Capítulo 43: Como una sobreviviente más.

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A la mañana siguiente, la tormenta finalmente había cedido.

Salimos de la tienda en silencio, abrigados con lo poco que teníamos, mientras la nieve seguía cayendo suavemente sobre el mundo blanco y silencioso que nos rodeaba. El cielo era de tonalidad gris claro, sin rastros del caos de la noche anterior.

—¿La zona está libre? —preguntó Eunji mientras escaneaba el lugar con su mirada alerta.

—No veo señales de infectados —respondió Taeyong—. Podemos relajarnos un poco.

Y justo cuando di un paso más al frente, algo frío me golpeó el cuello.

—¡Ey! —grité, girándome de inmediato.

Sana estaba sonriendo como una niña, con sus guantes cubiertos de nieve y una segunda bola ya formándose entre sus manos.

—¡Te ves muy serio, Jae! ¡Relájate un poco! —me dijo ella.

Antes de poder decir algo más, otra bola de nieve me golpeó en el pecho. Esta vez fue Nayeon, riendo con esa risa suya contagiosa que hacía olvidar cualquier cosa.

—¡Oh, ya verán! —gruñí, agachándome para formar mi propia munición.

En segundos, una pequeña guerra de nieve estalló en medio de la blancura. Seungkwan chillaba cada vez que lo alcanzaban y usaba a Jihyo como escudo, ganándose un golpe directo de Eunji en la espalda. Taeyong, como buen estratega, se escondía detrás de un árbol, esperando el momento perfecto para atacar.

Nayeon se resbaló, riendo, y yo aproveché para lanzarle una bola de nieve. Ella me miró como si hubiera declarado la guerra.

Fue uno de esos raros momentos en los que la muerte y el frío no importaban. Solo éramos nosotros.

Horas después, tras dejar Pyeongchang, nos encontrábamos por el paso montañoso de Daegwallyeong. El paisaje blanco se extendía a nuestro alrededor, cubriendo árboles, piedras y los restos de lo que alguna vez fueron cercas o señales de tránsito.

De pronto, Seungkwan se detuvo y señaló una suave pendiente hacia el este.

—Esperen, esperen —dijo Seungkwan, frunciendo el ceño—. Este lugar... creo que aquí había una granja de ovejas muy famosa. La Daegwallyeong Sheep Farm. Mi papá siempre me decía que íbamos a venir algún día.

—¿Granja de ovejas? —preguntó Sana, curiosa.

—Sí. No solo por las ovejas... dicen que era hermoso en invierno. Todo blanco, montes suaves, y podías caminar entre las colinas con los animales. No sé... creo que aún quiero verla.

Nos miramos entre todos. El trayecto que nos faltaba para llegar a Gangneung no era largo y, después de todo, cualquier lugar que no estuviera lleno de infectados sonaba como un buen descanso.

—Vamos —dije—. Si es seguro, podríamos tomarnos un respiro.

La granja no estaba muy lejos. Caminamos colina arriba, entre vallas de madera rotas y árboles doblados por la nieve. Al llegar, notamos un campo blanco, el cual se extendía frente a nosotros, con estructuras bajas cubiertas de escarcha, cercas que delimitaban caminos fantasmas, y una pequeña casa de madera, con la puerta entreabierta.

—Está desierto... —murmuró Nayeon.

—Pero tranquilo —agregó Eunji—. No hay huellas recientes. Ni humanas ni de infectados.

Nos repartimos para revisar la zona con precaución. Algunas estructuras estaban dañadas, otras congeladas por dentro. No quedaba señal alguna de vida, ni siquiera restos. Como si todos se hubieran ido mucho antes de que el mundo cayera. Aun así, había una calma inusual. Un raro silencio que no pesaba, sino que reconfortaba.

I Will Never Leave You AloneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora