Capítulo 54: No me den las gracias aún.

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El mapa estaba arrugado por el sudor de nuestras manos. Taeyong lo sostenía con firmeza mientras guiaba al grupo por calles semienterradas bajo los restos del colapso. Íbamos en silencio. La ciudad ya no era una ciudad. Era una tumba abierta, un laberinto de concreto roto, de estructuras que parecían al borde de la caída, y un aire espeso, cargado de ceniza y descomposición.

Caminábamos entre edificios tambaleantes y automóviles. A mi lado, Jihyo sostenía su pistola con ambas manos. Eunji iba al frente, con su escopeta preparada, escaneando cada sombra. Yo iba detrás, con el rifle de francotirador de Sana colgado a la espalda y una pistola en mano. Sana, quien tenía mí escopeta, estaba detrás de nosotros, al igual que Taeyong, Seungkwan y Nayeon.

—¿Cuánto falta? —preguntó Nayeon, con su voz apenas por encima de un susurro.

Taeyong no respondió al instante. Observó el mapa otra vez, luego alzó la vista.

—Diez cuadras... más o menos. Si no hay desviaciones.

Giramos en una esquina, y el olor nos golpeó primero. Carne podrida. Sangre vieja. Miré al frente y contuve el aliento. Lo que quedaba de un mercado callejero estaba lleno de infectados. Caminaban sin rumbo entre puestos caídos, con los ojos vacíos y las bocas abiertas, como si masticaran el aire. No nos habían visto aún.

—Puta madre... —susurró Seungkwan.

Taeyong levantó la mano y todos nos agachamos detrás de una fila de autos. Desde ahí observamos. Eran al menos treinta. Lentos, torpes, pero demasiados.

—¿Los rodeamos? —dijo Eunji en voz baja, sin apartar la vista del mercado.

—Podría ser... —Taeyong negó con la cabeza—. Si avanzamos sin hacer ruido puede que lo logremos.

—Vale, vamos —dije, sintiendo el sudor resbalarme por la espalda.

Avanzamos como sombras. Uno tras otro. Silenciosos. Sana puso una mano sobre la boca de Seungkwan cuando este casi tropieza con una lata oxidada. Al final, lo logramos. Cruzamos entre los puestos sin que nadie nos notara. Los infectados seguían caminando, arrastrando los pies, como si existieran en otro plano.

Una cuadra más y el cielo pareció volverse más gris. Lo olí antes de verlo. Combustible quemado. Metal fundido.

Habíamos encontrado un avión.

O, bueno, lo que quedaba de él.

Se había estrellado entre varios edificios. Sus alas estaban destrozadas, una incrustada en un supermercado, la otra colgando desde un segundo piso. El fuselaje abierto era una herida en la calle. No había llamas, pero sí humo negro y denso que se elevaba como un presagio.

—Santo Dios... —murmuró Jihyo.

Nos acercamos. Las ruedas del tren de aterrizaje estaban incrustadas en el concreto, y partes del ala sobresalían como cuchillas. Por dentro se veían los restos de los asientos, de las maletas... y de los pasajeros. Cuerpos. Muchos. Algunos aún con cinturones puestos. Otros... arrastrándose.

—¡Infectados! —gritó Eunji.

De los restos comenzaron a salir aquellas bestias. Algunos con los trajes de los auxiliares. Otros con ropas civiles.

—¡Al suelo! —grité, y disparé.

Uno cayó. El disparo resonó como un trueno y el eco rebotó por toda la calle. Taeyong maldijo.

—¡Nos van a oír todas las criaturas de la ciudad! —expresó nuestro líder, molesto.

Pero no había vuelta atrás.

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