PASADO
-¿A qué te dedicas realmente?
-Hmm... ¿De verdad quieres tocar ese tema? –Asentí menos convencida de lo que estaba cuando le había preguntado. –Soy abogado. Uno de los mejores que tiene el país. Siempre hemos sido la empresa y yo, y todos los empleados que habitan en ella, claro.
-¿T-tengo que preocuparme?
-Deberías. Siempre vamos de la mano. –Bromeó sonriendo de lado.
O al menos esperaba que se tratase de una broma.
-¿Y tú? ¿Estudiabas?
-No... Bueno, terminé el instituto y debía ir a la universidad, pero...
-Los planes cambiaron. –Terminó la frase por mí. Asentí. –¿Qué te hubiese gustado estudiar?
-Arte. –Dije sin dudarlo. –Artes plásticas. Me encanta pintar.
-Aún estás a tiempo de hacerlo.
-No lo creo... –Subí los pies sobre el sillón del jardín en el que nos encontrábamos sentados. –Ya no tenemos dine...
-Sí, sí que lo tienes. Y ahora más que nunca. Puedo apuntarte al mejor curso que haya si así lo deseas.
-No quiero molestar...
-No es ninguna molestia, Leanne. ¿Sabes cuánto dinero gasto durante el año en obras de caridad y eventos benéficos? –Eso me hizo fruncir el ceño.
¿Me estaba comparando con una obra de caridad?
-C-creo que voy a ir a por un vaso de agua...
Belial se incorporó a la misma vez que yo para quedarse sentado junto a los pies de su dueño mientras yo emprendía mi camino hacia la cocina.
No sabía si de verdad había sido consciente de sus palabras o no, pero no me había gustado ni un pelo su insinuación.
¿Así era como me veía? ¿Cómo una obra de caridad? ¿Cómo una obra benéfica?
Pues no me hacía falta su cochino dinero para vivir. Total, seguro que habían muchos cursos públicos por ahí en los que podía estudiar perfectamente.
Abrí el armario donde se encontraban los vasos de cristal estirándome todo lo posible para poder alcanzar uno, pero otra mano por encima de la mía consiguió mi objetivo.
-¿Por qué huyes? –Me tensé ante tal pregunta. –¿Qué es lo que te molestó de mis palabras exactamente?
-N-nada...
-No te creo. –Alejó el vaso sobre el mármol de la encimera antes de hacer que lo encarara. –Si quieres pintar puedes pintar. Si quieres estudiar para convertirte en la mejor pintora del país puedes hacerlo, Leanne. No hay nada ni nadie que te lo impida.
-No soy una obra de caridad...
-Con que era eso... –Dijo más para sí mismo que para mí. –Me refería a que tenía el suficiente dinero para gastarmelo en lo que quisiera, y si me lo gasto en esos eventos, ¿por qué no gastarlo para tus estudios?
-Hay cursos públicos...
-Sí, de los cuales tardarías mucho más tiempo en sacarte el título que con uno intensivo y privado. –Suspiré muy a mi pesar porque sabía que tenía razón.
Desgraciadamente, habían instituciones que eran así. Si tenías dinero y poder, podías permitirte sacarte el título en menos que cantaba un gallo.
-Señorita Pearson, creo que se le olvida que ahora vive bajo mi techo y que algún día esta casa también será suya. –Sus manos me dejaron prisionera entre la encimera y su cuerpo. –Algún día mi fortuna será tuya y... ¿Qué harás al respecto? Tienes que empezar a acostumbrarte a esta vida. A mi vida.
-N-nunca me faltó nada...
-Hmm... ¿Estás segura de ello? – Tragué saliva.
No lo estaba. O sea, siempre quise creer que no me faltó nada en la vida, pero ahora... Ahora me daba cuenta de todas las carencias que tuve.
No me criaron con amor. No crecí leyendo cuentos de hadas en el que la princesa era rescatada por el príncipe de las garras de la bestia porque me habían educado precisamente para que fuera todo lo contrario, para arrojarme en la entrada de una cueva donde la más vil y cruel de las bestias estaría esperándome en su interior.
Nunca lo entendí, pero tampoco tuve oportunidad a la réplica.
-Veo que llegaste a tus propias conclusiones. –Mi atención volvió a concentrarse en él. En sus ojos que tanto me atraían.
Por una vez desde que nos habíamos conocido había cumplido su promesa y había pasado más tiempo conmigo. Nos habíamos conocido mejor.
Me había contado sus gustos y yo los míos. Había podido compartir charlas interesantes antes de dormir o amaneceres austeros.
Me había gustado todo aquello. Me había gustado pasar tiempo con él. Me había gustado poder observarlo más tiempo del debido y ver cómo se comportaba con los caninos también.
No dejaba de intimidarme en ocasiones, o de soltarme pullas cortantes, pero podía sobrellevarlas.
Podía acostumbrarme a dormir y a despertarme a su lado. Podía acostumbrarme a tenerlo cerca, a sentirlo como mi lugar seguro.
Podía acostumbrarme a...
Amarlo.
Su mano apartó un mechón de pelo que me caía sobre la cara delicadamente, pero no se detuvo ahí, acarició mi rostro con ternura hasta que su pulgar llegó a mis labios.
Mi cuerpo se estremeció y un calor intenso afloró por todo mi ser.
-¿Qué quieres que haga ahora, Leanne?
-¿Qué?
-Tenemos dos opciones. Cruzar la puerta y volver al jardín como si nada hubiese pasado o... –Lo miré expectante mientras que su pulgar seguía acariciando mi labio inferior. – ¿Habías besado a alguien alguna vez? –Negué con la cabeza. –¿Por qué no me sorprende?
Sonrió casi como si sintiese orgullo por haber acertado.
¿Cómo diablos se supone que iba a besar a un chico si mis padres no me dejaban salir del perímetro del jardín? ¡Incluso me habían hecho estudiar en un colegio de monjas solo para chicas!
-¿Quieres que lo haga? –Su pregunta me trajo de vuelta a la realidad. – ¿Quieres que te bese?
-¿Q-quieres hacerlo tú? –Sus ojos se abrieron un poco por la sorpresa.
A este juego podían jugar dos, señor Beaumont.
-Me muero de ganas. –Respondió antes de que sus labios chocaran con los míos cogiéndome desprevenida.
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Moneda De Cambio
Roman d'amour-Tus padres me habían dicho que eras muy reservada, pero nunca imaginé que tanto... -¿Y qué más te contaron? -¿Qué? -Eso no se lo esperaba. -Qué que más te contaron. Porque conociéndolos, se habrán inventado unas cuantas más cosas lejos de la rea...
