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El tan esperado primer baile real parecía sacado de un cuento infantil que se le contaba a los niños y niñas para poder dormir. Aquel donde un valiente caballero rescataba a una princesa de una maldición o de una malvada bruja, para después ella entregar su mano como muestra de su agradecimiento y en un baile demostraban al mundo el tan puro amor que se tenían.

Al menos así fue como la prensa vendió el día de la boda al resto del mundo. Un evento de ensueño, donde los protagonistas estaban llenos de amor y cariño el uno por el otro, algo que era vagamente cierto.

Pero lo que sí era muy cierto y es que, al menos esa noche, ninguno pudo apartarse del otro, dando a entender que su amor florecía como aquellas rosas que fueron plantadas en honor de su nueva Reina.

Tal y como le había dicho al Príncipe del Norte, esa noche la pareja real fueron los primeros en abandonar el Castillo en Mitras en camino a la Villa Keranesse para comenzar uno de los ritos más importantes que el Imperio tenía para sellar la unión matrimonial.

La Villa no estaba pensada para ser el lugar de cumplir con las obligaciones maritales, incluso el Comandante Pixis hizo presencia para evitar que ellos acontecieran alguna de sus obligaciones durante el rito de más relevancia imperial.

—¿Por qué tarda tanto?—preguntó Levi titubeando para si mismo.

Se dedicó una rápida mirada al espejo donde pudo observar un cuerpo bien trabajado y pulido, definitivamente gozaba de un grandioso físico sin verse tosco o de una complexión más grande. Su cuerpo estaba aún más definido que antes, puesto que durante su estadía en Marley agregó horas extras de entrenamiento y siguió una estricta dieta por cualquier emergencia.

A pesar de sentirse seguro de su cuerpo y rostro, la espera lo estaban haciendo dudar demasiado.

¿Qué le iba a importar el físico a Alizel cuando su esposo aún piensa en alguien más? Creyó que obtendría los tatuajes de inmediato, pero ya había pasado una hora y su esposa aún no hacía acto de presencia.

La inseguridad comenzaba a consumirlo, tal vez Alizel no quería hacer ese rito, porque lo consideraba a él, indigno de algo tan valioso y preciado para ella. Además no tenía el color de piel y mucho menos la estatura de algún Kabáh para lucir tremendos trazos únicos de realeza imperial.

Era increíble que un hombre con la seguridad que él cargaba se estuviese preocupando, por primera vez, sobre lo que, su ahora esposa, pensará. Sin perder más tiempo apresuró el paso hasta la puerta, la abrió con gran fuerza que la brisa emitida por esta empujó el largo cabello oscuro de su pareja oficial.

La nueva Princesa de Paradis lo observó con sorpresa y curiosidad, al contrario de él, ella lucía bastante calmada y serena. En su rostro no había rastro de algún producto para realzar su belleza, llevaba una bata larga de seda roja, el accesorio que portaba en su cabello para sujetarlo era una tiara de rubíes proveniente del Imperio.

GOD SAVE THE QUEENDonde viven las historias. Descúbrelo ahora