Capítulo 41

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Cuando salió de la roca de su madre, lo primero que pensó fue en Izuku. No estaba seguro de qué le estarían haciendo, podrían estar torturándolo, o algo peor, pero él no podía hacer nada, al menos no de momento. Debía pensar acerca de sus siguientes movimientos, ahora que había impuesto nuevas reglas, debía ponerlas en práctica.
Respiró hondo el aire seco y agobiante de su hogar y empezó a caminar hacia donde antes se había ido encontrado el trono de hueso. Cuando llegó al lugar, todos los leones y leonas que estaban caminando por el lugar se amontonaron y prestaron atención a sus palabras.
—¡Estamos pasando por malos momentos! Me he dado cuenta de la falta de agua en éste lugar y la falta de alimento, con lo cuál he decidido que nos traslademos una temporada con unos amigos míos que nos ayudarán y nos apoyarán en la guerra. —hizo una pausa y los susurros vinieron sin previo aviso. Todos los comentario que llegaban a los oídos de Katsuki procedían que ancianos o de niños los cuáles todavía estaban creciendo y tenían miedo de salir de casa con tan temprana edad. En cambio, los más veteranos les pareció una auténtica estupidez y barbaridad dejar el lugar el cuál habían vivido. Katsuki asintió a todo lo que le gritaban, y cogió de nuevo aire para responder:
—¡Entiendo perfectamente vuestros miedos, preocupaciones y desesperanza! —hizo una pausa para que los susurros terminasen por completo. Cuando todo el mundo tenía sus ojos puestos en él, continuó. —Pero todas vuestras peores pesadillas se harán realidad si nos quedamos aquí más tiempo. Os estáis muriendo poco a poco. La tierra os tragará si no combatís contra ella.
—¡Éste es nuestro hogar, no podemos dejarlo atrás así como así! Debemos intentar buscar agua, seguro que la encontraremos.
—¿Y qué clase de amigos son los que nos vas a llevar? ¿Son una tribu? ¿Una secta?
Katsuki permaneció parado y sereno ante todas las protestas, después cerró los ojos levantó una mano para apaciguar a la gente y empezó a responder las preguntas con un tono tan sumamente neutral, que su madre quedó asombrada.
—Es cierto que éste es nuestro hogar, que aquí nacimos y aquí nos criamos, pero también es cierto que ahora nuestras tierras pretenden matarnos. He estado viajando todos éstos años, conozco lugares en los que establecernos, empezar de nuevo. —hizo una pausa para mirar el rostro del anciano el cuál había cuestionado su autoridad y le había hecho tal pregunta, éste se cruzó de brazos, mostrándole su desacuerdo. Sintió empatía por él, en verdad no era la culpa de nadie que estuviesen en aquellas condiciones, ni siquiera del anterior dominante, y aquél hombre tenía todas las razones del mundo para no querer abandonar su hogar.
—Entenderé si miembros de la tribu prefieren quedarse aquí. No pienso obligar a nadie, aunque sea por su bien, a abandonar una tierra que es de todos. —los leones empezaron a susurrar de nuevo y gritarle cosas. Al menos, entre esas cosas, había comentarios positivos.
Después saltaron las demás preguntas.
—¡Y esos amigos que tienes, ¿Qué son?!
—¡Eso! No pienso juntarme con desconocidos.
—¿Y si nos roban a los niños?
Katsuki levantó de nuevo su mano y la aldea se sumió de nuevo en un profundo silencio. En éste caso, se habían quejado las parejas que el anterior dominante había designado para que tuviesen hijos. En el tiempo que él había estado fuera, habían nacido varios niños y era normal que sus padres (los cuáles podían decir libremente que eran padres) estuviesen preocupados por su seguridad.
—La aldea a la que os llevaré se trata de la aldea de las tortugas, una pacífica aldea que no se encuentra muy lejos de aquí. Eso nos ayudará en el caso de que haya heridos o enfermos, o incluso los que digáis que estáis sanos, supongo que estaréis algo cansados por la falta de alimento. —muchos de los presentes asintieron ante la respuesta de su nuevo dominante, otros dudaron.
—¡La tribu de las tortugas fue invadido por los lobos! ¡Es peligroso acercarse a ese territorio considerando que nos han declarado la guerra! —Katsuki miró al que había dicho tales palabras y le fulminó con la mirada. No debían de saber aquello, el dominante era el único que debía de encargarse de esos problemas, de crear una solución, una estrategia. De todas formas Katsuki pensó rápido, si la tribu sabía de esa información, era un voto más de confianza hacia ellos y les daría el coraje suficiente como para luchar.
Katsuki sonrió para sus adentros.
—Es cierto. No es seguro andar por esos territorios y menos nosotros, pero no tenemos otra opción. —hizo una pausa para mirar a toda la tribu que habían cambiado sus expresiones por puro miedo. ¿Ellos eran leones o pajarillos? Porque temblaban más que nunca. Su hogar había cambiado mucho, pero todavía pensaba que tenía un as en la manga. —De todas formas, esa aldea me protegió cuando quisieron matarme los lobos, me mantuvieron en secreto escondido en sus hogares y así sobreviví. Son de confianza. Y en el tema de la guerra...
Muchos empezaron a susurrar de nuevo, pero ninguno le gritó lo que quería saber o lo que aseguraba que sabía. Katsuki pensó que en sus adentros todos estarían deseando escuchar que aquello no era cierto, que ellos no podían estar en guerra, que no habían molestado a nadie. Ante tales pensamientos, Katsuki suspiró, habían perdido su orgullo y él tendría que devolvérselo.
—Es cierto, estamos en guerra. Y tenemos que prepararnos para lo que se nos viene en cima. Sé que estáis todos en malas condiciones, pero los lobos no atacarán, al menos no de momento, y debemos aprovechar todo el tiempo que nos brinden. —se frenó de golpe y sonrió maliciosamente. Aquella sonrisa de león dominante que hacía que toda la manada temblara. —¡Somos leones y somos más fuertes que ellos, debemos derrotarles y enseñarles quiénes son los que mandan! —sabía que no debía decir eso. Desde el instante en el que esas palabras salieron de su boca se arrepintió, pero no tenía otra opción. Su manada estaba muriendo y habían perdido su orgullo y coraje al quedarse sin comida ni agua. Él tenía que hacerles entrar en razón, hacerles comprender que eran fuertes, o que podrían volver a serlo con el entrenamiento adecuado.
Pero aún así...se sentía mal consigo mismo. Deku le habría mirado mal, le habría dicho que aquello que había gritado estaba mal y que debía arreglarlo, pero no podía. Todos los miembros de la manada levantaron los puños en señal de aprobación y gritaron su nombre. Tanto jóvenes que iban a luchar a su lado, como ancianos que iban a quedarse allí a esperar la muerte le apoyaron, le vitorearon. Katsuki sonrió y levantó ambos puños dando a entender que estaba junto ellos en aquello, que seguiría a su lado hasta la muerte. Hasta que debajo de que aquella capa roja no hubiese más que un cuerpo vacío y desalmado. Gritó con fuerza, con orgullo, con ganas y después abrazó a su familia. Todo ellos lo eran, todos de cada uno. Habló con el anciano que pretendía quedarse, con la pareja que se preocupaba por sus niños y con todo aquél que quería exponerle sus ideas acerca de los temas que se habían tratado. Poco a poco, fue ganando confianza uno por uno. Le costó al principio, pero todos le conocían ya y sabían de su carácter poco amigable, así que no esperaban contestaciones agradables por su parte, y eso reconfortó a Katsuki tanto que hablar con ellos fue como quitarse un peso de encima.
Ahora, debía preparar la guerra, las estrategias y todo lo necesario para perder el mínimo número de integrantes.
Estaba siguiendo en cierto modo el plan inicial que había diseñado con Deku, así que esperaba que todo fuese bien. Después de hablar con las dos tribus, debían reunirse de nuevo en la aldea oculta de las tortugas y ahí trazar un plan, lo menos violento posible, para acabar con aquella locura. Katsuki deseó que Deku estuviese allí con él, para dedicarle alguna tierna sonrisa a alguna madre viuda preocupada o algún otro niño asustadizo, pero no estaba allí.
«Pronto estará a tu lado, muy pronto.» pensó mientras su cabeza trazaba algún plan para que su manada no fuera detectada por los lobos, que estaba seguro que estarían allí fuera, vigilando.
Pero, como siempre, sus pensamientos cambiaban de rumbo y acababan en la cara llena de estrellas, en el cabello lleno de rizos y en la sonrisa más deslumbrante que había visto jamás.
Maldito idiota que no se dignaba a salir de su cabeza, ni siquiera en plena guerra.

El Cuento Del León Y El LoboHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora