Capítulo 45: Cultivando zanahorias.

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Habían transcurrido ya dos meses desde aquella noche en la que Nayeon y yo compartimos más que palabras. Dos meses en los que el caos pareció ceder, al menos en parte, a una rutina que habíamos logrado construir en medio del derrumbe. La mansión de los padres de Nayeon se erigía aún majestuosa, firme y serena, como un vestigio de un tiempo más amable.

Ese día Sana, Seungkwan y yo nos encontrábamos entre los árboles, alejados de la seguridad de las rejas y los muros de la casa. El sol, aunque pálido por las nubes grises que velaban el cielo, se filtraba entre las ramas del bosque, tiñendo la tierra de sombras temblorosas. Sana caminaba unos pasos delante de mí, sosteniendo su arco con una ligereza que no quitaba mérito a su precisión. A su lado, Seungkwan arrastraba los pies con sigilo forzado, intentando no quebrar demasiadas hojas secas.

—Ciervo. Quizá jabalí, si tenemos suerte —murmuré, observando las huellas dispersas en la tierra húmeda—. Por esta zona, con el clima templado y la vegetación espesa, no sería raro hallar alguno.

El terreno era irregular, tapizado por helechos, zarzas y raíces nudosas que emergían del suelo como venas antiguas. El aire olía a madera mojada, a tierra viva, a ecos de lluvia reciente. A veces, el silencio se rompía por el canto lejano de un ave o el crujido de alguna rama bajo nuestros pasos.

Me detuve un instante, agachándome para examinar unas marcas en el barro. Sana se aproximó y me observó en silencio, mientras Seungkwan nos cubría con su subfusil que cargaba con torpeza, pero con creciente responsabilidad.

—Estas son frescas —dije finalmente—. Pasaron por aquí hace poco. Deben estar cerca.

Sana asintió. Su expresión tenía esa mezcla de concentración y emoción que le brotaba cada vez que algo rompía la monotonía. Era la misma mirada que había visto en ella cuando, con las manos llenas de tierra, ayudaba a Taeyong en el huerto del jardín trasero. Ahí donde antes solo había césped alto y árboles descuidados, ahora brotaban hileras de cultivos jóvenes: lechugas, cebollines, rábanos y otras verduras que crecerían con el tiempo, si el clima nos favorecía.

El murmullo de las hojas se desvaneció de pronto, como si el bosque mismo contuviese el aliento.

Los vi primero. A través de una cortina de arbustos bajos, a una distancia prudente, cinco ciervos pastaban con inocencia primitiva. Sus cuerpos esbeltos se fundían con la paleta de verdes, marrones y dorados del entorno, pero sus movimientos, serenos y delicados, delataban su presencia. Seungkwan los divisó casi al mismo tiempo, y Sana, como si compartiera nuestros pensamientos, se agachó con una agilidad silenciosa que solo ella podía lograr.

Levanté la mano en señal de alto y luego indiqué con dos dedos la dirección del tiro. Mi escopeta, fría entre mis manos, estaba ya preparada. Sana, por su parte, extrajo una flecha de su aljaba improvisada (hecha de una funda de almohada desgarrada y reforzada con cuero), y la encajó con habilidad en su arco. Aquel arco era un artilugio sencillo, tallado a mano a partir de una rama de fresno y reforzado con cuerdas trenzadas de los cordones de zapatos. Pese a su rusticidad, en manos de Sana se transformaba en un instrumento letal.

—Tres disparos —susurré—. Apunten con precisión. No desperdicien munición.

El viento sopló, suave. Disparé primero. Mi escopeta rugió, rompiendo el aire con su eco crudo. El ciervo más cercano cayó al instante, desplomándose como un saco sin alma.

A la par, Sana disparó su flecha, y vi con admiración cómo se hundía limpia en el cuello de otro animal, que apenas tuvo tiempo de soltar un gemido breve antes de tambalearse. Seungkwan, algo más tembloroso, apuntó y apretó el gatillo: su disparo fue menos certero, pero suficiente para herir gravemente al tercero, que cayó con un último intento de fuga.

I Will Never Leave You AloneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora