Capítulo 46: Un helicóptero.

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El sol se hallaba en lo más alto del firmamento, derramando su luz impasible sobre las ruinas desmembradas del centro de la ciudad. Los edificios, antaño orgullosos guardianes de una ciudad costera vibrante, se alzaban ahora como esqueletos de hormigón y acero corroído, cubiertos por enredaderas salvajes y el polvo del tiempo detenido. El silencio habitual de las calles muertas fue súbitamente desgarrado por los alaridos guturales de aquellos seres desprovistos de alma.

Estábamos rodeados.

Con mis dedos firmemente aferrados al mango de mí machete, y mí escopeta a la espalda, me lancé contra el primero de ellos. Un tajo limpio a la garganta, seguido de un segundo en el costado, bastó para derribarlo en el acto. La sangre negra salpicó mi abrigo, pero ya no me inmutaba.

Sana, a mi izquierda, se movía con precisión feroz, empuñando su arco improvisado como si se tratara de una extensión de su cuerpo. El arco de madera, hecho por sus propias manos, no tenía nada de rudimentario en combate. Cada flecha que disparaba perforaba cráneos con elegancia letal. Al quedarse sin proyectiles, lo utilizó como garrote, rompiendo huesos entre crujidos húmedos y gritos deformes.

A su vez, Seungkwan, con un cuchillo de carnicero que habíamos encontrado semanas atrás, desmembraba a dos infectados con movimientos viscerales, su rostro marcado por una mezcla de miedo y furia contenida. Gritaba, maldecía, pero no retrocedía.

Taeyong, siempre metódico, blandía un bate de acero con púas. No era un instrumento elegante, pero sí eficaz. Su precisión era quirúrgica: cada golpe iba directo al cráneo. Cada paso suyo parecía calculado en función del terreno y la posición de los enemigos. Nadie mandaba órdenes, pero nos movíamos como si compartiéramos una sola conciencia.

Cuando el último de los cadáveres se desplomó con un gemido apagado, nuestros pechos subían y bajaban al ritmo de la adrenalina.

Pisé el cuerpo decapitado de uno de ellos, hundiéndolo más en el asfalto agrietado, mientras observaba a nuestro alrededor. Tiendas quemadas, faroles caídos, automóviles cubiertos de moho y óxido. El silencio regresó, denso y opresivo.

—Nada —murmuré, limpiando la hoja de mí machete en la ropa de uno de los cuerpos. Mi voz sonaba más áspera de lo habitual—. Llevamos más de tres horas saqueando casas y negocios, y apenas hemos encontrado un par de latas abolladas y una botella de agua con hongos flotando.

Taeyong alzó la vista hacia el edificio que teníamos enfrente, un supermercado de fachada parcialmente colapsada. El cartel temblaba con el viento.

—Aún quedan más cuadras por explorar —dijo él con tono seco—. Hay que seguir.

Y así, entre ruinas y sombras, proseguimos nuestra marcha, sabiendo que cada esquina podía esconder la muerte... o la esperanza.

Mi espalda dolía por el peso del equipo, y cada paso sobre el pavimento rajado sonaba hueco. De pronto, entre los edificios, se alzó una silueta que no esperábamos: una escuela secundaria.

El letrero oxidado sobre la reja principal mostraba caracteres casi ilegibles por el tiempo y el clima. El nombre apenas se distinguía, pero alcanzábamos a leer algo como "Instituto Haneul... algo". El resto de las letras colgaban o estaban tapadas por enredaderas secas. Era una estructura grande, de tres pisos, con ventanas rectangulares alineadas como ojos apagados que daban al patio central, donde la maleza había sustituido el césped. Un par de banderas rotas colgaban flácidas de los mástiles.

—¿Entramos? —preguntó Sana con un tono que mezclaba melancolía y curiosidad.

—Podría haber algo útil —respondí, aunque no estaba seguro de que eso fuera lo que buscábamos en realidad. Quizá... un poco de lo que fuimos.

I Will Never Leave You AloneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora