Capítulo 13

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El viento comenzó a rugir con fuerza. Verónica se quedó en el balcón unos segundos más. Aquella situación había sido demasiado...irreal. Tembló levemente al llevarse la mano a los labios al tiempo que una suave y fría brisa la recorría. Su cabello se agitó tras de ella unos segundos. Suspiró obligándose a reaccionar. Pensó en llamar a sus amigas, probablemente ellas la harían poner los pies en la tierra, pero ya era muy tarde para que estuviesen despiertas. Era demasiado tarde para parar a su asombrada mente, para pedirle a su imaginación que parase de pensar cómo sería que la besase, cómo sería que las cosas esa noche hubiesen pasado de otra forma. Era demasiado tarde, para no caer en las redes letales que ese joven tejía como un profesional a su alrededor. Unas redes que deseaba poder recorrer hasta llegar a su corazón, aunque tal vez allí, estuviese la trampa.


"Voy a hacer que te mueras por un beso". Aquella jovial voz sonó en su cabeza durante unos instantes, con tanta intensidad que logró marearla. ¿Cómo podía alguien tener tanta atracción en ella? ¿Cómo podía desear tanto correr tras el chico en ese preciso momento? Se tumbó bocarriba en la cama, tras correr las cortinas y cerrar el balcón. Aquella extraña sensación seguía en su pecho. Había algo que no iba bien, algo que la hacía sentir sumamente mal cuando ese chico estaba con ella, pero al mismo tiempo, sentía una inexplicable necesidad de estar con él. No entendía que le pasaba. Ni tan siquiera era algo racional, tan sólo tenía claro algo, y pasase lo que pasase, seguiría teniéndolo claro el resto de su vida. Quería volver a verlo. Quería volver a estar con él, aunque tan sólo fuese un segundo, un segundo que se extendiera en la infinidad y plenitud del universo para siempre. Quería que dejase de ser un desconocido para ella.

No te conviene, no te aferres dijo una voz en su cabeza. Lo necesito, dijo otra. Cogió aire mientras se giraba en la cama. Él había estado allí, en su habitación. Había estado viéndola, contemplándola, podía haber registrado cada recoveco de su habitación. Se incorporó levemente, pensando que esa idea la horrorizaba. Aquellas cuatro paredes eran su refugio, y no estaba segura de querer que nadie las traspasara sin su permiso.

¿Y si había robado algo? Esa idea hizo que se levantase y mirase a todas partes. Falsa alarma. Todo estaba igual que siempre. Las paredes seguían perfectamente pintadas de celeste, los blanquecinos muebles estaban perfectos, el espejo y el tocador en blanco tampoco mostraban muestra alguna de robo. Todo seguía como siempre, totalmente ajeno a cuanto pasase en aquella habitación.

Suspiró aliviada antes de darse cuenta de pronto de que no todo estaba como antes. Había una especie de foto en la esquina inferior derecha del tocador. Se acercó lentamente, y estiró unas manos con unas uñas muy cuidadas. Cogió la foto tras percatarse de que había una rosa justo a su lado. Sonrió sin poder evitarlo y pegó un leve gemido al poder apreciar lo que tenía entre sus manos. Su rostro se iluminó al tiempo que se tumbada en la cama y observaba la foto. En ella se veía a dos jóvenes, tumbados en una cama y abrazados. Ambos se miraban con ternura y cariño. La chica abrazaba al joven mientras él le acariciaba el cabello, feliz. Ambos estaban semidesnudos bajo unos matices sepia. Pero lo que más le llamó la atención, lo que realmente la hizo arder en frenesí y agitó su corazón como si fuese a salírsele del pecho, fueron las palabras que había escritas justo en el borde de la foto.

"Algún día estaremos así".

Aquella ilusión la recorrió de una forma tan natural como la caída de las hojas en invierno, como el agua al caer por la cascada, como el hielo al derretirse, algo natural y mágico al mismo tiempo. Acarició con delicadeza la caligrafía, algo alargada. Aquella era su letra. Era la letra de aquel misterioso chico que se había cruzado en su camino hacía menos de veinticuatro horas y la había marcado como nadie en tan poco tiempo. Quería saber más de él. Oscuros y hermosos deseos se estaban incrustando poco a poco dentro de su joven piel, pero, más que nada en aquel mundo, tal vez incluso más que respirar, necesitaba volver a verlo.

-Verónica...

La chica se volvió asustada, saliendo de su ensimismarían para encontrarse con unos enormes ojos negros, cubiertos por unas hermosas pestañas y con dos cachetes muy colorados.

-¡Víctor! ¿Cuantas veces tengo que decirte que llames a la puerta? ¡Me has asustado! -se quejó la joven.

El niño pequeño le dedicó una sonrisa.

-Eres una cobardica.

Aquello provocó que la chica estallase en una carcajada, dejando ir todo su nerviosismo y agradeciendo que el pequeño no hubiese entrado unos minutos antes.

-¿Qué quieres?

Él le dedicó aquella mirada tan típica suya cada vez que quería conseguir algo.

-¿Puedo dormir contigo?

Ella sonrió al tiempo que arrugaba el ceño y apretaba los labios.

-Bueno...-dijo mientras destapaba la cama y se metía dentro.- Pero no te acostumbres enano...

El pequeño enseguida la imitó y se acurrucó a su lado. Ella le abrazó al tiempo que metía el peluche que él había traído consigo en la cama. Era un peluche de un oso, viejo, porque había sido de Verónica antes. Tal vez ese fuese el motivo por el que a su hermano le gustase tanto. Teddy, así lo había bautizado cuando Verónica se lo dio.

-Buenas noches, te quiero fea.

Ella volvió a sonreír, dejándose invadir por el sentimiento tan fuerte que aquella personita tan pequeña producía en ella. Él era capaz de calmarla en sus peores momentos, sin ni tan siquiera saberlo, sin ni tan siquiera poderse imaginar todo lo que significaba para su hermana.

-Buenas noches, precioso.-contestó apagando la luz.- Yo también te quiero.

Y así se durmieron los dos, hasta que al día siguiente los rayos del sol comenzaron a penetrar por los traslúcidos cristales. La imagen de David había estado dando vueltas toda la noche por el subconsciente de Verónica. Aquellos ojos grises la hicieron estremecerse más de una vez en sus sueños. A la mañana siguiente se levantó con la cabeza algo embotada, tal vez debido a lo nerviosa que la hacía sentir el joven.

Tal vez todo había sido un sueño. Puede ser que también hubiese soñado lo que ocurrió el día anterior, que se tratase de un largo y hermoso sueño. Quizás la vida no era más que soñar.

Metió la mano debajo de la almohada, tan sólo para asegurarse de que la foto seguía allí. La notó fina y fría al tacto, pero fue lo suficiente para reconfortarla mientras se incorporaba sin despertar a su hermano. Ella entraba en clases una hora antes que él. Lo observó dormir unos instantes más. Se arrodilló junto a él y le acarició la mejilla. Le había picado un mosquito, pero eso no impidió que Víctor sonriese entre sueños, alegrándole la mañana a la joven que salió de su habitación con la ropa para vestirse en el cuarto de baño y no despertarlo al encender la luz. Claro está, después de guardar la foto en el joyero, como su joya más preciada. Sonrió somnolienta unos instantes antes de mirarse en el espejo.

Muchas gracias por leer, ¿qué os ha parecido? Gracias a esa persona que le ha dado difusión, agradezco ese tipo de actos de corazón. Mil gracias y muchos besos.

Instagram: itssarahmey

Ciudad de niebla© |TERMINADA| (1)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora