Capítulo 7

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Cuando terminaron de cenar, Katsuki, después de haber compartido el conejo con King, se tumbó boca arriba e intentó mirar las estrellas que le ayudaban a conciliar el sueño, pero estaban tapadas por los árboles. Quiso correr hacia la arena y tumbarse en ella, pero era territorio de leones y él había quedado desterrado de aquel lugar.
Así que los recuerdos le estuvieron persiguiendo y no le dejaron descansar.
Las lágrimas de su madre, la mirada de su padre...
Toda su vida se le pasó volando por delante de sus ojos. Desde que por alguna extraña razón el dominante le había dejado vivir y que también cuando éste le había destrozado delante de toda la manada. Había algo que le hizo llorar con más fuerza aquella noche, la manada no había gritado que lo matase ni que lo desterrase, ni siquiera le habían insultado en el paso de la vergüenza. Eso fue un voto de confianza y amor hacia él que le enterneció tanto que sus lágrimas cayeron con más fuerza. Sin querer un sollozo sonó demasiado alto.
Midoriya que obviamente no estaba dormido, se levantó y se acercó al león. Le tocó el hombro y éste le miró asustado. Después se dio la vuelta para que no le viese llorar. Midoriya miró hacia otro lado y suspiró, conmovido por los sentimientos del león. Se sentó a su lado y se quedó allí. Encendió un poco el fuego, pero no le importó si duraba o no, ya que lo único que quería era un poco de calor en aquella noche tan fría.
Katsuki se sentó y se intentó deshacer de sus lágrimas.
—¿Qué haces despierto, idiota? —le gruñó molesto.
—Te he oído, y creo que necesitas hablar. —le dijo tranquilamente y con los ojos cansados. Estaba acostumbrado a dormir poco porque tenía que mantener la guardia alta en todo momento, lo que ocurría es que ese día había sido muy largo.
—¿¡Qué te hace pensar que quiero hablar contigo!? —le gritó. Pero el lobo ni te inmutó. El león se fijó en sus ojos, verdes y vivaces. Con el brillo del fuego le daban un aspecto aún más hermoso y aterrador. Esos ojos podrían devorarte en cualquier momento. Katsuki se tranquilizó y respiró hondo.
—Sé lo duro que es...irse de casa, o que te echen. —dijo con cuidado el lobo. Tanteando un poco al león. Éste se mantuvo en silencio. —La primera noche también la pasé como tú, recordé a mi familia, mis amigos, toda la gente que me quería y que probablemente no fuese a ver nunca más. —pronunció aquellas palabras con mucha nostalgia. Katsuki se sintió mejor ya que le comprendía. —Pero confía en mí, dentro de unos días estarás mejor, y más seguro en una aldea. —y le ofreció una sonrisa tranquilizadora que lo único que hizo fue enfadar a su compañero.
—No puedo confiar en alguien que me miente tan descaradamente. —le espetó. Esto hizo que Midoriya cambiase su expresión drásticamente e hizo que temblase un poco.
«¿Cómo?» fue lo primero que pensó cuando miró a Katsuki fijamente.
—Nadie habla de sus cicatrices con una sonrisa tranquila en la cara. —soltó con un tono de voz muy profundo y grave.
Midoriya tragó saliva. Le había pillado y tenía razón, no valía la pena negarlo. Se llevó una de sus manos a su guante y se lo quitó delicadamente. Al contrario que el león, él llevaba una camiseta y una chaqueta que tapaba su torso, con lo cuál podía todavía esconder parte de su piel.
Midoriya no podía creer que estuviese haciendo aquello para conseguir la confianza de un león. Pero debía hacerlo, sino, no llegarían a ningún lugar con mentiras.
Colocó una de sus manos en una de las rodillas de Katsuki para que la viese pero no la tocase. Él lo hizo, y cuando quiso tocarla, el lobo la apartó.
—Nadie se hace eso cazando, tendrías que cazar a un cocodrilo todos los días para hacerte eso. —y con eso Midoriya soltó una leve risa. Después se miró su mano, que estaba a la vez cubierta de tatuajes y de enormes cicatrices.
Cogió aire.
—Ser un Omega no es fácil. Te tratan como el más débil y último del grupo. —con eso se calló de golpe y cogió más aire. Katsuki notó que aquello le costaba mucho. Debía ser duro. —Independientemente de que lo seas o no, todo se refleja en tu actitud ante el grupo. Así que siempre comía el último, y, a veces alguna que otra pelea cuando era pequeño provocó estas heridas. Pero principalmente fueron por...—miró su mano y el león notó que estaba apretando fuerte su muñeca. Intentó detenerlo, pero nunca se le había dado bien tratar con los demás.
—...mi padrastro era de la pareja Beta, que significa que son los segundos al mando en el caso de que los Alfas no puedan emplear su cargo. Y como puedes pensar es un puesto muy alto, bueno, pues mi padrastro esperaba que me convirtiera en Alfa para sustituir al que, supongo, sigue siendo el Alfa. Pero claro, él esperaba que destrozase a mi padre biológico, cosa que yo no quería hacer. Entonces empezó a entrenarme a base de peleas diarias. —suspiró intentado soltar todo el dolor que le recordaban aquellas cicatrices. —Y así acabé con éstas cicatrices. Él atacaba siempre lo que es supuestamente mi punto más fuerte. Y al final me hizo débil. —soltó para acabar.
Katsuki respiró hondo y sin previo aviso cogió la mano de el lobo quién por la sorpresa no se pudo resistir.
La examinó rápidamente y después la cogió con fuerza para comprobar si todavía le dolía. Midoriya no hizo ningún gesto de dolor y esto le sacó una sonrisa brillante a el león.
—Puede que te hiciera daño, pero ahora eres más fuerte. Tus heridas te hacen más fuerte, no más débil. —le dijo con un tono entusiasta y feliz.
El lobo no podía salir de su asombro y sonrió ante sus manos unidas y la forma en que veía sus heridas. Sus ojos emitieron un brillo que hasta el león notó. Y ese brillo asustó al león e hizo que le soltase la mano.
—Bueno, yo estaba pensando en mi familia sí, en mi madre, mi padrastro...la manada. —suspiró mirando hacia el cielo. Midoriya seguía mirándolo alucinado.
—Cuando estaba en casa se podían ver las estrellas desde cualquier lugar. —Midoriya salió de su estupor y miró hacia el cielo, completamente tapado por los árboles. Se apoyó en el animal acompañante del león que en cuanto lo tocó con su pelo rizado soltó un gruñido.
—¡King! —le regañó al león.
Midoriya se levantó y sin quererlo Katsuki sintió como si calor se iba y volvía el frío de aquella interminable noche. —Lobo inútil, —le llamó, éste se giró y le miró con una sonrisa tranquila en su rostro. —soy Katsuki Bakugou. —y con eso se volvió a tumbar en King, cansado.
El león se giró y no pudo mirar la enorme sonrisa que le regalaba el lobo, pero sí escuchó:
—Buenas noches, Bakugou.
Y en un susurro casi inaudible le respondió:
—Buenas noches Midoriya.
Por suerte o por desgracia los lobos tenían un oído muy agudo, y Midoriya, aunque no tenía ni mucho menos el oído de un lobo, había aprendido a entender al propio silencio, y los secretos, como aquél, que guardaba.

El Cuento Del León Y El LoboHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora