Cincuenta y ocho.

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Todo parecía un sueño. Todo era un sueño.

Mis manos estaban extendidas hacia el cielo y descubrí, por el sonido de las olas, que estaba en la misma playa de Cape May.

La escena me recordaba a una vieja película de los 50’s, incluso parecía estarlo viendo a través de un lente antiguo.

Caminé a lo largo de la playa, sintiendo la arena bajo mis pies y escuché unas voces familiares en mi trayecto solitario. Detrás de una duna estaba mi madre, Elliot, Nicholas, Rachel, David, Pierre y… Charlie. Todos estaban ahí, ¡incluso Claire, Mark y Astrid! Parecían estar felices, por un momento parecía como si todos estuvieran en paz y que se hubieran perdonado los unos a los otros. Ahí no parecía existir reproches, ni comentarios llenos de veneno ni siquiera odio.

Estaban jugando frisbee y las carcajadas de mi madre se combinaban con el sonido de las olas y se perdían en el soplar del viento.

Me acerqué a ellos y Nicholas fue el primero en verme. Corrió hasta donde yo estaba y me abrazó por la cintura, elevándome por los aires como él tanto acostumbraba. Después fue hasta mí Charlie y por encima de su hombro vi a Mark, sonriéndome. No tuve miedo, ni siquiera le profesé odio. En lugar de eso, levanté mi mano y lo saludé.

Charlie cogió mi mano y me llevó con los demás a jugar con ellos.

Había tanta paz.

Cuando desperté Charlie ya no estaba a mi lado. Mi reloj marcaba las 6:35 am y apagué la alarma que había estado sonando desde hacía cinco minutos atrás. Miré hacia un lado y vi el lugar vacío que Charlie había ocupado. Para ese momento ya debía de estar a punto de llegar a Newark.

Me revolví en mi cama y después de un rato de resignación, me levanté como cada mañana. Tendí mi cama y eché un vistazo hacia la ventana. El barrio chino se había despertado ya.

Hice mi rutina de como cada día para irme al trabajo y traté de luchar contra mis ganas de volver a la cama y despertar hasta Navidad. Quizá mi madre y los demás tenían razón con eso de no presionarme tanto pero ahora que Charlie se había ido, tenía un motivo más para mantener la cabeza ocupada. La zozobra me iba a matar tarde o temprano.

Me metí a bañar lo más rápido que pude y cuando salí, mi madre y Rachel ya estaban despiertas. Mi mejor amiga estaba hecha un lío y tras un apenas “buenos días”, se metió al baño también.

—¿Qué le pasa? —le pregunté a mi madre mientras avanzaba hacia la cocina y me secaba el cabello con una toalla.

Me senté en una silla y mamá puso una humeante taza de café enfrente de mí.

—Se le hizo tarde para una pasarela que tiene a medio día. Está vuelta loca. Tiene que llegar antes de las ocho para unas pruebas y no escuchó su alarma.

—Pobrecilla.

—Lo sé. ¿Y tú, cielo? ¿Cómo estás? Charlie se fue muy temprano esta mañana, Nicholas vino por él. ¡Oh! Y hablando de eso, te dejó una carta.

Mamá dejó la cafetera sobre la mesa y fue hasta la sala donde permanecían dobladas las frazadas que le había llevado a Charlie la noche anterior para que durmiera más cómodo. Junto a ellas había una carta. Mamá la tomó y me la llevó a la mesa.

Evalué el sobre con la carta entre mis dedos. La caligrafía de Charlie era inconfundible.

Mary-Kate estaba sentada frente a mí con una taza de café en sus manos, parecía también estar muy interesada en la carta.

—¡Jesucristo! —gritó Rachel desde la puerta del baño, obligándonos a mirarla—. ¿Han visto mi teléfono?

—Lo tienes en la mano, cariño.

Sólo tú.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora