Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
KEILAM
El cuarto de Vesna siempre huele a perfume costoso, cuero y cigarrillos apagados. No es desordenada, pero tampoco meticulosa, y me desespera su forma de organizar, caótica en un modo que solo ella y Dios entienden. Entre los cajones semiabiertos hay cajas de zapatos apiladas sin mucho criterio, la mayoría con etiquetas de marcas que muy poca gente puede permitirse. Un par de abrigos de piel descansan sobre la silla del escritorio, junto a una bufanda de seda que se ha deslizado hasta quedar a medio camino entre el respaldo y el suelo. Y frascos de perfume alineados en la cómoda, algunos casi vacíos y otros sin abrir.
No estoy paranoica.
He notado un patrón en las ausencias de Vesna, y no importa cuánto pregunte, nunca me responde con claridad. Aunque ha intentado darme un par de explicaciones, sé que miente. Estoy acostumbrada a saberlo todo de ella. Y ahora, cada vez que sale, se asegura de que yo no pueda seguirla, y eso... eso no es algo que solía hacer.
Martin me observa desde la cama con la cola enroscada, inmóvil.
Me arrodillo frente a la cómoda y reviso los cajones, encontrándome con documentos, recibos, bolígrafos de tinta dorada y un par de llaves que no parecen corresponder a este apartamento. Nada. Paso la vista rápidamente sobre lo que hay dentro, sin revolver demasiado. Cuando abro el tercer cajón, veo un cuaderno de tapa dura, rosado y sin ninguna etiqueta. Así que por mera curiosidad, lo tomo sin pensarlo demasiado y lo abro. Al principio, parece un simple registro de clases; con fechas, recordatorios y anotaciones al margen sobre teoría del color y composición. Pero unas páginas más adelante, la caligrafía cambia. El trazo se vuelve más rápido y apurado.
Leo en voz baja algunas frases inconexas:
Pendiente. (Una fecha ilegible). Confirmar ubicación. Reunión en la galería a las 23:00. Enviar mensaje a— (La tinta se corta abruptamente).
Varias páginas están arrancadas después de esa última línea.
Me quedo quieta, intrigada por las hojas faltantes. No tengo claro cuánta importancia pueden tener, pero su ausencia despierta una desconfianza más difícil de ignorar.
Cierro el cuaderno con cuidado y lo devuelvo a su lugar, sin alterar el orden.
El golpe de unos nudillos contra la puerta del departamento me arranca un jadeo nervioso. Mierda. ¿Tan temprano? Reviso la pantalla de mi teléfono y aún quedan diez minutos. Esa obsesión de Modric por llegar antes me pone de mal humor.
Cierro el cajón sin hacer ruido, doy una última mirada rápida al cuarto y salgo, asegurándome de que todo quede exactamente como estaba. El gato me sigue y me enredo con su cuerpo mientras cierro la puerta detrás de él.
Respiro hondo y camino hacia la entrada.
Cuando abro la puerta, Modric está ahí, sosteniendo un par de bolsas en una mano y con la otra hundida en el bolsillo de su chaqueta. Me observa con el ceño apenas fruncido, ladeando la cabeza. De seguro mi cara de desquiciada le da curiosidad.