Capítulo 37: Llegando a Chuncheon.

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Dejamos atrás Incheon sin mirar atrás. No había nada más para nosotros en esa ciudad. Solo muerte, cenizas y recuerdos que preferíamos enterrar. El viento soplaba con fuerza, arrastrando el olor putrefacto de los cadáveres que la ciudad aún guardaba entre sus ruinas.

El puente que conectaba Incheon con Seúl se alzaba frente a nosotros como un enorme esqueleto de concreto y acero. No era el mismo por el que habíamos ingresado antes a Incheon, era otro, no recuerdo su nombre. Los autos abandonados se apilaban sobre el asfalto, formando una especie de cementerio mecánico. Algunos seguían con las puertas abiertas, con los cuerpos de sus dueños aún dentro, esqueléticos y cubiertos de polvo. Había maletas regadas por todas partes, sus contenidos desparramados por el suelo como si en el último instante, alguien hubiera intentado aferrarse a lo poco que le quedaba.

—No me gusta esto —murmuró Nayeon, con la mirada clavada en el camino.

—A nadie le gusta —respondió Taeyong, sin desconcentrarse en su labor actual.

El sonido del motor retumbaba en el puente, y por un instante pensé que ese eco era lo único que quedaba del mundo que conocíamos. No había autos avanzando, ni bocinas impacientes, ni el murmullo constante de la ciudad. Solo nosotros. Solo el vacío.

Cuando finalmente cruzamos el puente y entramos a Seúl, el panorama fue aún peor de lo que recordábamos. Edificios ennegrecidos por el fuego, calles bloqueadas por escombros y barricadas abandonadas. Un tanque calcinado yacía en medio de una avenida, con su torreta apuntando al cielo como un último grito de desesperación. Tuve un breve sentimiento de melancolía. Había pasado casi un mes desde que decidimos salir de esta ciudad. Y ahora, estábamos de vuelta.

—El ejército peleó aquí... —murmuró Jihyo cuando pasamos frente al chamuscado vehículo militar.

—Y perdió —agregó Sana—. ¿No habíamos pasado por aquí antes? —nos preguntó, a lo cual le dijimos que no. Estábamos muy lejos de la casa de Taeyong y del departamento en donde Jihyo y yo le decíamos: Hogar.

Sana, de un momento a otro, bajó su mirada. Desde lo de Mina, apenas hablaba. Su rostro estaba demacrado, como si la tristeza la estuviera consumiendo desde dentro. Nadie decía nada al respecto. No sabíamos qué más decirle.

Seúl había caído hacía tiempo, nosotros la vimos caer desde la ventana de mí departamento. Pero verla así, destruida y vacía, me generaba cierto remordimiento. La ciudad no solo estaba muerta. Había sido masacrada, condenada a ser un recordatorio de lo que alguna vez fue.

—Seguiremos adelante —dijo Taeyong, con la vista fija en la calle que se extendía frente a nosotros—. No quiero quedarme aquí cuando anochezca.

Nadie discutió. Nadie quería pasar más tiempo en ese lugar. Chuncheon, una ciudad que para llegar a Gangneung debíamos transitar, era nuestro siguiente objetivo. Solo quedaba llegar hasta allí.

El auto avanzaba por la carretera vacía, dejando atrás los restos de Seúl. Nadie hablaba. Solo el sonido del motor y el golpeteo del viento contra las ventanas llenaban el silencio.

Tras salir de Seúl, me cambié al asiento del copiloto, teniendo mí mirada fija en la carretera. Eunji conducía con ambas manos en el volante. Su expresión era tensa pero concentrada. En el asiento trasero, Taeyong, Sana, Jihyo, Seungkwan y Nayeon estaban apiñados entre mochilas y provisiones. Ninguno de nosotros había dormido bien en días, y eso se notaba en nuestros ojos cansados y rostros pálidos.

—¿Cuánto falta para llegar a Chuncheon? —preguntó Jihyo, rompiendo el silencio.

—No mucho —respondió Eunji sin apartar la vista del camino—. Si no encontramos obstáculos, en menos de lo que piensas.

I Will Never Leave You AloneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora