Capítulo 38: Seguimos avanzando.

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Las calles que ayer se mostraban desgastadas y grises ahora estaban invadidas por vegetación. Enredaderas gruesas y raíces afiladas se extendían por los muros, y en algunas esquinas, brotes de flores vibrantes surgían en medio de las ruinas. Una sensación de asombro y alarma se mezclaba en mi interior.

—¿Siempre estuvo así? —preguntó Sana, deteniéndose abruptamente y aferrando su cuchillo, sus ojos recorriendo la escena.

Negué lentamente.

—No. Esto no estaba ayer.

Algunas de las enredaderas tenían un brillo sutil, y en ocasiones, parecía que se movían al compás del viento, como si respiraran.

Con cada paso, la ciudad se transformaba ante nuestros ojos. Los muros, las fachadas de los edificios, incluso el asfalto, estaban siendo reclamados por una naturaleza que parecía decidida a borrar las cicatrices del pasado.

El viento se colaba por cada rendija, trayendo consigo susurros que apenas lograba distinguir. ¿Eran solo los sonidos de la ciudad en descomposición o algo más? Sentía que la ciudad, y la vegetación en particular, nos observaban.

Yo no podía evitar sentir un escalofrío recorrer mi espalda. La transformación era tan rápida, tan inexplicable, que parecía obra de una fuerza mayor. ¿Qué fuerza había impulsado este cambio repentino?

—Debemos salir de aquí —dijo Jihyo, rompiendo el silencio con un tono decidido.

Pasamos junto a autos oxidados, ventanas rotas y señales de tráfico cubiertas por moho. Todo tenía ese aspecto de haber sido tragado por la naturaleza.

—Esto ya no parece una ciudad... —murmuró Sana, mirando hacia un poste donde una planta carnívora reposaba, cerrada pero expectante.

Giramos la esquina. Iba al frente junto a Jihyo y Taeyong, atentos a cada sonido. Y entonces, nos detuvimos en seco.

La calle estaba completamente bloqueada. No por autos, ni por escombros, sino por plantas.

Un muro de raíces, enredaderas y ramas se extendía de lado a lado, como si alguien lo hubiera tejido a propósito. Altas, gruesas, vibrantes. Algunas flores colgaban abiertas, con pétalos húmedos y lenguas internas que se movían levemente al compás del viento. Las enredaderas parecían tensas, como si esperaran un estímulo para moverse.

—¿Esto estaba aquí ayer? —preguntó Nayeon en voz baja, como si temiera despertar algo.

—No. Ayer pasamos por esta calle, y estaba limpia... —respondió Jihyo, retrocediendo un paso.

—Entonces esto creció... en una noche —añadió Seungkwan, su tono cargado de inquietud.

Me acerqué unos pasos, sin tocar nada, solo observando. La vegetación bloqueaba por completo el paso. Era como una pared viva. Me fijé en los bordes, donde algunas raíces se deslizaban por el suelo lentamente. Respiraban. Lo juro por lo que más quieran, lo hacían.

—Esto no es natural —susurré.

—Tenemos que buscar otra ruta —dijo Jihyo con firmeza.

Asentimos en silencio y comenzamos a retroceder con nuestras armas listas. El aire, ahora más húmedo y denso, nos apretaba el pecho.

Doblé hacia otra calle junto a los demás, esperando encontrar una vía libre. Tenía una tenue esperanza de que, por algún milagro, aún hubiera alguna salida que no estuviera bloqueada por raíces o escombros. Pero lo que vimos al girar la esquina nos robó el aliento.

Más plantas.

Más flores.

Un nuevo muro verde, tan vivo como el anterior.

I Will Never Leave You AloneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora