Capítulo 39

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El corazón le palpitó contra las costillas, pero la alegría que amenazó con hacerlo estallar fue sustituida casi de inmediato por ansiedad. Incluso a quince metros era evidente que Laura no llevaba maquillaje y que las líneas de fatiga marcaban su rostro. Llevaba el pelo recogido en la nuca y, por primera vez desde que la conocía, parecía marchita. ¿Dónde estaba la Laura que disfrutaba maquillándose y echándose perfume? ¿La Laura que disfrutaba untándose loción de albaricoque y pintándose los labios de color frambuesa? ¿Dónde estaba la Laura que gastaba toda el agua caliente en una ducha dejando una densa capa de vapor en el cuarto de baño? A Pablo se le secó la boca mientras se empapaba con la imagen de su esposa y algo se desgarró en su interior. Ésta era la Laura que él había creado. Ésta era la Laura con la luz del amor extinguida. Se acercó más y vio que se le habían hundido las mejillas; se dio cuenta de que había perdido peso. Deslizó la mirada a su vientre, pero la chaqueta floja y los pantalones oscuros le impidieron ver si su cuerpo había experimentado algún cambio. Pablo se asustó. ¿Y si había perdido al bebé? ¿Sería ése el castigo que le esperaba a él? Laura estaba tan concentrada buscando las llaves en su bolsa que no se dio cuenta que él
se abría paso entre las personas y se acercaba a ella.

—Laura —dijo en voz baja.

Laura se puso tensa antes de volverse. La vio palidecer todavía más y cerrar los puños. Lo miró como si se estuviera preparando para escapar y él dio un paso adelante para detenerla, pero la fría expresión de su esposa lo detuvo. Sólo había visto unos ojos tan vacíos como ésos cuando se miraba en el espejo.

—Tenemos que hablar. —Aquellas palabras imitaron inconscientemente las que ella le había dicho tantas veces, y la expresión fría con que lo miró debía de ser un reflejo de la manera en que él la había mirado con frecuencia. ¿Quién era esa mujer? En su cara no asomaba la animación que acostumbraba.

Sus enormes ojos miel estaban tan vacíos que parecía que nunca hubiera llorado. Era como si algo hubiera muerto en su interior y él comenzó a sudar. ¿Habría perdido al bebé? ¿Era ésa la causa de su cambio? «Por favor, que no le haya pasado nada al bebé.»

—No hay nada de qué hablar. —Se volvió y se alejó atravesando la puerta.

Él la siguió y la tomó del brazo sin pensar.

—Suéltame.

¿Cuántas veces le había dicho eso Laura cuando él la arrastraba por el recinto del Overworld o la sacaba de la cama al amanecer? Pero en ese momento las palabras carecían de la fuerza anterior. Miró la cara pálida e inexpresiva de su esposa. «¿Qué te he hecho, mi amor?»

—Sólo quiero hablar contigo —dijo él con rapidez, apartándola de la puerta.

Ella miró en silencio la mano con que le rodeaba el brazo.

—Si lo que quieres es que aborte, es demasiado tarde.

Pablo quiso echar la cabeza hacia atrás y aullar. Laura había perdido el bebé y era culpa suya.

—No sabes cuánto lo siento —dijo a duras penas, dejando caer la mano.

—Oh, ya lo sé —dijo ella con una extraña calma, —me lo dejaste muy claro.

—Yo no te dejé claro nada. No te dije que te amaba. Lo único que te dije fue un montón de estupideces. Cosas que no sentía de verdad. Perdóname por no haberte creído, por haber perdido la paciencia cuando me dijiste que estabas embarazada, por tratarte como una propiedad, lo siento por no decirte que te amaba cuándo en realidad ya lo sabía pero sobretodo perdón por haberme rendido tan rápido cuando tu nunca lo hiciste.—A Pablo le dolían los brazos por el deseo de abrazarla, pero Laura había erigido una barrera invisible a su alrededor. —Olvidémonos de todo eso, cariño. Vamos a empezar de cero. Te prometo que todo será distinto esta vez.

—Tengo que irme, solo vine a recoger algo. No puedo llegar tarde al trabajo.

