Capítulo 42: La extraño. Todos los días.

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El amanecer llegó lento y frío. Un viento suave se colaba entre los cristales rotos del edificio donde habíamos pasado la noche. Me incorporé sobre el viejo saco de dormir que habíamos encontrado entre los escombros, estirando mis músculos entumecidos. La luz grisácea de la mañana apenas iluminaba el interior polvoriento del lugar.

Los hombres habíamos dormido en el piso de abajo, usando lo que podíamos para aislarnos del suelo helado. Arriba, las chicas habían hecho lo mismo. Era una medida sencilla, pero efectiva. No había razones para correr riesgos innecesarios.

Poco a poco, uno a uno, comenzamos a alistarnos. Me puse el abrigo que había encontrado el día anterior, agradeciendo su calor, aunque era delgado. Revisé mi mochila: agua, algo de comida seca, mi cuchillo, la pistola, unas pocas balas... y la cámara que habíamos encontrado. La acaricié un momento con los dedos antes de guardarla bien.

Los demás ya estaban terminando de empacar sus cosas. Taeyong daba instrucciones breves pero claras, asegurándose de que no dejáramos nada que pudiera delatarnos ante otros grupos. Sana y Seungkwan bajaron de las escaleras con sus mochilas al hombro, bostezando entre risas. Jihyo venía detrás de ellos, peinándose con los dedos, mientras Eunji revisaba su cuchillo cuidadosamente. Nayeon fue la última en bajar, lanzándome una pequeña sonrisa cuando nuestras miradas se cruzaron.

Cuando todo estuvo listo, salimos del edificio en silencio. El aire afuera era aún más frío que adentro, y mis pulmones se tensaron por la súbita bofetada de invierno. Cruzamos las calles desiertas hacia el límite del campamento abandonado, donde los muros improvisados seguían en pie, torcidos y raídos por el clima y el tiempo.

Fue entonces que me detuve unos pasos atrás del grupo, sacando la cámara con cuidado. Apunté hacia aquel campamento muerto, en donde yacían los restos de una esperanza, ahora condenada al olvido. Apreté el botón y el obturador soltó un leve clic, capturando la imagen de aquellas carpas vacías, tiendas saqueadas y muros hechos con cualquier cosa disponible.

—¿Te vas a quedar ahí? —escuché la voz suave de Nayeon detrás de mí.

Me giré y vi que ella me miraba con una expresión tranquila, entendiendo sin necesidad de preguntar demasiado.

—Quería recordar esto —dije, casi en un susurro.

Ella asintió. Sin decir nada más, me tomó de la mano por un segundo, breve pero reconfortante, antes de caminar de nuevo hacia el grupo, que ya nos esperaba unos metros más adelante.

Guardé la cámara de nuevo en mi mochila y eché un último vistazo al campamento. Aunque ahora estaba vacío, aquel lugar había sido un refugio para muchos... y quizás, en un tiempo, para nosotros también habría un sitio que pudiéramos llamar hogar.

Con ese pensamiento, seguí a Nayeon y a los demás, dejando atrás la ciudad olvidada para continuar nuestro camino hacia la siguiente etapa de este viaje sin fin.

Apenas dejamos atrás el campamento y comenzamos a cruzar las calles desiertas, el sonido de motores retumbando en el cielo nos obligó a detenernos. Todos levantamos la mirada al mismo tiempo.

Allá arriba, cruzando el firmamento grisáceo de la mañana, una formación de aviones militares rasgaba las nubes. No era solo uno o dos. Eran decenas.

El rugido de sus motores llenaba el aire con un eco grave y distante, como si el cielo mismo temblara bajo su paso.

—¿Qué diablos...? —murmuró Seungkwan, ladeando la cabeza para ver mejor.

Me cubrí los ojos con la mano para protegerme de la luz. Los aviones volaban en dirección norte.

Eunji fue la primera en hablar con certeza:

I Will Never Leave You AloneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora