36 Un libro para Rui

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KEILAM

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KEILAM

El viento helado me corta la piel, pero no me molesta. Me gusta el frío seco: cuando la nieve cubre las aceras y la gente camina encogida, buscando refugio en cualquier rincón con calefacción. Hoy no tengo tanta prisa. La bufanda me cubre la nariz y la boca, amortiguando el aire gélido con mi propia respiración mientras la música inunda mis oídos. Escucho el álbum más reciente de Saya Grey.

Pienso en el dinero. Sí, ese jodido dinero.

Lo cierto es que no fue algo que noté de inmediato. Fui al banco por un trámite trivial, no recuerdo cuál —porque era algo sin importancia—, y entonces vi los números en mi cuenta. Mi pulso se detuvo por un instante: era una suma considerable, más de lo que jamás había tenido. La enorme cifra me devolvió la mirada desde la pantalla, por lo que no pregunté y tampoco llamé a nadie. Solo me alejé del cajero automático y seguí con mi día como si no acabara de descubrir que ahora, oficialmente, podía hacer lo que quisiera.

¿Preocuparme? Por favor.

Doy por hecho que la transacción vino de Modric o de alguno de sus asistentes.

Ahora camino con la confianza de que tengo los recursos suficientes para buscar respuestas por mi cuenta. Y sé exactamente en qué gastarlo: libros.

Internet tiene demasiada basura, demasiados PDFs con nombres rimbombantes y contenido mediocre. Quiero algo más concreto, así que la biblioteca es mi mejor opción.

Exhalo, viendo cómo mi aliento se disuelve en el aire frío. Algo late dentro de mi cabeza de forma errática. Últimamente me resulta difícil fijar la atención en una sola cosa por mucho tiempo. Mis pastillas siguen guardadas en el frasco porque no las necesito, incluso cuando la realidad se tuerce más de lo debido.

Estoy a mitad de un pensamiento cuando alguien choca levemente contra mi hombro.

—Wow. Cuidado, Kei.

Levanto la vista y ahí está Ruiven.

Es imposible que pase desapercibido y eso le encanta. Su abrigo de piel beige es inmenso y la camiseta que lleva debajo tiene el estampado de algún diseño abstracto que probablemente costó más que mi alquiler. Pero lo que realmente llama la atención es el maquillaje de sus ojos: tonos tierra y dorado, perfectamente difuminados.

Sonríe, pero hay algo en su expresión que delata cierto descontento.

—¿Desde cuándo te volviste tan difícil de encontrar? —pregunta.

Me saco un auricular y lo miro con una ceja levantada.

—¿Por qué tan necesitado? —respondo, divertida.

Rui suspira con dramatismo, sacudiendo la cabeza.

—Eso es cruel. Literalmente me abandonaron. Me exiliaron.

Las manos de ModricDonde viven las historias. Descúbrelo ahora