Capítulo 49: La División K11.

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El sonido de las hélices golpeando el aire era ensordecedor. Las aspas giraban a toda velocidad mientras Nayeon y yo subíamos a trompicones al helicóptero, sintiendo el viento cortarnos la piel y los ojos. El metal del interior estaba helado, vibraba bajo nuestros pies como si el monstruo mecánico estuviera impaciente por despegar. Apenas crucé la puerta, me lancé hacia un lado, ayudando a Nayeon a subir con rapidez. Sentí el vértigo de estar colgando sobre la ciudad en ruinas, y entonces lo escuché.

Gritos.

Al principio eran tenues, casi ahogados por el rugido del helicóptero. Pero luego se hicieron más claros, más feroces. Me asomé, y por la puerta abierta de la azotea salieron como un enjambre alborotado. Infectados. Una docena, tal vez más, corriendo hacia nosotros con un frenesí que helaba la sangre. Sus rostros eran deformes, el moho se había pegado a sus mejillas, sus ojos completamente desorbitados. Era como si hubiesen estado esperando todo este tiempo, agazapados bajo los escombros o tras puertas cerradas, y el ruido del helicóptero los hubiera llamado.

—¡¿De dónde carajo salieron?! —grité por encima del ruido, mirando a Nayeon.

Ella no respondió. No hacía falta. Su expresión decía lo mismo que yo pensaba: Eso no tenía sentido. Recorrimos casi todo el hospital como para no percatarnos de su presencia, aunque evitamos a muchos durante nuestra estadía en aquel lugar.

Dos de ellos, con un impulso sobrehumano, saltaron desde la azotea hasta el helicóptero. No sé cómo lo lograron. Era al menos un metro y medio de distancia. Los demás no corrieron con la misma suerte: sus cuerpos volaron por el aire, cayeron al vacío como piedras, estrellándose en la calle varios pisos más abajo con un ruido seco y visceral que, incluso con todo el estruendo alrededor, se logró escuchar.

Uno de los infectados se me lanzó encima.

No pensé. No había tiempo. Caímos ambos contra el suelo metálico. El tipo (si es que aún podía llamarse así) forcejeaba conmigo, gruñía. Su aliento era una mezcla de podredumbre y sangre seca. Intentaba morderme la cara. Forcejeé con todas mis fuerzas, tratando de mantenerlo a raya, pero era como pelear contra una bestia ciega y rabiosa.

Entonces, un chasquido. El cráneo del infectado se sacudió de golpe. Vi la hoja del cuchillo hundirse justo arriba de su oreja, entrando como mantequilla. La sangre y un líquido negruzco brotaron en mi dirección.

—¡Muérete, hijo de puta! —gritó Nayeon, empujándolo con una patada antes de que el cadáver inerte cayera al vacío, arrastrado por el viento.

No me dio tiempo de agradecerle. Otro grito. Esta vez, era aquel soldado. El que nos había dado las instrucciones de la misión. El que nos puso esas malditas cosas metálicas en las piernas. Forcejeaba con el otro infectado, que se le había echado encima como una garrapata sedienta, buscando morderle el cuello.

Sin pensarlo, me lancé junto con Nayeon. Ella golpeó con el mango del cuchillo la nuca del infectado. Forcejeamos entre los tres. El helicóptero se tambaleaba ligeramente con cada movimiento. Al final, logré sujetarlo y lo arrastramos hasta la puerta y lo tiramos.

Silencio. O al menos, tan silencioso como podía ser entre hélices, jadeos y corazones acelerados.

El soldado, todavía en el suelo, se incorporó con dificultad. No dijo nada, pero nos miró, primero a mí, luego a Nayeon, y asintió.

Entonces, se quitó el casco con manos temblorosas, apartando con torpeza su visor oscuro y el respirador. Quedó al descubierto el rostro de una mujer. Estaba sudando, pálida, y respiraba entrecortadamente.

—¿Estás bien? —le preguntó Nayeon, con voz suave.

—Sí... sí. Gracias a ustedes —dijo ella, inclinando un poco la cabeza, como si nos costara admitirlo—. Si no hubieran estado aquí... esa cosa me habría matado. Y el helicóptero se habría ido al demonio.

I Will Never Leave You AloneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora