El silencio que siguió a la confesión de Mina era ensordecedor. Nadie parecía capaz de moverse ni de pronunciar una sola palabra. Los ojos de Sana estaban clavados en la mordida, como si mirar fijamente pudiera hacerla desaparecer.
—No... no puede ser. No puede ser cierto... —susurró, con su voz temblando mientras daba un paso hacia Mina.
Mina bajó la mirada, incapaz de sostener el peso de las lágrimas que brotaban de los ojos de Sana.
—Lo siento —murmuró Mina, con la voz rota—. No quise detenerlos. Sabía que no había tiempo.
—¡Debiste habérnoslo dicho! —gritó Sana de repente con desesperación, llenando cada palabra—. ¡Podríamos haberte ayudado!
—¿Ayudarme? —respondió Mina con una sonrisa amarga, señalando la mordida—. Sabes que no hay nada que hacer.
Sana comenzó a llorar a cántaros.
—No puedes dejarme... No puedes —balbuceó.
El aire de la noche era frío, pero no tanto como la tensión que se sentía entre nosotros mientras nos mirábamos en silencio, nuestras sombras proyectándose sobre el asfalto agrietado. Decidimos ingresar a la casa que estaba frente a nosotros. Parecía haber resistido el paso del tiempo mejor que la mayoría. Era de dos pisos, con ventanas cubiertas por cortinas polvorientas y una puerta de madera apenas colgando de sus bisagras.
Eunji se adelantó, empujando la puerta con cuidado. El crujido resonó como un disparo en la quietud. Entramos uno a uno, revisando cada rincón con nuestras armas listas, asegurándonos de que el lugar estuviera vacío.
—Está limpio —dijo finalmente Taeyong, dejando escapar un suspiro aliviado.
Nos reunimos en la sala principal, donde los restos de muebles antiguos y una chimenea cubierta de hollín daban al espacio una atmósfera melancólica. Subimos las escaleras en busca de un lugar donde descansar, y fue en la planta superior donde lo encontramos.
En un rincón de un cuarto amplio, con una luz tenue emanada por la luna que entraba por una ventana rota, había un piano. Era un modelo antiguo, de madera oscura, y aunque el polvo lo cubría, aún conservaba cierta elegancia.
—¿Un piano? —murmuró Seungkwan, rompiendo el silencio.
Mina se acercó lentamente, como si el instrumento tuviera algún tipo de magnetismo. Pasó la mano por las teclas, dejando que el polvo se pegara a sus dedos.
—Solía tocar cuando era niña... —dijo, su voz apenas audible.
Todos nos quedamos en silencio, respetando el momento. Mina se sentó en el banco frente al piano y, tras un instante de duda, comenzó a tocar.
Las notas fluyeron, lentas y melancólicas, llenando el espacio con una música que parecía venir de otro tiempo, de un mundo antes del caos. Reconocí la melodía: una pieza clásica que había escuchado alguna vez, pero no podía recordar su nombre.
Sana se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas, con los ojos llenos de lágrimas. Jihyo y Nayeon se mantuvieron en pie, observando en silencio. Yo, sin embargo, no podía apartar la mirada de Mina. Había algo en su forma de tocar, en la manera en que cerraba los ojos y dejaba que sus manos bailaran sobre las teclas, que era tan hermoso como desgarrador.
Cuando terminó la primera canción, Mina permaneció quieta, con las manos aún sobre las teclas.
—Toca otra, por favor —susurró Sana, su voz temblando.
Mina asintió y comenzó otra pieza, esta vez una melodía más alegre, aunque la tristeza en su rostro era inconfundible. Quizás, esa era su manera de decir adiós, de su forma de aferrarse a los últimos momentos de normalidad antes de enfrentar lo inevitable.
ESTÁS LEYENDO
I Will Never Leave You Alone
FanfictionEstaba a punto de graduarme de la universidad junto con mis amigos, éramos inseparables. Todo estaba bien, hasta que aquellos monstruos aparecieron. No sabía que hacer, estaba realmente asustado, la ansiedad invadía mi mente. Pero... Todo va a estar...
