cuarenta y seis

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Dicen por ahí que lo peor son siempre los primeros cinco días, sin embargo habían pasado dos semanas completas y yo lo sentía como el primer día en el que el amor de mi vida salió por las puertas de mi casa con la promesa de sanar.

Solo podía sentir como la tristeza me invadía cada vez más, cada día que pasaba la estaca se clavaba más profundo en mi corazón haciéndome preguntar si en realidad habíamos tomado la decisión correcta.

La monotonía de la rutina era algo que tampoco ayudaba, despertaba, me bañaba, me sentaba en el balcón del departamento y veía la ciudad tomar su curso con normalidad.

Y este día parecía ser uno más, me levante con pesar sintiendo un pequeño dolor en mi vientre bajo que seguramente significaría que mi regla llegaría en cualquier momento, por lo que fui directo a bañarme y a ponerme protección para después ir a la cocina a preparar un té y salir al balcón como todos los días.

Bebí mi té con tranquilidad, a pequeños sorbos mientras sonaba mi vientre para que la hinchazón y el dolor disminuyeran, y justo en cuanto termine mi bebida el timbre de la puerta principal se escuchó.

Extrañada por que no esperaba visitas me paré y caminé hasta allá deseando con todo mi corazón que no fuera lo que yo estaba pensando.

Además de llevar días sin saber de Kevin, tampoco tenía idea de lo que había sucedido con Óscar y la pelea que habían tenido aquí, ni si quiera podía atreverme a preguntarle a Felipe que había pasado luego de eso por la vergüenza que sentía, o tal vez simplemente no quería saber la respuesta.

Llegue frente a la puerta y la abrí un poco para poder ver quien se encontraba ahí y para mi sorpresa, no era quien yo pensaba. Era un muchacho, castaño, con un poco de barba y una amable sonrisa.

—Hola.—agrandó su sonrisa cuando me miró.

Claramente yo no abrí más, por el contrario lo cerré un poco más y solo asome un lado de mi cabeza.

—¿Se te ofrece algo?.—pregunté sin intención de sonar ruda, pero no me daba mucha confianza.

—Auch.—rió un poco.—acabo de mudarme enfrente y quería presentarme.—dijo para después estirar su mano.

Volvió a sonreír esperando que la tomara, y solo por educación saque una mano y la estreche con la suya.

—Soy Miguel.—dijo.

—Alana.—respondí soltando su mano y tomando un poco más de confianza para abrir unos centímetros más.

Por alguna razón se me hacía conocido, sentía que en algún lado había visto su rostro antes pero no lograba recordar de donde.

—Bueno, estaré enfrente si necesita algo, lo que sea.

Yo solo asentí e intente sonreír para después cerrar la puerta con una extraña sensación de seguridad.

Iba a volver a sentarme, pero por primera vez en estos días decidí salir a comprar a una tienda cerca cosas que faltaban en mi refri.

Volví a mi habitación para cambiarme, arreglarme un poco y después partí camino hacia las calles de Pachuca a pasos lentos disfrutando el día nublado.

(...)

Una sensación distinta se instaló en mi cuando llegue al edificio, me sentí bien conmigo misma y orgullosa de haber tenido la voluntad de salir, entonces tal vez, solo tal vez las cosas podrían mejorar.

Llame al elevador y entre para después presionar el número de mi piso luchando un poco con las bolsas que traía en manos.

Segundos después llegue hasta mi destino, salí del elevador y caminé hacia mi depa, dejé las bolsas en el piso para sacar la llave, y antes de que pudiera abrir escuché unos suaves ladridos tras de mi.

Rápidamente voltee hacia abajo y me encontré con un pequeño cachorro Pomerania con un moñito azul y una nota atada a esta.

Voltee a todos lados esperando encontrarme al dueño, pero nadie más que yo se encontraba fuera.

—Chiquito, ¿que haces aquí?.—me agache a su altura y lo atraje hasta mi.

El pequeño perrito comenzó a mover su colita con entusiasmo mientras sacaba la lengua.

Lo acaricié con ternura y luego tome la nota que tenía colgada; la desdoble y jadee con sorpresa al ver mi nombre al inicio del escrito.

Alana, no soporto la idea de que te sientas sola, me parte el corazón imaginarlo así que este es tu nuevo perrito, siéntete libre de nombrarlo como quieras.
Cuídalo mucho, espero que te haga sentir mejor.

Te amo, muñeca.
Hasta que nos veamos otra vez.
-K

Y mi corazón comenzó a latir con fuerza ante su presencia de nuevo, ante sus palabras. Te amo, lo había dicho.

Sin poder evitarlo sonreí como no lo había hecho en mucho tiempo y tome el perrito entre mis brazos abrazándolo y besando su cabecita con ternura.

Tal vez las cosas si mejorarían.

—Bienvenido a tu casa, ratoncito.

Entre con el en brazos y lo dejé correr por el lugar mientras que yo me dirigía a la cocina para acomodar las compras sin poder quitar la sonrisa de mi rostro y con una idea en mi mente.

¿Y si le mandaba mensaje agradeciéndole? ¿No tendría nada de malo, cierto?

Si, lo haría. Luego de hacer comida y de salir a hacer nuevas compras para el perrito le mandaría un simple mensaje de agradecimiento.

Ahora sólo tenía que pensar que diría.

Hola Kevin, no se como lo hiciste pero tengo al perrito. De verdad no debiste, pero te lo agradezco de corazón.
Yo también te amo.

Y luego de leerlo mil veces más, presione el enviar sintiendo mi corazón bombear con fuerza al momento en el que lo recibió, luego tome al perrito y le tome una foto para enviarla también para que viera que si lo tenia.

Mordí mi labio inferior con fuerza cuando las dobles palomitas azules llegaron, y rápidamente me salí del chat sin haberme dado cuenta de un pequeño detalle en la foto que definitivamente no pasaría desapercibido por Kevin.

Entonces el la abrió, y la llama se encendió.

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Ella y yoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora