Capítulo 35: No quiero estar sin ti.

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El sol apenas se asomaba entre las nubes cuando Taeyong y yo decidimos salir de la casa. El aire era frío, cargado con esa quietud pesada que se sentía después de la muerte.

Antes de salir de la casa, mis pasos se detuvieron frente a la tumba de Mina. La tierra aún estaba fresca, y los tulipanes morados que había dejado en su tumba parecían más marchitos que la noche anterior.

No dije nada. No había palabras que pudieran cambiar lo que pasó.

Taeyong, de pie a mi lado, tampoco habló. Solo dejó escapar un suspiro, lo suficientemente bajo como para que pareciera que no quería romper el silencio.

Después de un momento, seguimos caminando.

Nuestro objetivo eran las casas cercanas. No teníamos muchas opciones: la comida escaseaba, y si queríamos seguir con fuerzas para movernos, necesitábamos abastecernos lo mejor posible.

Pero no podía sacudirme la sensación de que con cada paso que daba, dejaba atrás algo más que una tumba.

Tal vez dejaba una parte de mí.

El vecindario estaba en ruinas. Algunas casas aún se mantenían en pie, pero otras eran poco más que escombros y cenizas. Había autos abandonados en medio de la calle, sus puertas abiertas de par en par, algunos con manchas de sangre seca en los asientos.

Taeyong y yo avanzamos con cautela, manteniendo las armas listas. Él llevaba un machete, y yo un tubo de metal y mí pistola. Cada sombra podía esconder un peligro, cada puerta entreabierta podía ser una trampa.

—Deberíamos revisar esa primero —dijo Taeyong, señalando una casa de dos pisos con las ventanas tapiadas y la puerta principal aún cerrada.

Asentí y nos acercamos con sigilo. Giré el picaporte, pero estaba asegurado.

—Podría estar vacía o alguien la cerró para evitar que entraran infectados —murmuré.

—O alguien sigue dentro —respondió Taeyong.

Golpeé la puerta suavemente, esperando una respuesta. Silencio.

—Vamos por la parte trasera.

Rodeamos la casa y encontramos una puerta secundaria en el patio. Esta vez, con algo de fuerza, logramos abrirla.

El interior estaba oscuro, el aire denso y con un ligero olor a humedad. Avanzamos con cuidado, revisando cada rincón. La sala estaba revuelta, como si alguien hubiera huido en un apuro. Había platos sucios en la mesa, ropa tirada en el suelo... y rastros de sangre en la pared.

—No me gusta esto —susurró Taeyong.

Tampoco a mí. Pero seguimos adelante.

Revisamos la cocina primero. Encontramos algunas latas de comida, botellas de agua y un cuchillo de cocina en buen estado. Cualquier cosa servía.

—Mejor apresurémonos —dije, guardando lo que podía en la mochila.

Pero antes de que pudiéramos salir, un sonido nos congeló.

Un gemido bajo, rasposo, proveniente del pasillo.

Taeyong y yo intercambiamos miradas. Nos movimos en silencio, acercándonos con cautela.

Cuando doblamos la esquina, lo vimos.

Un infectado. O lo que quedaba de uno.

Era un hombre mayor, o al menos lo había sido. Su cuerpo estaba delgado, casi en los huesos, y su piel tenía ese tono gris enfermizo. Estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, con la cabeza abajo. No se movía.

I Will Never Leave You AloneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora