Capítulo 57

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Organizaron a la gente del Claro en diferentes grupos: niños y adolescentes, madres con su hijos y mujeres, hombres y ancianos. Les explicaron más o menos el camino a seguir mientras todos escuchaban atentos y muertos de miedo a la vez.

–Esta bien.– Dijo Thomas al final.– Minho y Chuck iréis delante del grupo guiándolo hasta la salida.– Dijo y después se acercó un poco a Minho.– Asegúrate de que Chuck llega a salvo por mi, ¿vale?

–No te preocupes, no dejaré que se separe de mi.

–Estupendo.– Dijo y volvió a dirigirse al grupo.– Fritanga y el resto de nosotros irán entre vosotros y yo iré al final.

–Pase lo que pase, nunca dejéis de correr.– Dijo Minho.– Correr como si vuestra vida dependiera de ello, por que así es. ¿Entendido?– Todo el mundo dijo que si.– Guay.

–Pues no perdamos más tiempo. ¡Vámonos!

Minho y Chuck empezaron a correr hacia el laberinto y el grupo comenzó a seguirles. El resto de la gente con la que había llegado Thomas se intercaló entre los nuevos Clarianos mientras entraban en el laberinto. Antes de irse, Thomas echó una ojeada al Claro, era la última vez que vería aquel lugar. El grupo todavía estaba pasando las puertas cuando escucharon un estruendo y todos se pararon.

–Todavía no, Vince...– Susurró para él mismo.

–¿Que ha sido eso?– Preguntó una mujer asustada.

–¡No paréis de correr! ¡Vamos, moveos!– Gritó Thomas.

Todo el mundo volvió a correr de nuevo y se metieron en el laberinto. Thomas iba a la cola de todos aquellos animando a niños que se quedaban rezagados y hombres que miraban hacia atrás. Todo iba más o menos según lo previsto, había habido una pequeña sacudida pero no se repitió. De repente, y cuando ya estaban llegando a la salida, Thomas sintió algo a su espalda. Se dio la vuelta y vio a laceradores. Tantos que eran imposible contarlos.

Por un momento, Thomas pensó que estaba muerto y que no llegaría a conseguirlo, pero ya veía la puerta. El grupo casi había terminado de entrar y sólo quedaba él, pero antes de que pudiera entrar, el primer lacerador que había detrás de él se abalanzó tirándole al suelo. Thomas se dio la vuelta pero antes de que le comiera la cara una lanza se clavó en su cabeza echándole hacia atrás. Thomas se incorporó un poco y Minho le levantó de los hombros hasta ponerle de pie y los dos corrieron hasta la puerta y la cerraron antes de que el resto de laceradores entrara.

–¿Estás bien?– Le preguntó Minho mientras cogían aire.

–Si. Gracias.

–Siempre salvándote el fuco culo.

–He dicho que gracias, ¿vale? Anda, vamos a llevar a todos con el grupo B antes de que Vince nos vuele por los aires.

Mientras los chicos llevaban al grupo al Trans Plano, Newt y Beca caminaban con precaución por los pasillos. Sin ni siquiera soltarle de la mano, Beca tiraba de él guiándole. Newt no sabía exactamente a donde le llevaba, solo tenía claro que ambos tenían sed de venganza hacia la Ministra Peige, y por como Beca agarraba su mano con firmeza, no se iría de allí hasta conseguirlo. Cuando llegaron a un pasillo largo, terminado en una puerta doble, Beca se paró frente a ella.

–Prométeme una cosa.– Le dijo y Newt la miró.

–¿El qué?

–Si... si no puedo hacerlo, si no puedo matarla... prométeme que lo harás por mi.

–¿Quieres que te prometa que voy a matar a una mujer?

–No es una mujer, Newt. Es un monstruo. Ella nos lo quitó todo...

Newt la apretó todavía más de la mano.

–Estoy contigo hasta el final, ¿vale? Lo haremos juntos.

Beca asintió y después siguió caminando, deslizando su mano por la de Newt hasta soltarse y caminó erguida por el pasillo seguida de él hasta que llegaron a las puertas. Beca no se detuvo ni un segundo y abrió las puertas de par en par. Era una sala enorme con las luces apagadas, al fondo de ella había un escritorio y detrás de el, todo eran ventanas por las que miraba una mujer. Al darse cuenta de que estaban allí, la mujer se dio la vuelta y Newt se dio cuenta de que esa mujer era la mujer del cuadro de la Hacienda. Era una mujer rubia, marcada por el tiempo en sus ojeras y su piel, vestida de blanco y se acercó hasta quedarse delante de ellos.

–Sabia que no tardaríais mucho en llegar.– Dijo con una voz cansada y Beca levantó su arma.

–No venimos a hablar.

–Me lo imaginaba, pero sé que tú no vas a dispararme.

–¿Por qué no? Nos lo quitaste todo a mi, a ellos, ¡a todo el mundo! Y no pienso dejar que te salgas con la tuya.– Se acercó más, pero la Ministra Peige se mantenía muy tranquila.

–No se lo has contado. ¿A qué no?

–No tiene que saberlo.

–¿Saber el qué?– Dijo Newt incluyéndose en la conversación.

–No es nada.

–Ah, mi querido Newton. Como te han engañado...

–¡Cállate! ¡No se lo digas!

–Beca, ¿de qué habla? ¿qué pasa?

Beca bajó su arma poco a poco al mirar a Newt. Le costaba respirar y había comenzado a llorar. Newt no tenía ni idea de que estaba pasando, ni que le estaba pasando a Beca. La Ministra Peige se acercó a ella sin que ella hiciera nada y le puso las manos en los hombros.

–Esperaba que a estas alturas de vuestra relación, ya te hubiera contado quien es su madre.– Beca apartó la mirada, pero seguía sin apartarla de sus hombros.– Sinceramente esperaba que mi hija buscará algo mejor que un raro para ella.

Stay with meHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora