Ámbar.
Jadeante, bajo de la caminadora, y moviendo mi muñeca adolorida, busco mi botella de agua para dar por terminada la hora y media de ejercicio. Normalmente suelo hacer dos, pero me he lastimado la muñeca hace un rato y ya se me hace un poco molesto el dolor.
Bebo agua, me seco un poco el sudor de la cara, y verifico la hora en el reloj de la pared «Aún no acaba la mañana», bufo aburrida, estoy aburrida, y ya quiero que lleguen Damián del trabajo y Mía de la escuela para el almuerzo.
Pero bueno, debo esperar.
Resignada, salgo del gimnasio con el celular y la toalla de entrenamiento en una mano, mientras sigo empinandome la botella de agua, a medida que tránsito los solitarios pasillos de mi enorme casa... Ya no veo la hora en que los gemelos se unan a Mía y Noah en las tardes, y las risas y carreras infantiles, sean tan fuertes que llenen cada rinconcito.
Cruzo el pasillo, saludando a una de las empleadas en el pasillo contrario, que entra con utensilios de limpieza a uno de los cuartos de huéspedes. Sigo por el salón familiar trasero y cruzo a otro pasillo, pasando cerca de la cocina, y aunque me tienta la idea de rellenar mi termo, prefiero solo dejarlo y continuar para darme una ducha larga, aprovechando que los gemelos estarán dormidos por aproximadamente una hora más.
En estos meses, he vuelto a recuperar el control total de mi vida, mis trabajos «Aunque no he vuelto totalmente a ellos», mi rutina diaria como mujer, mamá, y esposa.
Le cogí el ritmo perfectamente a los gemelos, a mi nueva casa, los nuevos empleados, la nueva distancia, la nueva normalidad, la rutina de Damián... Y la de Mía que es mi favorita.
Ballet, rosita, risitas, dulzura, y una belleza angelical y tan femenina, qué siento que es mi alma gemela en esta casa llena de hombres exigentes y malhumorados.
Estoy enamorada de mi muñequita... Y contenta, de que la apatía que tenía mientras estuvimos en Australia, sea ahora, no más que un vago recuerdo.
Ella está completamente felíz ahora.
Estos dos últimos meses, nos han sentado de maravilla a todos, y atribuyo el hecho a que al instalarnos en nuestra casa, y darnos a todos la estabilidad que perdimos cuando nos vimos obligados a dejar el país y nuestras casas, el año pasado, nos ha devuelto la seguridad y tranquilidad que teníamos.
Acallo mis pensamientos al cruzar el umbral hacia el recibidor, pues la espalda ancha de mi marido, sentado en la orilla de un sillón, me sorprende un segundo, ya que no lo esperaba, para antes del mediodía.
Pero no me molesta para nada que haya llegado antes, así que sonrío, retomando el andar a pasitos silenciosos para sorprenderlo también. Y gracias a que está demasiado concentrado en los documentos que revisa ágilmente con la mirada, logro llegar sin que me descubra antes.
Lo sé, porqué al primer tacto se tensa por la sorpresa.
Bajo mis manos desde sus hombros, suavemente por sus pectorales cubiertos por la camisa de botones, al mismo tiempo que me inclino hasta besar su cuello, y luego su mejilla.
—Hola, bestia.—saludo, y suelta las hojas que tenía en ambas manos, para tomar las mías.
Quita mis manos antes de que bajen más de la mitad de su abdomen, y se las lleva a la boca antes de ladear la cabeza para exigir su beso en la boca.
Río, tomando su barbilla para dárselo. Él termina poniéndose de pie, y yo me yergo.
—¿En casa tan temprano?—ronroneo, bajando por su torso de nuevo.
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Mil razones
RandomEra imposible escapar de la bestia, era imposible amar a la bestia; todo esto ella lo rectificó. Cayó en sus agarras y amó estar allí, pero las mentiras dañan, hieren y destrozan. Las mentiras y traiciones hicieron de las paredes sólidas de su amor...
