Capítulo 51: Lleva tus armas.

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El aire de la mañana era más frío en el tejado.

El metal del rifle de francotirador me enfriaba las manos, a pesar de los guantes, y una pequeña brisa hacía que la bufanda en mi cuello se moviera con suavidad. Me gustaba ese silencio: no el de la muerte, como en las ciudades, sino el silencio del campo abierto, de la montaña en reposo.

Me había ofrecido a tomar el primer turno de vigilancia. Sana normalmente usaba este rifle, pero me lo dejó a mí ese día. Dijo que era bueno que practicara. Que tarde o temprano, todos deberían saber cómo usarlo bien.

Desde donde estaba, podía ver el camino de tierra serpenteando hacia el oeste, los restos de una cerca oxidada, y más allá, el bosque, denso y sombrío. No se veía nada. Ni movimiento. Ni peligro.

Respiré profundo y ajusté la mira. Revisé cada rincón del paisaje. Nada. Solo viento.

La radio descansaba a mi lado. Cada tanto le lanzaba una mirada. Ni una sola señal. Solo estática intermitente.

Y entonces, escuché pasos detrás de mí.

—¿No te congelas aquí arriba?

La voz me tomó por sorpresa. Bajé lentamente el rifle y me giré. Eunji estaba subiendo por la escotilla, con un termo metálico en una mano y su chaqueta táctica mal abrochada.

—No si te concentras —respondí, arrastrándome hacia atrás para hacerle espacio—. ¿Tú no deberías estar descansando?

—Taeyong me dijo que tomara la mañana libre —dijo mientras se acomodaba a mi lado, dándome el termo—. Pero no pude dormir.

Le di un sorbo. Té. Caliente. Amargo. Pero reconfortante.

—¿Algo te preocupa? —pregunté.

Eunji soltó una risa corta, sin humor.

—¿Y cuándo no? —resopló.

Nos quedamos unos segundos mirando hacia el horizonte. Desde allí, se podía ver todo. Un viejo granero a medio colapsar, una antena oxidada al fondo, y los árboles que se mecían como si nada estuviera mal en el mundo.

—Estaba pensando... —dijo ella al fin—. Cuando llegamos a esta mansión, pensé que era temporal. Que no duraríamos más de una semana. Que moriríamos.

No dije nada, solo seguí escuchando.

—Pero aquí estamos —continuó—. Y ahora... vamos a dejarlo todo para buscar una isla en la que no tenemos garantía de nada.

—Sí —murmuré—. Pero... ¿Qué otra opción tenemos?

Eunji se quedó en silencio. Luego tomó el rifle y lo observó sin apuntar.

—Sana te lo prestó, ¿Eh? —preguntó.

Asentí.

—Buena señal. Si Sana confía en ti con esto, es porque ya no te ve como un niño —exclamó.

La miré, frunciendo el ceño.

—¿Antes me veía así? —inquirí.

Volvió a tenderme el rifle y se recostó a mi lado, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, mirando al cielo grisáceo.

Y entonces, por un instante, Eunji me miró de lado y dijo:

—¿Crees que encontraremos algo allá? ¿De verdad?

Pensé en Nayeon. En su fe. En su sonrisa en mitad del infierno.

—Quiero creer que sí —respondí—. Aunque sea una razón para seguir caminando.

I Will Never Leave You AloneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora