CAPITULO 6.

2.2K 184 5
                                        

POCHÉ.

Alguien debería decirle a Daniela que da miedo cuando sonríe así. No sé qué está pensando, aunque creo que es probable que esté fantaseando con la idea de colgarme desde lo alto del Empire State por haber osado a llevarme a MI GATO.

Intento prestar atención a lo que dicen mis abuelos, pero en realidad ya sé de qué va toda esta parafernalia y solo quiero que lean la actividad que toque y nos pongamos manos a la obra para ver a Daniela metida de lleno en algo que odie con toda su alma.

¿Es insano que disfrute con ese pensamiento? Casi seguro que sí, pero no me importa. Y no me importa porque he dormido fatal por culpa del gato, que no ha dejado de arañar la puerta de la entrada dejándome claro su descontento con mi decisión de llevarlo a mi casa. Hacia las tres de la madrugada, cuando tuve que levantarme de nuevo para encender las luces y calmarlo, me sentía prácticamente una secuestradora de mi propio gato, así que es normal que la actitud de Daniela me moleste.

Aun así, pensar en ella buscando a Snow por todo el hotel me produce un regocijo que jamás confesaré en voz alta por miedo a que me miren como si fuera una mala persona. No lo soy. Es solo que con Daniela las cosas son... distintas.

—Bien, ¿quién quiere tener el honor de abrir la primera cajita? —pregunta mi abuelo.

—¿No va a venir nadie más? —pregunta entonces Daniela.

—¿Y para qué quieres más gente? —le recrimina Carmen, que suele tener un carácter agrio, pero hoy parece especialmente harta de todo—. ¡Apenas cabemos aquí!

—Bueno, el resto de los trabajadores deberían estar aquí, ¿no?

—Ya os dijimos que no todas las actividades son para todo el mundo. Algunas sí, claro, las que no vayan derivadas en exclusiva a restaurar la paz de este hotel — dice mi abuela.

—Vaya, que aquí estamos los que peor relación tenemos entre nosotros — corroboro.

—Pues no entiendo qué hago yo aquí —dice Sebas.

Su postura es despreocupada, como siempre. Sexy, como siempre. Socarrona, como siempre. Impertinente, como siempre. Es, a fin de cuentas, Sebas siendo Sebas.

—Oh, ¿no lo entiendes? —pregunta una de las chicas que trabaja como camarera en el restaurante.

Él tiene la decencia de cerrar la boca, porque es evidente que está aquí por sus muchos líos de faldas dentro de su puesto de trabajo.

—La única que no tiene problemas con los demás soy yo, que estoy aquí para documentarlo todo.

Nadie le rebate eso a Lucía. Aunque mucha gente piense que se lleva a matar con Daniela, lo cierto es que sé de buena tinta que se tienen aprecio. Daniela es totalmente lo contrario de Lucía, pero no le tiene, ni de lejos, la tirria que me tiene a mí. De hecho, si Lucía dejara de retransmitirlo todo en sus redes sociales, es muy posible que las discusiones con Daniela terminaran, porque casi siempre vienen derivadas por ese tema.

—¿De verdad os parece bien que lo esté grabando todo? ¡Es absurdo! —exclama Daniela mirando a mis abuelos.

—Yo no veo qué tiene de malo —responde mi abuelo—. Hoy día es positivo tener presencia en las redes sociales.

Ella gruñe. Literalmente, gruñe y el sonido es tan parecido al que hacía anoche mi gato estando en casa que pienso que son almas gemelas.

Al final la que empieza el calendario es mi abuela, porque por más que lo intenta no consigue ningún voluntario que se ofrezca. Algunos porque no quieren participar más que lo estrictamente necesario y otros porque no querrán romper una casita tan bonita. Entiendo que mis abuelos no se fíen de nadie como para dejar las casitas sin sellar, pero la verdad es que es una pena que haya que romperlas.

Imperfectas Navidades | CACHÉDonde viven las historias. Descúbrelo ahora