Capítulo 34: Es tú culpa.

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El silencio en la casa era insoportable...

Habían pasado horas desde que Taeyong y Seungkwan enterraron a Mina en el jardín. Había silencio. Nadie hablaba. Nadie tenía fuerzas para hacerlo.

Sana no se había movido del sofá donde se había desplomado tras el entierro. Estaba envuelta en una manta, con la mirada fija en el suelo, con sus ojos enrojecidos y perdidos en un punto inexistente. Nayeon estaba a su lado, abrazándola, pero Sana no reaccionaba, como si su cuerpo estuviera ahí, pero su mente estuviera atrapada en otro lugar, en otro tiempo; quizás, en uno donde Mina aún estaba con nosotros.

El resto del grupo estaba disperso por la casa. Taeyong y Seungkwan permanecían junto a las ventanas, vigilando el exterior, aunque sus miradas apenas se movían. Eunji y Jihyo estaban sentadas en la mesa del comedor, sin decir una palabra, simplemente compartiendo el silencio.

Y yo... yo me sentía vacío.

Estaba en la escalera, con la espalda apoyada contra la baranda. Sostenía el arma con mis manos temblorosas, sin propósito alguno, solo para mantenerlas ocupadas. Pero, aun así, las sentía pesadas. Como si el peso del disparo que le di a Mina siguiera ahí, incrustado en mis huesos.

Cerré los ojos y la vi de nuevo.

Su sonrisa débil. Su voz serena, incluso en su último aliento. La forma en que me entregó aquel tulipán morado, como si de alguna manera eso pudiera suavizar lo inevitable.

"No quiero convertirme en una de esas cosas".

Sus palabras resonaban en mi cabeza como un eco interminable.

Había hecho lo que ella pidió. La libré de un destino peor que la muerte. Entonces, ¿Por qué me dolía tanto?

Sentía el pecho oprimido, como si me faltara el aire. Un vacío profundo, como un abismo abierto dentro de mí. No era la primera vez que perdía a alguien. No era la primera vez que tomaba una vida. Y, aun así, esto... esto era diferente.

Respiré hondo y abrí los ojos.

El mundo seguía ahí, indiferente a nuestra pérdida. El viento agitaba las cortinas, la madera crujía bajo el peso del silencio, y afuera, la amenaza de los infectados aún acechaba.

—No podemos quedarnos aquí —dije. Mi voz sonó más firme de lo que esperaba.

Algunas miradas se alzaron hacia mí, pero nadie respondió.

—Lo sé —susurró Jihyo, después de un largo silencio—. Pero... ¿Y luego qué? ¿A dónde vamos?

No tenía una respuesta para eso. Pero sabía que debíamos hacer algo antes de que la desesperación nos dejara sin opciones.

El silencio volvió a apoderarse de la sala tras la pregunta de mí mejor amiga. Nadie tenía una respuesta clara, pero quedarnos allí sin hacer nada no era una opción.

Taeyong se apartó de la ventana y se acercó con los brazos cruzados. Sus ojos reflejaban agotamiento, pero también determinación.

—Jae tiene razón —dijo, rompiendo la tensión—. No podemos quedarnos aquí para siempre. Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero debemos movernos antes de que sea demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde? —repitió Seungkwan con un susurro amargo—. ¿Para qué? ¿Para morir en otro sitio en lugar de aquí?

Taeyong lo miró con seriedad.

—Para evitar que esa horda nos alcance —exclamó.

El peso de sus palabras cayó sobre todos.

Sabíamos lo que venía. Lo habíamos visto con nuestros propios ojos antes de que todo se desmoronara en la base. Miles de infectados avanzando como una ola imparable, destruyendo todo a su paso. Podían tardar días o semanas en llegar, pero si permanecíamos en esa casa demasiado tiempo, no habría salida.

I Will Never Leave You AloneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora