Veintidós días después.
—¿Has estado bebiendo?
Me observó nauseabundo. Sentí pena por él, una profunda pena. Acerqué mi fría mano a la suya y la tomé con ternura.
—Sí —contestó— dos días seguidos.
Una pequeña silla de madera se encontraba junto a él. Vacía. Necesitada de mí. Me senté en ella, y cuando estaba a pocos centímetros de su cuerpo, lo abracé.
—Vales más que todo esto.
Dejó escapar una lágrima que rodó ferozmente por su rostro y empapó mi hombro. La pena volvió a invadir. El abrazo se hizo más profundo, tan similar a sus sollozos.
—Sácame de aquí.
Agarré su mano y lo arrastré fuera del diminuto bar.
Un lugar lleno de horrorosos recuerdos. El estómago se me retorció al sentir el olor a cerveza, humo de cigarro y sudor en mis fosas nasales.
Continuamos caminando de la mano por la acera mientras él tambaleaba ligeramente.
Flashes retrospectivos me inundaban.
Volví a ver la imagen de papá bebiendo y vomitado encima en el mismo lugar donde acabo de encontrar a mi novio. Me duele la cabeza, pero los recuerdos continúan invadiendo, esta vez veo a mamá llegar molesta y arrastrarlo fuera de allí.
Volví a oír sus gritos. Volví a ver los jalones de ropa y cabello que presencié esa noche y que terminaron con mi madre y su nariz sangrando en el baño de nuestra casa.
Luego veía a papá llorando. Suplicándome que olvidara todo y golpeando la mesa con el puño. Recuerdo que intenté abrazarlo pero que él me apartó con suavidad, también recuerdo que limpié sus vómitos y lágrimas con un trapo viejo que encontré junto al basurero. Y a mamá una semana después pidiendo el maldecido divorcio y llenando papeles cada mañana adjuntando que —lucharía por mí.
¿Luchar contra quién?, se trataba de mi padre no de un asesino en serie o un traficante de niños. Richard Hope, era el nombre de mi padre y era el mismo nombre que tenían inscritos esos documentos de denuncias, que solo me hacían entender que iban a alejarme de él y de la felicidad que había adquirido en mis diez cortos años de vida con padres casados.
Recuerdo los psicólogos y las terapias contra la depresión que mamá me obligó a tener en los meses que duró mi cataclismo.
Me toco los brazos inconscientemente y siento con nostalgia las cicatrices colaterales a mi crítico cuadro depresivo. Creo que colateral se volvió mi palabra favorita durante esos años.
No me imagino más daños colaterales ahora que cumpliré diecisiete. No quiero ni siquiera uno más.
—¿Vas a comerte eso? —Alex señala la hamburguesa de carne que se desarma entre mis manos y que decido entregársela.
—Tienes mucha hambre, eh.
—Bastante —sonríe. Me hace recordar a mí a los ocho años cuando papá me regaló la muñeca llorona que quería y que mi prima rompió por celos una semana después.
—¿Tus padres saben que estabas en ese lugar?
Él niega con la cabeza y da un mordisco a su comida.
—Me matarían si se enteraran.
—No fuiste a la escuela por una semana —dije lo más tranquila posible— si fuera ellos, también pensaría en matarte.
—Sé que no lo harás —bromea y sonrío apaciguando la situación que ronda mi cabeza.
Alex toma el envoltorio de la hamburguesa y la tira ágilmente en el basurero de la esquina. Luego me hace señas para salir y caminamos lentamente por la plaza mayor de la ciudad.
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HOPE
RomanceLa monótona y algo aburrida vida de Caroline Hope da un giro inesperado cuando su amor platónico de la secundaria decide confesarle lo que siente por ella. Sin embargo, hay secretos que se esconden y encuentros peculiares que harán que Caroline se c...
