Desperté antes del amanecer.
Aún era oscuro afuera. Sentí a Nayeon a mi lado, dormida, con su respiración cálida sobre mi brazo. No quise moverme al principio. Era uno de esos momentos raros de paz, tan frágiles, que parecía que incluso pensarlo demasiado los rompería.
Pero la radio, esa maldita radio, todavía descansaba sobre la pequeña mesa a un costado de nuestra cama.
Suspiré y, con todo el cuidado del mundo, me incorporé sin despertar a Nayeon. Caminé hasta la ventana. Desde ahí, pude ver el jardín trasero, las sombras de las hortalizas y las plantas que Taeyong y Sana cultivaron con tanto esfuerzo. Todo estaba tan tranquilo... que dolía.
Me vestí en silencio. No hubo necesidad de decir nada. Cuando volví a la cama para tocar suavemente el hombro de Nayeon, ella ya estaba despierta, mirándome con ojos todavía entrecerrados, pero alerta.
—¿Ya es el momento? —preguntó, sin quejarse, sin miedo. Solo una certeza muda.
Asentí.
Se levantó con rapidez, y entre nosotros no hubo palabras. Solo gestos.
Salimos al pasillo, donde todo estaba en penumbra. Los tablones de madera crujían bajo nuestros pasos. Despertar a los demás fue más difícil de lo que creí. No por resistencia, sino por lo que implicaba: quebrar ese sueño protector, arrancarlos de ese último momento de calma.
Taeyong fue el primero en reaccionar. Se levantó al instante, se frotó los ojos y preguntó con voz ronca:
—¿Ya te hablaron? —me preguntó.
—Sí —le respondí—. En un par de horas pasarán por nosotros.
Sana, Eunji, Seungkwan y Jihyo llegaron después, desaliñados, confundidos, pero nadie protestó. El mensaje estaba claro.
La mansión se llenó de movimiento. Las mochilas se revisaron por última vez. Las armas, la comida, el agua. La radio se colocó al centro de la mesa como si fuera una reliquia sagrada.
Sana se acercó a mí mientras ajustaba su mochila.
—¿Crees que valga la pena? —me preguntó en voz baja.
—No lo sé —le respondí con sinceridad—. Pero si hay una mínima posibilidad... quiero tomarla.
Ella asintió y no dijo nada más. Eso era lo que más dolía: que todos entendían, pero nadie podía prometer que estaría bien.
—¿Y si el helicóptero no viene? —preguntó Seungkwan mientras guardaba los cargadores—. ¿Y si fue una trampa para seguirnos? ¿O para saber dónde vivimos?
—Ya discutimos eso —le recordó Eunji, cruzando los brazos—. Nadie los obligará a ir. Pero yo prefiero arriesgarme por un futuro que quedarme esperando a morir aquí.
Jihyo estaba sentada en el sofá, abrazando sus rodillas. Sus ojos estaban puestos en mí.
Taeyong se aproximó al centro de la sala. Su rostro era sereno, pero se notaba que por dentro cargaba una tormenta.
—Si esto es lo que vamos a hacer... entonces hagámoslo bien —dijo—. Dentro de una hora, saldremos al campo despejado del sur, donde hay espacio para que aterricen. Debemos estar listos.
—¿Y si no llegan? —insistió Seungkwan.
—Entonces iremos caminando a Busán —dijo Taeyong—. Como lo habíamos planeado.
Nadie respondió. No hacía falta. La decisión ya estaba tomada.
Justo antes de salir de la sala, Jihyo me abrazó por detrás. Su rostro se hundió en mi espalda.
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I Will Never Leave You Alone
FanfictionEstaba a punto de graduarme de la universidad junto con mis amigos, éramos inseparables. Todo estaba bien, hasta que aquellos monstruos aparecieron. No sabía que hacer, estaba realmente asustado, la ansiedad invadía mi mente. Pero... Todo va a estar...
