La erradicación

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1:30 pm...

Cuando el mensaje de Sigma terminó, nadie en toda la isla tuvo algo que decir. ¿Qué habría que decir? ¡Habían visto a su Comandante asesinar a un hombre! ¡A un humano! ¡La primera y más crucial de las Tres Leyes! ¡Y su líder, el hombre a quien admiraban como símbolo de soporte y esperanza, había traicionado la ley que debía proteger!

Y lo más perturbador, había sido lo fácil que se le hizo hacerlo.

– Desháganse de esto. – ordenó Sigma.

Un reploide salió y se llevó el cadáver de Fujiwara, junto con su cabeza. A poco de haberse deshecho del científico, el reploide con capa se giró hacia la silueta más pequeña en las sombras, que miraba hacia el suelo completamente triste.

– ¿Por qué tan deprimido? – cuestionó Sigma a la figura. – No tengo intenciones de tomar su vida, Dr. Cain.

El humano capturado no dijo nada al principio, ya que era incapaz de procesar totalmente lo que acababa de ver.

– Sho... – murmuró. Cain quería tratar de razonar con Sigma que todavía había tiempo de echar marcha atrás con todo esto, y planeaba hacerlo, pero eso fue antes que el Hunter hubiera asesinado al científico japonés enfrente de toda Abel City.

– Le prometí que tendría su parte en construir este nuevo mundo. – dijo Sigma. – Sólo que no era de la forma que él pensaba.

– ¿Por qué? – preguntó Cain. – ¿Qué hice yo que él no?

– Mucho. Viendo que la especie humana sigue siendo nuestra enemiga, debería considerarse afortunado que todavía le tengo algo de aprecio. – respondió Sigma. Su tono de pronto se volvió sombrío. – Pero tenga en mente que eso está sujeto a cambio, si llega a cruzar alguna línea.

El anciano humano se quedó en silencio. Pero todavía tenía más que decir cuando finalmente volvió a encontrar su voz. – Entonces, ¿qué estás planeando hacer? ¿Cuál es el siguiente gran paso en tu plan?

– Esto es más que sólo tomar el control de la ciudad. – dijo el reploide de ojos azules. Luego hizo una pausa momentánea; de pronto había sentido una sensación de picor en la piel sintética a su alrededor. Comenzó a rascarse, recordando que era la misma área donde Zero le había dañado en su primer encuentro. – Por muy brillante que fuera Fujiwara cuando se trataba de robótica, nunca pudo ver el verdadero alcance de un mundo de reploides. Creía que la adquisición de la ciudad le ganaría notoriedad y respeto. Las máquinas inteligentes sirviéndole y presentando su genio al mundo a través de sus reploides.

El Dr. Cain suspiró. – Eso... ciertamente suena propio de Sho.

– Pero los reploides están mucho más allá de ser sirvientes de los humanos, como los robots o los mecaniloides. – continuó Sigma. – Falló en entender eso, así que su presencia no haría más que impedir el proceso.

– ¡¿Pero realmente tenías que matarlo?! – preguntó Cain, poniéndose mucho más alterado. – ¡Tiene una hija!

– Igual que muchos de los humanos a los que planeaba someter. – añadió Sigma. – ¿Por qué debería su hija recibir más protección que los demás?

El Dr. Cain bajó la cabeza. – Sho nunca planeó traerla aquí, ¿verdad? Tú enviaste a tus hombres tras ella, ¿no es así?

Sigma no respondió a eso, pero el silencio fue suficiente.

– Al principio tenía la intención de utilizarla para mantener a Fujiwara bajo control, pero me di cuenta que intentaría apoderarse de esta operación de una manera u otra. Así que tuve que hacer lo que era necesario.

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