CAPITULO 2.

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POCHÉ.

Cierro la puerta y observo el modo en que Daniela me taladra con la mirada. Debería decir que no me divierte, pero estaría mintiendo y, aunque tengo muchos defectos, ese no es uno de ellos.

Tiene los ojos avellanas, el pelo largo y castaño, unos labios carnosos bastante impresionantes y una nariz jodidamente perfecta sin necesidad de cirugía. También posee una piel un poco aceitunada, herencia de su padre y sus raíces latinas, y un mal carácter que no pega nada con su cuerpo, que pone tenso a todo el mundo, menos a mí.

Me entretiene cabrearla. Sebas, mi mejor amigo, dice que en realidad lo que ocurre es que me pone, pero no es cierto. Sé bien qué tipo de chicas me gustan: las que sueñan con clavarme un palo por el culo y sacármelo por la boca no entran en la lista y Daniela es la presidenta de ese club.

No me pone, no. Con ella las cosas son un poco más complejas desde... siempre. Nos llevamos solo un año, ahora ella tiene casi veinticinco y yo veintiséis, pero cuando la conocí, solo éramos dos mocosas correteando por el hotel de mis abuelos y, ya entonces, había días en los que no nos podíamos ni ver, aunque la mayoría fuéramos inseparables. Era como si a ratos hubiera una especie de ley de atracción a la inversa entre nosotras. O sí, puede que nos atraigamos con la mente, pero solo para molestarnos. ¿Eso cuenta?

—Querida, gracias por venir —dice mi abuela mientras tomo asiento al lado de Andrea, la madrastra de Daniela.

—Sí, gracias por venir tarde —dice la susodicha.

—Estaba en la recepción, atendiendo a unos clientes que han perdido la tarjeta de su habitación. Ya sabes, haciendo tu trabajo mientras tú estás aquí poniendo cara de culo solo por tener que relacionarte con humanos.

Sus ojos se entrecierran de inmediato y suelto una risita por lo bajo que solo se me corta cuando German, su padre, me mira muy serio.

—Tenéis que empezar a comportaros. Si no lo hacéis como amigas, al menos hacedlo como compañeras. Estoy seguro de que no soy el único que está cansado de esta dinámica.

—En efecto —coincide mi abuelo—. Y es, de hecho, una de las razones más poderosas que hemos tenido para hacer este calendario. —Suspira como si estuviera cansado, pero lo conozco bien, tiene energía suficiente como para escalar una montaña. Se comporta así para dar un efecto dramático a sus palabras—. Esta enemistad es un sinsentido y ha llegado demasiado lejos, chicas. Ha propiciado un ambiente tenso e incómodo.

—No somos las únicas que se llevan mal —dice Daniela en un intento de dejarnos un poco mejor, porque es una vergüenza que se haya tenido que hacer una reunión por nuestra culpa.

—No, eso es cierto. —Mi abuela mira a la gobernanta del hotel y suelta otro suspiro. La cosa va a ir de eso todo el tiempo, al parecer—. Nos han llegado reclamaciones de nuevo, Carmen. No puedes ser tan estricta con tus compañeras.

Carmen Davis tiene el pelo rizado y con el volumen más alucinante que he visto en mi vida, un cuerpo menudo, la piel oscura, una sonrisa espectacular —las pocas veces que la luce—, un corazón de oro y un genio de mil demonios envolviendo todo ese conjunto. Pasa de los sesenta años, pero nadie se atrevería a decir que está mayor sin temer acabar colgado de la barandilla de la última planta.

—¿Estricta? ¡Solo soy responsable! Exijo a cada una lo que sé que puede dar. No es mi culpa si no son capaces de cumplir las exigencias mínimas para el Hotel Garzón.

—Igual deberías exigir menos —sugiere una de las mujeres a su cargo.

—Igual deberíais mover el culo más rápido.

Imperfectas Navidades | CACHÉDonde viven las historias. Descúbrelo ahora