Capítulo 29: Capturados.

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Un golpe seco contra mí cabeza me dejó viendo negro. Todo se volvió confuso: pasos apresurados, manos que me arrastraban, y luego... nada. Cuando abrí los ojos, el frío del suelo y el olor a humedad me golpearon como una bofetada.

—Jae... ¿Estás ahí?

Reconocí la voz de Nayeon al instante. Su tono era débil, como si intentara mantenerse tranquila, pero sabía que estaba asustada.

—Sí, aquí estoy —respondí, mirando a mí alrededor. Me encontraba en una celda pequeña, las paredes estaban llenas de moho y una luz parpadeaba sobre mí, iluminando tenuemente la habitación—. ¿Estás bien?

—Creo que sí... —su voz se quebró—. ¿Dónde estamos?

—Nos capturaron —dije, con la mandíbula apretada.

—¡Mierda! —gruñó Seungkwan desde su celda, la cual se ubicaba al lado de la mía, forcejeando con las cuerdas que lo sujetaban—. ¡No puede ser! ¿Qué vamos a hacer? ¡Nos van a matar, Jae, nos van a matar!

—¡Cálmate, Seungkwan! —le dije, tratando de sonar seguro de lo que sentía—. No van a matarnos...

—¿Y cómo lo sabes? —me preguntó Nayeon.

—Porque si quisieran, ya lo habrían hecho —contesté, aunque el peso de esa verdad no me tranquilizaba en lo absoluto.

—¡Esto no puede estar pasando! —gritó Sana, golpeando con furia los barrotes de su celda—. ¡Mina! ¡Mina!

—Aquí estoy, Sana. Cálmate —exclamó la susodicha, quien se encontraba al otro lado de la habitación.

El eco de sus chillidos rebotó por el lugar, pero en respuesta solo hubo silencio... hasta que escuchamos pasos. Pesados, lentos, como si quien fuera disfrutara con cada sonido.

La puerta de la habitación se abrió con un chirrido, y apareció un hombre alto y corpulento, con una chaqueta raída y una barba descuidada. Llevaba una pistola en la cintura y una sonrisa que daba escalofríos.

—Bueno, bueno, bueno... —habló el hombre, arrastrando las palabras mientras nos miraba—. Miren lo que atrapamos. Un lindo grupo de turistas perdidos.

—¿Qué quieren de nosotros? —pregunté, obligándome a mantener la calma.

El hombre se acercó lentamente a mí celda y me miró fijamente, como si estuviera evaluándome.

—Eso depende de ustedes —comentó, encogiéndose de hombros—. Pero, por ahora, quiero que se queden tranquilos. No hagan nada estúpido, y tal vez vivan lo suficiente para ver otro día.

—¿Quiénes son ustedes? —exigió Mina, con la voz temblorosa.

—¿Nosotros? —el hombre se carcajeó entre dientes—. Somos los olvidados, cariño. Los que los soldados dejaron atrás cuando decidieron que ya no éramos útiles.

—¿Soldados? —repetí, intentando procesar lo que decía.

—Sí, esos malditos —escupió el hombre con desprecio—. Este lugar era suyo. Nos dijeron que nos protegerían, que nos llevarían a un lugar seguro. Pero cuando las cosas se pusieron feas, se largaron. Dejaron todo lo que no podían cargar, incluyéndonos.

—Entonces, ¿Por qué nos atacaron? —gruñó Jackson, forcejeando contra las cuerdas que lo ataban.

—Porque no confiamos en nadie —dijo el hombre, inclinándose hacia él—. Porque ustedes llegaron aquí como si el país no estuviera hecho pedazos. Y porque todo lo que llega aquí nos pertenece ahora.

—¡No tenemos nada para ustedes! —gritó Sana, furiosa.

—Eso ya lo veremos —dijo él, con una sonrisa burlona—. Pero quien sabe... puede que sean útiles para algo más.

I Will Never Leave You AloneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora