Capítulo 50

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Tres días después, Bastian, siguiendo órdenes de Azul, me insistió para que diese el brazo a torcer.

-Gabriel, esa mujer está dispuesta a subir por las paredes para verte, no tienes idea de cómo está.-

Reí imaginándola, sabía que sería capaz de hacerlo y me sentí feliz.

Las fuerzas habían regresado a mis músculos y cada día me sentía más yo mismo. Mi pierna aún seguía enyesada y me habían liberado de la sonda que llevé metida durante semanas. Me sentía preparado para verla, aunque los nervios se volvían tan grandes cuando pensaba en ella que me sentía inseguro.

-Dile que pase.-

Bastian alzó las cejas y sonrió.

-Ya mismo.-

La habitación común en la que estaba era mucho más privada y cómoda que la terapia intensiva, estaba solo y ya me habían liberado de casi todos los cables, solo un suero y un monitoreo del nivel de oxígeno en sangre continuaban prendidos a mi cuerpo.

Me senté estirando las piernas, pero no encontré comodidad así que me giré hasta bajar las piernas, dejándolas colgando de la cama. Mis manos comenzaron a transpirar y sentí mis latidos dispararse, iba a verla.

Ella estaba en camino.

Recordé de golpe que no había visto mi estado antes de decirle a Bastian que la buscara, quizás estaba despeinado o con saliva seca a los lados de mi boca. Pegué un pequeño salto y arrastré el suero conmigo, mientras daba saltitos para no apoyar la pierna rota. Tenía que ser rápido.

Me encerré en el cuarto de baño y me miré al espejo. Mi aspecto había mejorado, pero seguía sin tener suficiente color en el rostro. Me mojé la cara y el cabello, luego me sequé con la toalla, aproveché el momento y me cepillé los dientes a conciencia. Iba a verla, iba a besarla.

En mi estómago la tensión y las mariposas revolotearon al ritmo de mi ansiedad.

Y escuché su voz a través de la puerta.

-¿Quién crees que eres para dejarme allí abajo durante días, eh?...-Protestó a viva voz con fastidio, permaneció en silencio un instante y continuó.-¿Y dónde demonios te has metido, debajo de la cama?. Sal de ahí, cobarde.-

Abrí la puerta y me quedé apoyado en el marco, mi pierna sana de pronto se sintió débil.

-Hola.-

Su expresión de fastidio se relajó al verme y sus ojos brillaron.

Sonrió apenas y muchas emociones cruzaron su rostro, solo nos miramos durante algunos segundos.

Di un salto y me acerqué a la cama, ella automáticamente me tomó por la cintura y cargó el peso de mi cuerpo ayudándome a avanzar, apoyé mi brazo sobre su hombro y me dejé ayudar. Me giré y caí sentado en la cama, dejando el suero a un lado.

El batín de hospital era cómodo la mayor parte del día, pero en aquel momento se enredó con mis piernas y quedó cruzado alrededor de mi cuerpo, intenté arreglarlo pero debía ponerme de pie, ella volvió a tomarme y me facilitó la tarea, rozando con su mano mis muslos al estirar la tela.

Tragué saliva y volví a sentarme en la cama, ella dio un paso atrás y observó el cuarto en detalle.

-¿Qué decías cuando entraste?.-

Me miró de frente y frunció el rostro.

-¿Que quién te crees que eres para dejarme allí abajo por días?.-

-Lo siento.-

-Tendria que cortarte el pene de castigo.-

Su voz y la forma en la que lo dijo me causaron gracia.

Suéñame despierta.(Completa ✔️) (2)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora