La vida de Emily Evans siempre tuvo un propósito, ser feliz. Incluso cuando llevaba a cuestas un corazón roto y un pasado que pretendía olvidar. Sin embargo, la vida nunca fue justa para Emily, y cuando el pasado se entremezcla con el presente solo...
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EMILY
Tenía un nudo terrible en el estómago. Ni siquiera la suave mano de Mia apretando la mía me daba la fuerza que necesitaba para enfrentar a los padres de Alex. Él me lanzó una mirada de comprensión, tomó la otra mano y yo la entrelacé.
—Tranquila, todo estará bien —susurró tan bajito que estaba segura que ni siquiera Mia escuchó. Respiré y le devolví la sonrisa. Tal vez solo estaba sintiendo un terror infundado. Los padres de Alex eran personas agradables.
—Tienes razón.
Cuando entramos nos recibió una muchacha que dudaba tuviera más de veinte años. Nos brindó una leve inclinación y una sonrisa amistosa.
—Bienvenido, señores.
—¡Hola, soy Mia! —se presentó, la joven miró a Mia divertida.
—Bienvenida, señorita Mia —la joven tendió ambas manos y Alex se dispuso a sacarse el bléiser que usaba. Lo imité y le entregué mi chaqueta de mezclilla y Mia le entregó una pequeña cartera rosa.
—Muchas gracias —sonreí.
—Los señores están en el jardín. ¿Desean algo para beber?
—Jugo de naranja, por favor —sonrió Mia.
—Encantada, señorita.
—Agua sin gas —exigió Alex. Me llamó la atención la manera en la que habló, como si la muchacha no nos estuviera haciendo un favor al atendernos. Cinco segundos después caí en la cuenta que a él siempre lo trataban de esa manera. Las personas que vivían ahí, y que no eran parte de la familia Cunnington trabajaban para ellos, y no podían poner mala cara ante una orden. Ellos debían cumplir o de caso contrario los despedían.
—Será un placer, señor —me miró—. ¿Y usted señorita?
—Jugo de naranja, por favor —la muchacha era tan amable que no entendía cómo Alex le había pedido el agua de manera tan poco agradable.
—Muy bien, con su permiso —antes de que saliera del recibidor la tomé del brazo y ella me miró con sus ojos muy abiertos.
—Disculpa, solo te quería dar las gracias. Eres muy amable —la sorpresa dio paso en ella, aunque unos segundos después me brindó una sonrisa jovial, tal como era ella.
—Es un placer —cuando la muchacha se fue miré a Alex con el ceño fruncido. Él tomó en brazos a Mia y cuando me miró, arqueó una ceja.
—¿Qué hice ahora?
—¿Tratas así a todas las personas que trabajan en esta casa? —indagué molesta.
—¿Así cómo?
—Con tanta indiferencia. La muchacha fue amable con nosotros —Alex miró a Mia y después, me miró algo más avergonzado.