Fue como sí él no hubiera hablado. Le había dicho que la amaba, pero no había servido de nada. Laura sólo quería irse y no volver a verlo nunca más. La determinación de Pablo se hizo más fuerte. No podía dejar que ocurriera eso. Ya se ocuparía más tarde de su pesar. Antes haría lo que fuera necesario para recuperar a su esposa.

—Te vienes conmigo.

Ella no respondió, entonces él extendió una mano, le abarcó la cara y la miró a los ojos.

-Quiero hablar contigo, Laura, y me conoces lo bastante bien como para saber que no voy a aceptar un no por respuesta. Podemos tener esta conversación en mi coche, en mi casa, en la tuya, en un parque, donde sea. Pero la vamos a tener.

—Ni hablar. Tengo que ir a trabajar.

—¿Y qué pasa con nuestro matrimonio?

—No es un matrimonio de verdad. Nunca fue más que un acuerdo legal.
 
—Ahora es de verdad. Hicimos unos votos, Laura. Unos votos sagrados. Y eso es tan cierto como que estamos aquí.

A Laura le tembló el labio inferior.
 
—¿Por qué haces esto? Ya te he dicho que es muy tarde para que aborte.

Sufría por ella. A pesar de lo intenso que era su dolor, sabía que no podía ser tan intenso como el de Laura.

—No te preocupes, cariño. Lo intentaremos otra vez. En cuanto el médico nos lo permita.

-¿De que estas hablando?

—Quería a este bebé tanto como tú, pero no me di cuenta de ello hasta que desapareciste. Sé que es culpa mía que lo hayas perdido. Si te hubiera cuidado mejor nunca habría ocurrido.

Laura frunció el ceño.

—No he perdido al bebé. —Lo miró a los ojos. —Aún estoy embarazada.

—Pero has dicho... cuando te dije que quería hablar contigo, dijiste que era demasiado tarde para que abortaras.

—Estoy de cuatro meses y medio. El aborto ya no es legal.

Mientras él se sentía inundado por la alegría, Laura torció la boca en un gesto de cinismo que nunca hubiera imaginado en ella.

—Eso cambia las cosas, ¿no, Pablo? Ahora que sabes que el pastel sigue en el horno y que va a quedarse ahí, supongo que ya no estarás tan ansioso por que regrese.

Pablo se vio embargado por tantas emociones que no sabía cómo asimilarlas. Aún estaba embarazada. Lo odiaba. No quería volver con él. No podía manejar tal caos emocional, así que recurrió a lo práctico.

—¿Estás yendo al médico?

—Voy a una consulta no lejos de aquí.
 
—¿A una consulta? —Él tenía una fortuna en el banco y su esposa iba a una consulta.

Tenía que llevársela a un lugar donde pudiera borrar a besos esa implacable y resuelta mirada de su cara, pero la única manera de hacerlo era intimidándola.

—No creo que hayas estado cuidándote demasiado. Estás delgada y pálida. Y tan nerviosa que parece que te va a dar un ataque.

—¿Y a ti qué te importa? No quieres al bebé.

—Oh, claro que quiero al bebé. Puede que actuara como un bastardo cuando me diste la buena nueva, pero te aseguro que he recuperado la cordura. Sé que no quieres volver conmigo ahora, pero no tienes otra opción. Es peligroso para a ti y para el bebé, Laura, y no voy a permitir que sigas así.

Pablo supo que había encontrado su punto débil, pero ella se siguió oponiendo a él con terquedad.

—No es asunto tuyo.

—Claro que sí. Voy a asegurarme de que tanto tú como el bebé estén bien. —En los ojos de Laura apareció una mirada recelosa. —No me importa jugar sucio —añadió Pablo en voz baja, —pienso descubrir dónde trabajas y me encargaré de que te despidan.
 
—¿Me harías eso?

—Sin pensarlo dos veces.

Laura hundió los hombros y él supo que había ganado, pero no sintió ninguna satisfacción.

—Ya no te amo —susurró ella. —No te amo en absoluto.

A él se le puso un nudo en la garganta.

—No importa, cariño. Yo tengo amor suficiente por los dos.

Ángel Donde viven las historias. Descúbrelo ahora