Nadie sabía lo roto que estaba por dentro.
Ni siquiera las personas más cercanas a él sabían lo destrozado que estaba.
Ni las personas que decían amarlo lograron notar el dolor que llenaba su corazón.
Un dolor que debería ser amor.
Un dolor que siem...
Se llevó las manos a la garganta y comenzó a toser como reflejo, las lágrimas se filtraron ante la sensación del recuerdo asfixiante.
Le costó unos minutos tranquilizarse y enfocar su entorno y un par más para poder levantarse.
La oscuridad lo rodeaba, pero eso no le impidió caminar por el lugar hasta su cuarto. Conocía toda la casa de memoria y no le hacía falta tener iluminación para moverse, había pasado por muchas situaciones parecidas en las que se veía recobrando el sentido a altas horas de la noche en el suelo de alguna habitación o sala de la casa tras una paliza por parte de su padre y no le quedaba de otra que llegar a su habitación sin prender luz alguna para evitar alterar a su padre de nueva cuenta o que su madre y su hermano se dieran cuenta.
Abrió la puerta de su cuarto e ingresó a pasos lentos y cuidadosos.
Su mano no se separó de su cuello y las lágrimas no dejaron de salir de sus ojos durante todo el camino. Se dirigió a su cama y se recostó en cuanto estuvo cerca de ella, pasaron unos cuantos minutos antes de que el zumbido en el bolsillo de su pantalón captar su atención.
Dirigió su mano a el y lo sacó, recordando que lo tenía consigo todo ese tiempo; la pantalla se iluminó, vió la hora y frunció el ceño al ver una notificación de mensaje.
Era de Kiba, decidió ver que es lo que decía el mensaje.
* Hola, sé que es algo tarde, pero quería ver si nos podemos reunir el lunes en mi casa para las tutorías.
11:41 p.m.
La mano que no sostenía el celular se posó nuevamente en su cuello y tras pensarlo unos minutos más le respondió.
* Está bien.
11:45 p.m.
* ¿A las 4 está bien?
11:45 p.m.
* Sí.
11:46 p.m.
No le respondió nada más y apagó el celular, pudo sentir que bribaba una vez más antes de dejarlo en el mueble junto a su cama.
Se movió para poder cobijarse en sus cálidas mantas, se acurrucó de lado y cerró los ojos, tratando de no pensar en nada más y esperando que el sueño lo invada.
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Apenas ayer se había ido Mikoto, y Fugaku no perdió tiempo en lastimar a su hijo.
El enojo aún estaba presente en él a pesar de haber descargado un poco de el ayer. No estaba seguro de que Sasuke siga cumpliendo con lo que le había ordenado y no quería que sus esfuerzos por mantenerlo alejado de todos se arruinaran justo antes de su cumpleaños; no podía arriesgar todo el esfuerzo que había echo.