Capítulo 55: Sobrevivir, avanzar, seguir.

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El eco de pasos y voces resonaba en el interior de la estación subterránea. Soldados iban y venían, ajustando correas, revisando cargadores y distribuyendo provisiones. El olor a metal, aceite y sudor impregnaba el aire.

Nuestro grupo estaba reunido en una esquina del área de preparación. Sobre una mesa, varias mochilas negras esperaban abiertas, cada una con el equipo que Chaeyoung había dispuesto para nosotros: cantimploras llenas, barras energéticas, vendas, linternas de mano, un mapa plastificado y cartuchos adicionales, al igual que armas, que solamente eran pistolas.

—Yo llevo la radio —dijo Eunji, revisando el pequeño transmisor—. Si pasa algo, contacto de inmediato.

—¿Y yo? —preguntó Seungkwan, mirando su mochila con evidente incomodidad.

—Tú lleva las bengalas —respondió Sana, pasándole dos tubos rojos—. Y trata de no prenderlas por accidente.

Seungkwan abrió la boca para responder, pero la cerró de golpe.

Mientras ajustaba las correas de mi mochila, vi a Taeyong guardando cuidadosamente una pequeña foto doblada dentro de su chaqueta. No dijo nada, pero no hacía falta. Yo sabía exactamente quién estaba en esa foto.

Chaeyoung se acercó con paso firme. Después, nos dijo:

—Parten en cinco minutos. Les daré dos rifles adicionales y un botiquín grande. Eviten cualquier enfrentamiento innecesario. No quiero héroes, quiero resultados.

Nadie discutió. Sus palabras tenían razón.

El ascenso por las escaleras de servicio fue rápido. Al abrirse la compuerta metálica que daba a la superficie, una ráfaga de aire frío y cargado de polvo nos golpeó en la cara. La luz del mediodía bañaba las calles desiertas de la ciudad.

La salida estaba camuflada bajo los restos de una tienda derrumbada. Un par de soldados cubrían el perímetro, mientras otros vigilaban desde posiciones elevadas. Uno de ellos nos dio la señal para movernos.

—Tienen vía libre. Buena suerte —murmuró uno de los soldados.

Salimos en formación, con Eunji al frente y Taeyong cerrando la retaguardia. El silencio de la ciudad era abrumador. Entre los edificios derruidos, el viento arrastraba papeles y polvo.

Caminábamos pegados a las fachadas, usando las sombras para evitar llamar la atención. El aire estaba cargado de polvo fino.

Pasamos frente a un restaurante con las ventanas rotas y mesas volcadas en la acera. El olor era nauseabundo, una mezcla de humedad y carne en descomposición. Vi una silla infantil tirada junto a la puerta, y me obligué a apartar la vista.

—Esperen —susurró Eunji desde el frente, levantando una mano para detenernos.

Me agaché junto a ella y miré hacia la siguiente intersección. Allí, a unos veinte metros, tres infectados de movimiento lento vagaban sin rumbo.

—Podemos rodearlos —dijo Taeyong en voz baja.

Eunji negó con la cabeza.

—Si los dejamos atrás, podrían seguirnos. Mejor acabar con ellos rápido y en silencio.

Yo asentí. Saqué mi cuchillo de combate y comprobé el agarre. Sana y Nayeon hicieron lo mismo. Nos movimos en silencio, bajando por el costado de un edificio.

El primero ni siquiera me vio venir. Lo sujeté por la nuca y hundí el cuchillo en la base de su cráneo. Cayó sin un sonido.

Eunji se encargó del segundo con un movimiento limpio, cortándole la garganta antes de atravesarle la cabeza con precisión. Sana, en cambio, fue menos sutil: empujó al tercero contra una pared y le aplastó el cráneo con una piedra. El golpe resonó en toda la calle.

I Will Never Leave You AloneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora