiendo el lápiz que solté hace rato.
No sé me dificultan las palabras; se exactamente que quiero decir... El problema es que no hallo como expresarlas, sin sentirme ridículo... O no lo sé.
Escribo algo, pero no me gusta, y frustrado arrugo la hoja y la lanzo junto al lápiz.
—Estoy segura que con un “Te amaré hasta que mis huesos se hagan polvo”, quedaré totalmente satisfecha—Alude suave y divertida, haciéndome alzar la mirada para encontrarme con sus ojos.
Abandona el umbral, y con cada paso que da hacia aquí, mi tensión va en descenso.
«Es que tiene un maldito don...»
Viste un traje de baño de dos piezas, que le queda divino, y quizás es eso lo que me hace dejar la molestia en segundo plano, tan rápido.
—Sigue sin gustarme el que me andes espiando.—aludo, sin diversión pero totalmente receptivo al cuerpo que se me pega, buscando mis brazos y rendición.
Y ya es la mamá de mis hijos, será mi esposa pronto... Ya es la dueña hasta de mi alma; es absurdo negarme a lo que desea.
Así que le ofrezco mi bandera blanca, aceptando sus besos, y enredando mis dedos en el nacimiento de su cabello, para profundizar.
Sonríe en mi boca, por la complacencia, metiendo sus manos debajo de mi polo, subiéndolas por mi abdomen hasta mis pectorales y... Me empujarme suavemente, recalcándome con el simple gesto, que los niños están cerca, que la casa está llena y que se supone que nosotros como “anfitriones” deberíamos estar afuera con los visitantes.
«Como sí yo les pedí que vinieran».
—Vamos, no me gusta nada, que esperes a la menor oportunidad para desaparecer cada vez que invito a nuestros amigos.—refunfuña en mi boca, y hago mala cara.
—No es por ofender, pero tus amigos son aburridos.—me excuso y ríe, separándose.
—Es qué, amor, Hansel y tú perciben lo divertido de una forma un poco... Extravagante.—sostiene y enarco una ceja.—No es culpa nuestra, que ustedes sean un poco crueles para “divertirse”.
—Lo que pasa es que Amelie, los Cooper y tú, se toman las cosas muy a pecho.—me defiendo.
—¡Por Dios, Damián!—regaña y se separa—Literalmente acabas de decirle a Camerón “Deja de ser tan marica, en mis tiempos, si un tipo te faltaba el respeto de esa manera, lo desaparecimos en ácido”, ¡Y delante de los niños...!
—Los gemelos no cuentan porque ni hablar bien saben.—Atajo.—Sólo trataba de ser amable, dándole un consejo, para que deje de decirle al fiscal ese “No quiero más líos”.—imito una voz femenina, que le hace apretar los labios y bajar la cabeza cuando una risa divertida se le asoma—¡Es un idiota!
La exclamación viene de lo más profundo de mí, haciéndome tensar los hombros al encorvarme, y las facciones del rostro, por susurrarlo en lugar de gritarlo como deseo desde hace rato... Es que me desespera, hasta parece que uno sólo de mis hijos pequeños tiene mejor capacidad para defenderse cuando lo molestan.
Este imbécil lleva ya unos cuantos meses, en un dilema con un fiscal que le hace la vida imposible en el trabajo, poniéndole trabas continuamente al respecto... Y me desespera, el estúpido no hace nada, sólo “pide”. Y no es que me importen mucho sus problemas, pero los abogados nuevos de mi empresa son de su bufet, y el fiscal ya un par de veces me ha dado problemas por el tira y jale que se trae con él.
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Mil razones
RandomEra imposible escapar de la bestia, era imposible amar a la bestia; todo esto ella lo rectificó. Cayó en sus agarras y amó estar allí, pero las mentiras dañan, hieren y destrozan. Las mentiras y traiciones hicieron de las paredes sólidas de su amor...
