Capítulo XXV

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EMILY 

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EMILY 

El bar en el que estaba trabajando estaba a tope, abarrotado de personas que reían achispados con tanto alcohol ingerido. Estaba agotada, pero no podía dejar de sonreír y ser un poco coqueta con los clientes para obtener una buena propina. Mi día comenzaba a las seis de la mañana preparando a Mia para el colegio, luego nos dirigíamos a la escuela mientras Ángel nos llevaba con cada pedaleo de mis piernas.

Mi último destino era el café.

A las tres de la tarde volvía a buscar a Mia y luego debía realizar un montón de oficios. Ahora, después de Alex, nuestros días eran así, una completa rutina. Volví a realizar un montón de oficios que me permitían generar dinero, desde cantar en cumpleaños a pasear a los adorables cachorros de la vecina y que, de paso, a Mia le encantaba.

—¿Qué hace una chica tan guapa en un lugar como éste? —sonreí al tipo sentado en el otro extremo de la barra. Me acerqué y él me guiñó un ojo—. Un Martini doble, por favor —asentí sin borrar la sonrisa. Miré alrededor y comprobé que estaba solo. Cuando eso sucedía debía entablar una charla divertida con el cliente, eso animaba al consumidor a beber más. Indicaciones del dueño del bar.

—¿Un largo día? —sonrió mientras bebía del vaso que le acababa de entregar.

—Preferiría eso —fruncí el ceño.

—¿Qué puede ser peor? —dio otro trago y me apunto con el dedo de la mano que sostenía el vaso.

—Ustedes —dijo con decisión. Asentí, alcé la botella y él dejó el vaso para que lo volviera a llenar.

—Tienes problemas de mujeres —el tipo apoyó los codos en la barra y me miró con atención.

—En realidad es una en particular —se quejó—. ¿Qué demonios puedo hacer cuándo se pone dramática? ¿Me podrías dar un consejo?

—¿Dramática en qué sentido? —frunció el ceño exasperado.

—El llanto. No puedo manejar la situación cuando llora —esbocé una sonrisa melancólica. Hace un tiempo atrás él también me había pedido consejos al respecto. Me encogí de hombros.

—A veces ni siquiera queremos que nos den una respuesta, porque nunca sabemos lo que queremos con exactitud —me volvió a apuntar asintiendo mientras me daba la razón.

—¿Qué rayos quieren de un hombre?

—Que nos quiera —simplifiqué. Él negó.

—No puede ser eso.

—No queremos a un hombre que nos entienda, queremos que nos quiera —me miró casi sin poder creer. Entornó la mirada antes de preguntar.

—¿Y qué hago con el llanto?

—Unas palmaditas en la espalda bastará.

—¿Solo eso?

—Solo eso —esbozó una sonrisa coqueta y se inclinó sobre la barra, también sonreí.

No recordé olvidarteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora