Las montañas que rodeaban Pyeongchang se alzaban imponentes a la distancia, marcando una silueta irregular contra el cielo grisáceo de la mañana. A diferencia de las ciudades que habíamos cruzado antes, no había un mar de vegetación trepando por las construcciones, ni raíces rompiendo el asfalto, ni flores venenosas brotando de cuerpos inertes. No esta vez.
Desde lo alto del camino, vimos la ciudad extenderse en una hondonada, como si el concreto se hubiese refugiado del mundo entre las montañas. Era una vista amplia y tranquila, pero no por eso menos tensa. Las calles se veían limpias, demasiado limpias. No había autos volcados, ni rastros evidentes de destrucción. Sólo algunas señales caídas y ventanas rotas aquí y allá.
El aire era frío. No helado como en pleno invierno, pero sí lo suficiente como para que nuestro aliento se notara en el ambiente. El cielo estaba cubierto por nubes bajas y pesadas, del color del acero oxidado. El viento soplaba con fuerza entre los árboles secos del camino, arrastrando hojas muertas que crujían bajo nuestras botas.
No había rastro de esa extraña vegetación que había invadido Chuncheon y Hongcheon. Nada de enredaderas carnívoras, ni ramas que parecían tener vida propia. Todo parecía... normal. Un silencio abrumador lo cubría todo, tan denso que incluso Seungkwan no se atrevía a hacer un chiste.
Taeyong levantó una mano, deteniéndonos. Desde la ladera, observó con atención cada zona visible de la ciudad: los techos de las casas, las calles principales, los puntos altos.
—Hay que entrar. Pyeongchang es el paso obligado si queremos llegar a Gangneung.
Asentimos en silencio. Nadie tenía ganas de discutir. Después de lo que habíamos vivido en Chuncheon, sabíamos que la calma aparente solía ocultar tormentas.
El frío nos golpeó más fuerte cuando comenzamos a bajar por la pendiente que conducía a las calles exteriores de Pyeongchang. Era como si el viento hubiera esperado a que estuviéramos más cerca para colarse por cada rendija de nuestra ropa, helando la piel debajo de las capas sucias que llevábamos encima.
—Joder... —murmuró Seungkwan, frotándose los brazos.
—Es la altitud. Estamos más arriba de lo que parece. Aquí el clima es distinto —respondió Taeyong sin detenerse.
Mis dedos estaban entumecidos. Nayeon tiritaba a mi lado, abrazándose el torso con ambos brazos. Jihyo caminaba con el rostro tenso, intentando disimular el temblor que le sacudía los hombros. Incluso Eunji, que siempre parecía inmune a todo, había bajado el ritmo.
—Tenemos que encontrar algo de ropa —dije—. Un abrigo, lo que sea.
—Sí —asintió Taeyong—. Busquemos en una tienda. Pero sin separarnos.
Avanzamos por la avenida principal, entre edificios bajos de ladrillo gris y escaparates rotos. Era una ciudad de concreto desnudo, desgastado por el tiempo y el abandono.
A unas cuadras, localizamos una tienda de ropa. Las vitrinas estaban hechas pedazos, pero los maniquíes seguían en su lugar, con abrigos de invierno cubiertos de polvo. Algunos se habían volcado, dejando prendas sobre el suelo.
—Aquí —señaló Eunji, entrando primero.
El lugar estaba oscuro y olía a humedad. Saqué mi linterna y empecé a revisar los estantes. Había más ropa útil de la que esperábamos: chaquetas gruesas, suéteres, bufandas, guantes. Elegimos rápido, sin lujo ni tiempo para probarnos nada. Solo importaba que abrigara.
Me puse una chaqueta de plumas que me apretaba un poco en los hombros, pero que me dio un calor inmediato. Vi a Nayeon envolverse en un abrigo blanco con capucha forrada de peluche, mientras Jihyo optaba por algo más práctico: una parka azul oscuro con varios bolsillos.
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I Will Never Leave You Alone
FanfictionEstaba a punto de graduarme de la universidad junto con mis amigos, éramos inseparables. Todo estaba bien, hasta que aquellos monstruos aparecieron. No sabía que hacer, estaba realmente asustado, la ansiedad invadía mi mente. Pero... Todo va a estar...
